viernes, 28 de marzo de 2008

Un barrio con historia

Bo-Kaap es el museo del barrio musulmán de Ciudad del Cabo. Y Bo-Kaap es un barrio con historia de barrio que sobrevivió a la historia. Las casas, modestas están vestidas de colores divertidos. Algo que da una sensación de buen humor al pasear sus calles. Nos costó encontrar el museo aunque lo teníamos delante de las narices. Y es que su edificio no destacaba por encima de las casas. Era uno más.

Los acontecimientos, las historias, la voluntad humana y también su barbarie edifican permanentemente el presente. Y el presente de Bo-Kaap es el de un mestizaje singularmente armonioso. Muchos de sus vecinos y vecinas son descendientes de esclavos, de exiliados políticos, de convictos traídos desde el sudeste asiático o Indonesia en los primeros años de la presencia europea en África del sur.

Cuando los negocios alemanes hundían sus garras en las indias orientales, allá por el siglo XV, algunos grupos de musulmanes que resistieron la presencia colonial fueron expulsados al Cabo de Buena Esperanza. Muchos prisioneros, condenados en Indonesia fueron expatriados hasta aquí. Los esclavos fueron llevados por los colonos hasta el Cabo desde Mozambique y Madagascar. Y aunque no eran musulmanes se convirtieron, entre otras cosas al identificar al Islam con la religión de la resistencia. Estamos a finales del siglo XVIII.

La primera mezquita que se construyó en Bo-Kaap data de 1794. Es la Mezquita de Auswal y sigue en funcionamiento. Antes de 1830, tan sólo uno de cada diez habitantes del barrio eran musulmanes, pero tras la abolición de la esclavitud, muchos de ellos abrazaron el Islam y eligieron éste barrio como lugar de residencia.

Muchos años después, la participación de los musulmanes en la lucha contra el apartheid provocó discusiones encendidas, pero una de sus tendencias se sumó codo a codo en el combate antirracista dejando a un lado dogmas y sin renunciar a su religión.

Entramos con curiosidad al museo. Alguien nos había hablado de él. Éramos los únicos en visitar a esa hora ese lugar. (Y era de agradecer. Las aglomeraciones en los museos son de las insatisfacciones más stressantes si lo que se desea es disfrutarlo con atención).

Las primeras salas mostraban la influencia y la historia del Islam en la zona de Cape Town. Sus vestidos, la arquitectura, artesanía. Otras se detenían en la época del apartheid. Había fotografías que mostraban la imbecilidad hecha ley, como ese cartel que clavaban tres paisanos avisando de que la playa era exclusivamente para blancos.

En el piso alto había una exposición de fotografías hermosa en su concepto por la sencillez y la participación de todo el barrio. Su título era "Los rostros de Bo-Kaap". Eran fotografías de la gente. Así de fácil. De las mujeres, de los ancianos, de los críos, de los hombres de Bo-Kaap. Cada uno con su indumentaria, cada uno y cada una con su rostro, con su minifalda o con su velo, con su turbante, con su barba, con su bicicleta o con su mirada. Eran todas del mismo tamaño. Me quedé largo rato mirando cada una de ellas. Daban muestras de un barrio vivo a pesar de la historia. O quizá gracias a ella.

Al día siguiente saldríamos para el Cabo de Buena Esperanza.

Pero en esos momentos había comenzado a suceder algo que yo aún no sabía y que unos días más adelante me dejaría paralizado de la emoción.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Los colores del blanco y negro

Al día siguiente, sin deshacer casi el equipaje nos mudamos a un apartamento limpio y hermoso del hotel Daddy Long Legs, junto a una tienda de música de la misma Long Street. Lástima que sólo tenían sitio para esa noche, porque el “Piernas largas de papá” resultó ser un lugar estupendo. Así que de nuevo teníamos que buscar alojamiento para el día siguiente. Era nuestro sino. Éramos, somos nómadas. Mientras esperaba a las chicas me quedé pegado como mosca veraniega al escaparate de la tienda de música.

Amor tenía ganas de andar (es ingeniera de montes) y yo no tenía intención de que se me notase la pereza, así que nos dirigimos a la famosa Table Mountain. Se trataba de una gigantesca roca en medio de la ciudad. Su icono. Subimos en Teleférico. Y arriba nos dedicamos primero a disfrutar de las vistas y después a caminar y caminar, calmando así las necesidades montañeras de nuestra amiga. Desde arriba se veía hermosa Ciudad del Cabo. Y ahí estaba Rodden Island, la pequeña isla a escasos kilómetros de la costa donde Nelson Mandela estuvo encerrado 11 de los 27 años que lo secuestró el régimen del apartheid. Hoy se organizan viajes turísticos a la isla y se visita la celda como conjuro contra tiempos que no han de volver. Bajamos cuando los colores naranjas acudían a su cita diaria.

Conseguimos asegurarnos una habitación triple para los dos días que nos quedaban antes de bajar por la península en dirección al cabo de Buena Esperanza. Cenamos shushi.

La mañana siguiente, bien temprano me fui a un ciber que estaba abierto las 24 horas y trabajé largo rato, hasta que Edna y Amor, tan dormidas como felices me hicieron ver que era hora de moverse. Hablo inglés como chapurreo el portugués. Así que me dejé dirigir por el sector femenino. Cosa que no levantó protestas ya que yo iba a ser el encargado del coche. Andábamos sin un plan muy definido. Dejándonos llevar por el placer de perdernos en una ciudad nunca visitada antes y ciertamente linda donde, según leí de algún escritor hispano, la seguridad es mucho mayor que en Johannesburgo pero mucho menor que en Chicago. Cosa que no sé exactamente qué quiere decir. Caminando, mirando, perdiéndonos, nuestras sandalias nos encaminaron hasta el puerto. Un catamarán nos llevabaría hasta bordear Rodden Island. Subimos con la emoción de la aventura. Nos colocamos sobre la red de proa. Mi objetivo era disfrutar en silencio de un viaje de un par de horas. Observar. Recibir el viento en la cara. Dejarme mecer por ese oleaje que a veces, de pronto se enfurece. Y saborear las sorpresas en forma de delfines, focas y con suerte de alguna ballena. Precisamente, en ese momento se acercó un caballero de dimensiones considerables y se sentó junto a mí desequilibrando la red y obligándome a recolocar. El espécimen era norteamericano y vivía en Miami. Tenía ganas de cháchara y de contar su vida y sus impresiones de un viaje que ya había hecho más veces. No era esa mi idea y se lo hice ver con alguna mirada un tanto hosca. Se giró y le comenzó a largar su rollo a una rubia belga más simpática que yo y cuyo novio no dejaba de hacer fotos.

Así que librado del peligro me centré en disfrutar del mar. Una focas jugueteaban a nuestro paso nada más salir del puerto. Un poco más adelante los delfines saltaban a nuestro lado y seguían al velero. No era un espectáculo contratado. Nadie les daba la orden. Edna, en la punta de proa disfrutaba como una niña. Justo cuando dábamos la vuelta para regresar una mancha enorme nos avisó de la presencia de una ballena. Un chorro, y sobre todo la cola gigante que asomó nos confirmó lo que veían nuestros ojos. Fue un jolgorio general. Según el capitán tuvimos mucha suerte, porque no era la época de ballenas.

De regreso a Cape Town, Table Mountain era el aviso de entrada a un continente misterioso. Eso fue lo que vieron los europeos al llegar a este punto en su intento de doblar África. Eso fue lo que vieron los holandeses puritanos que llegaron para quedarse huyendo de sus propios fantasmas y encontrándolos también aquí. Cape Town fue la puerta de entrada del mayor drama de África. Historia de conquistas, sangre, esclavos, miedo, racismo, muerte. Historia que sigue siendo.

Algo de eso comprobamos al día siguiente. Visitamos Front Sea, la zona de las playas donde el lujo se mostraba obsceno. El mundo más blanco y feliz de piscinas climatizadas, zonas de recreo medido al detalle, uniformes para las criadas y peluquería para perros se mostraba sin pudor. Numerosas mansiones de césped perfecto se distribuían con armonía a lo largo de una costa que ya no estaba prohibida para los negros pero que era prohibitiva para los pobres, que evidentemente no son blancos. “Ahora podemos ir donde queramos. No es como antes. Y podemos trabajar de lo que sea -me explicó un joven taxista negro- y aunque la gente sigue siendo pobre, sólo con la igualdad de oportunidades podremos conseguir desarrollar el país”. Ojala tenga razón.

Edna y Amor decidieron ir al aquarium. Yo preferí perderme por la ciudad. Caminaba sin prisa, mirando a la gente que me cruzaba e imaginando sus aventuras y sus desventuras. Los rostros dicen mucho de la vida de las personas. Rostros bellos de mujeres orgullosas, rostros tímidos con dolores escondidos, expresiones alegres, divertidas. La gente me gusta. Y de pronto me volví a tropezar con la tienda de música junto al hotel Daddy Long Legs. No lo pude evitar. No me compré una marimba por poco, pero al rato salí con quinientos rands menos, cuatro cedés más y una sonrisa de oreja a oreja.

Si alguien hubiera estudiado mi rostro ¿habría descubierto que llevaba música africana en las chispas de los dedos?


domingo, 23 de marzo de 2008

En Ciudad del Cabo

Aterrizamos en Ciudad del Cabo a la tarde. Nos alojamos en un Backpacker de Long Sreet. Para llegar hasta el cuarto de baño compartido atravesamos una habitación con tres literas y con otros tantos gorilas veinteañeros, blancos de cuello ancho que amenazaban con roncar y con juerga nocturna. El sitio estaba bien si uno era joven, tenía dinero y/o tabla de surf. Pero a nuestra edad, y sobre todo a la mía, el sitio se quedaba allá atrás, junto a la memoria de mis primeras escapadas descubridoras de farras sin reloj ni tener que rendir cuentas a nadie ni a nada.

Dejamos el equipaje y salimos a patear la ciudad. Bajamos por la larga calle “Long street” buscando un nuevo alojamiento para el día siguiente. No podíamos evitar el asombro que nos producía estar en el África más alejada de su estereotipo. De un estereotipo que al mismo tiempo lo confirmaba. Cape Town, o Ciudad del Cabo era una hermosa ciudad dominada por los blancos en un país negro. El apartheid dejó de ser años atrás. El Congreso Nacional Africano gobierna este bellísimo país. Pero lo que la realidad nos mostraba era una división tozuda. Blancos en coche y negros andando. Blancos comiendo en restaurantes y negros sirviéndoles. Blancos paseando placenteramente con sus familias y negros limpiando, vendiendo periódicos en los semáforos, ofreciéndose para cuidar los coches aparcados, vendiendo yerba o coca apoyados en las farolas o en las paredes, esperando el bus para ir a las afueras, donde su casa les esperaba cargada de hijos y problemas.

Fuimos hasta el puerto, conocido como Waterfront. Preguntamos en el servicio de Información Turística. Nos dieron unas explicaciones minuciosas de las diferentes opciones que teníamos de acuerdo a nuestro plan. Ciudad y entorno.

Uno de los objetivos sería subir a la Table Mountaint, la orgullosa montaña en forma de mesa que domina la ciudad y que era su emblema. La montaña anaranjada que vieron los primeros colonizadores holandeses que entraron por este punto al continente en un intento paranoico de dominarlo.

Nos fuimos a cenar. El menú ofrecía exquisiteces tan poco comunes como cocodrilo, avestruz, impala, kudhu… Probamos de todo. La carne de avestruz era deliciosa y fuerte. La de cocodrilo suave. Las apariencias una vez más engañaban.

Tras el safari gastronómico nos dirigimos a uno de los lugares de música de la ciudad. Encontramos un sitio donde la mayoría negra anunciaba una música mejor de la horterada de otros lugares de sonrisa sonrosada al estilo Abba. Ahí entramos, frotando cuerpos contra cuerpos en una rítmica y sudorosa sesión de hip-hop local, hasta que nos olvidamos de la hora y casi del camino de vuelta al Backpacker de la Long Street. Los gorilas dormían en silencio.

Al día siguiente nos esperarían nuevas sorpresas.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Al sur del sur



Después de días de trabajo intenso y encierro en un hotel de Maputo llegaba el ocio. Nos íbamos unos días de vacaciones. En un principio, la idea fue el norte de Etiopía, pero los cálculos económicos y la opción del descanso nos hicieron mirar al sur, a Sudáfrica.

Un avión de LAM nos dejó en Johannesburgo. Tiene fama de ser la capital de la inseguridad. “Cuidado” nos avisó todo el mundo, “en Johannesburgo te roban seguro” . Y así fue. Edna metió su tarjeta visa en un cajero del Standar Bank del aeropuerto. Marcó la cantidad y… ¡tarjeta bloqueada! ¡¿eh?! No teníamos más que meticais, la moneda de Mozambique. En Sudáfrica funciona el rand, que vienen a ser doce por cada euro, pero el cajero nos había robado la tarjeta. El cajero era un cajero. Es decir, no había detrás ningún banco con empleados para pedirles socorro. Llamamos por teléfono al número que se indicaba para incidencias y una voz odiosa se limitó a explicar que la tarjeta sería destruida y que podría haber sido retenida por diferentes motivos. Por suerte yo tenía la mía y me funcionó sin problema, pero ¿Y una persona que viajase sola?

Cinco horas más tarde volábamos más al sur, a Ciudad del Cabo, en el extremo del continente. La temperatura bajó y la humedad ya no era tropical. En su lugar, nuestros ojos se toparon con algo que posiblemente no sorprenda viniendo de Europa, pero que a nosotros, tras más de cuatro meses en el norte de Mozambique nos dejó ciertamente boquiabiertos. Calles limpias, ordenadas, sin rasgo de deterioro. Edificios modernos, en una hermosa mezcla con otros coloniales pugnaban por alzarse hacia un limpio cielo azul. Pasos de peatones, semáforos que se respetaban, tiendas, restaurantes… ¿Estábamos en California? ¿En alguna ciudad del norte de Europa? No, estábamos en el sur del continente africano. Tan al sur, que parecía el norte. Teníamos una semana por delante.

jueves, 13 de marzo de 2008

El loquito

Las calles de Maputo son de una fealdad a la que se les toma cariño. No invitan al paseo, y no puedes dejar de pasearla. Sus gentes son supervivientes diarios de la hecatombe de la globalización. Personas que caminan aturdidas de pobreza entre los todoterrenos y la basura.

Los nombres de sus calles son reliquias de otros tiempos en los que se soñaba con cambiar el mundo a golpe de martillo. Los niños ahora piden limosna, y los viejos, heridos en el orgullo de su dignidad les regañan.

Una noche, un loquito sin camisa bailaba entre los vehículos de la calle Julius Nyerere. Nosotros caminábamos buscando un sitio para cenar. Su danza era eléctrica. Tan pronto se lanzaba a correr en la dirección en la que venían los coches, se detenía como estatua congelada en mitad de la carretera o desafiaba a los vehículos tirándose al suelo.

Lo miramos alarmados. Ese hombre se estaba jugando la vida. De pronto pasó corriendo a nuestro lado. El loquito tenía una expresión de estar pasándosela bien.

En Maputo, el alumbrado público apenas alumbra el poste que sostiene la bombilla. El descamisado era preto como la noche. Eran sus ojos grandes y blancos los que anunciaban que detrás de ellos había un hombre de mediana edad y sin camisa que danzaba, corría, y gritaba chillidos de emoción y adrenalina cuando un cuatro x cuatro rozaba su cuerpo ágil y esquelético.

En una de esas… ¡¡Krassssss!! El frenazo de un coche hizo que se empotrara el que venía detrás, después el siguiente, que además abolló a otro que estaba aparcado y que comenzó a lanzar su alarma escandalosa.

El aspirante a suicida, tumbado en la carretera, a metro y medio del primer vehículo levantó la cabeza para ver el desaguisado del que era responsable y de repente desapareció. Los conductores salieron de sus coches, los curiosos se arremolinaron, la alarma seguía hasta que llegó su dueña que estaba en una cafetería cercana…

Unos pasos más adelante encontré al loquito agachado, escondido, un poco asustado y sin poder parar de reírse.

martes, 11 de marzo de 2008

Distancias

¡Se veía todo tan cerca desde ese hotel de Maputo…!

Me quedaba en la habitación trabajando y me abstraía de mi ubicación en el mapa. Horas en la red difuminaban mi estancia física. Me transportaban. Me reubicaban.

Noticias que se repetían como una noria perversa. Más naufragios de seres humanos entre las costas que separan Europa de África. Nuevas expulsiones. Más personas convertidas en estadísticas. Una campaña electoral en la que se utilizaba la inmigración para sacar votos criminalizando, manipulando, asustando, mintiendo…

Noticias que alteraban una normalidad aburridamente alterada. Una persona le pegaba tres tiros a un trabajador en un lluvioso pueblo de Gipuzkoa. Una persona menos a la mayor gloria de una patria que no me seduce. Recolocar discursos, matices, consignas. Mientras, llovía y todo se empapaba de un dolor insignificante para los que no lo sienten. Insoportable para los demás.

Noticias que casi no lo eran. Tenían que ser cuatro las mujeres muertas por sus parejas el mismo día para avergonzar a todos. Para recordar que hasta que los hombres no dejemos de tener miedo a las mujeres, un miedo milenario a su fuerza y a su inteligencia no será fácil que el monstruo del machismo deje de golpear.

Noticias alarmantes. El ejército colombiano, destacado en violar los derechos humanos agredía una vez más en territorio ecuatoriano. ¿Qué culpa tenían los habitantes del norte del país de que en Colombia hubiera tantos actores empeñados en no solucionar un conflicto con cuarenta años de duración? Macondo se desangraba. El país con mayor número de desplazados del mundo.

Noticias de mis seres queridos. De sus sueños y deseos. De sus miedos, alegrías y recuerdos. De sus aspiraciones y conquistas diarias. De las pequeñas frustraciones. De dolores y angustias. De retazos de esa esquiva felicidad que a veces se asoma en una esquina rota. De la vida.

Y después salía a la calle y me daba cuenta de que África seguía aquí, a mi alrededor, calurosa, colorida, sufriente, alegre, caótica…Y de que eso que se veía tan cerca desde ese hotel de Maputo, realmente estaba tan lejos que me daba, no sé, algo de vértigo.

viernes, 7 de marzo de 2008

La vida loca

Faltaba menos para que la temporada de lluvias, con sus inundaciones, multiplicación de insectos, enfermedades y agotamiento comenzara a remitir.

Edna tenía una sensación extraña. A falta de una semana para ir de nuevo a Maputo se sentía hinchada, rara… ¿embarazada?

Imposible no era. El pasado mes de mayo me operé en Montevideo para revertirme la vasectomía que tenía desde hacía tres años. Después de una intervención con anestesia total de cerca de cinco horas (cortar es fácil, pero unir es más complicado) hubo un periodo de cuarentena obligatorio. La inflamación post-quirófano de las zonas bajas apenas menguó para el viaje que me tocó hacer en agosto a Perú para Banoa. Más tarde, las vacunas de fiebre amarilla, cólera, hepatitis B, etc que tuvimos que meternos para venir al África Austral nos obligó a otros tres meses de utilización de lo que en portugués se llama camisinha.

Le dijimos adiós a la gomita hace unas semanas. Y nos dedicamos a festejarlo.

Así que podría ser. El problema era que estábamos en uno de los lugares y una de las épocas de mayor incidencia de malaria del mundo. Y eso ya son palabras serias para un embarazo. Estos días, ver un mosquito me sacaba de quicio. Le insistí a Edna que se embadurnara de repelente, que no saliera de la mosquitera… ¡Uf! Demasiada esquizofrenia. Los test de embarazo “made in China” que vendían en las farmacias eran de escasa fiabilidad. Cuando habían pasado apenas 24 horas del día D sin que hubiera señales fuimos a la clínica. Allí nos atendió un amable doctor. Al terminar nos dijo que todo indicaba que no había embarazo.

- ¿Y qué porcentaje de seguridad tiene la prueba?
- Alta –dijo- entre un 40 y un 60 por ciento

Total, que estábamos en las mismas.

Ver un mosquito era ver una catástrofe. Un animal salvaje. Dormimos con una espiral antimosquitos que funciona encendiéndola y que yo no había vuelto a ver desde la revolución sandinista. Compré todo tipo de potingue. Incluso la perseguía con un invento que funciona por sonido y que al parecer ahuyentaba a la mosquita (en verdad es la hembra la que pica).

En unos días volábamos a Maputo, y allí el peligro sería considerablemente menor. Las horas pasaban a cámara lenta, mientras los mosquitos revoloteaban como aviones espías. El calor aumentaba, la humedad… Y también los apagones, las tormentas tropicales.

Tres días más tarde se terminó la alarma y todo regresó a su calendario habitual. Había sido, sin más, un retraso.

Y entonces tuve la sensación de que todo comenzaba a cambiar. El nivel de la aguas había dejado de crecer. La gente arreglaba desperfectos. El sol también se componía de sombra. El mensaje en la botella lanzada al mar que es este blog llega a muchas orillas al mismo tiempo, y manos amigas y otras desconocidas lo leen.

Cuando subimos al avión para volar a Maputo nos reímos de los mosquitos. Y un poco también de nosotros mismos y nuestra vida loca.

miércoles, 5 de marzo de 2008

El partido y la presidenta

Y fui al partido. Alguna vez había entrado con una cámara al estadio de Anoeta en San Sebastián. No era lo mismo. Aquí no había estadio. Se trataba de una extensión de hierba irregular y tierra rojiza, con una portería sin red en cada extremo. Veintidós jugadores sudaban sólo de estar bajo un sol y una humedad que carecía de compasión. Haciendo las veces de juez de línea estábamos todo el público. La afición de uno y otro equipo. Los curiosos. Los que no tenían nada más que hacer y la vegetación.

La presidenta del equipo donde jugaba Nico era Cristina, otra joven cooperante. Cuando la goleada iba en cuatro a cero a favor del equipo local (el nuestro) y a falta de quince minutos para el final, el argentino pidió la sustitución. Estaba reventado. O al menos, eso dijo.

El técnico del equipo miró a Cristina con una sonrisa pícara y le dijo “Su turno presidenta”. Ella que no, y todos los demás, jugadores y público que sí “Dele Cristina, ¡que se los va a comer!”. Los chicos del equipo de la aldea de Majate no pusieron buena cara. Percibían como una humillación, no ya el 4 a 0, sino el que una mujer entrase al juego. “Esto es serio. Esto es un juego de hombres” gritó el número 9 de los visitantes. No hizo falta más. Fue el resorte preciso para que la presidenta entrara al juego.

La percusión de Fernando redobló su animación. Adolfo despertó de su resaca. La bulla subió de grados. Los perros ladraban y muchos reían, aplaudían, gritaban. Los jugadores visitantes sintieron la rabia y consiguieron el gol del honor. Cristina nos miraba y se reía. La marcaba el jugador número 11. Ella divertida daba dos pasos y el 11 daba dos pasos con ella. Retrocedía y era su sombra. Hasta que mirándole fijamente y con las manos en la cintura le dijo,

- ¿Tan peligrosa soy?

El 11, serio, se alejó de ella. Pero sólo unos metros.

Al terminar el partido nos dieron ganas de volantear a la presidenta como heroína del equipo aunque ella no hubiera metido ni un gol. No lo hicimos por respeto… Por respeto a los visitantes que se iban cabizbajos y con su derrota en el remolque de un camión.


sábado, 1 de marzo de 2008

“Las ONG tienen mucho más trabajo por hacer en Europa que en África”

Con cuatrocientos euros en el bolsillo, sin papeles y sin conocidos, Nicolás Dotta, un argentino de Rosario durmió su primera noche en Madrid en la boca de un metro. Era un inmigrante más, joven y con ganas de aferrarse a sus ideales y aspiraciones. Hoy trabaja como logista en una ONG médica en Pemba. Juega en el equipo de fútbol de su barrio y a veces parece un africano más. En unos días regresa a Madrid. Ha estado aquí año y medio. Nico habla sabiendo lo que dice.



- ¿Qué diferencia hay entre la África de las imágenes que vemos en Europa y la realidad que tú has visto aquí?

No toda África es un campo de refugiados, pero tampoco hay que caer en el peligro de que se te acostumbre el ojo a la pobreza. Por mucho tiempo que estés aquí, tiene que seguir causándote enojo tanta miseria.

Cuando veo la típica foto del niño con cara triste y la ropa rota, hay que saber también que los niños de aquí son los más alegres, los más pícaros, los más atrevidos. Que tienen iniciativa y que a cualquier niño de Europa le dan tres vueltas. Porque desde que nacen se tienen que buscar la vida.

Pero, su realidad es difícil y nos causa enojo. Lo que mostraba aquella foto es verdad. Hay niños mal alimentados, descalzos, mal vestidos. Pero lo que la foto no me muestra es que a pesar de eso son atrevidos, se divierten, están todo el día activos, son muy listos.

- ¿Cómo haces para convivir con esa realidad?
Pues no es fácil. A veces también tenemos que ponernos corazas y tratar de sobrevivir nosotros mismos. Hay que saber vivir de acuerdo al contexto. Nosotros venimos acá y somos personas y vivimos una realidad. Lo que podemos hacer es mucho o poco, pero somos limitados. Tenemos que aprender a relacionarnos como uno más. Es difícil porque no somos uno más, no nos tratan como uno más, pero hay que saber encontrar la respuesta a cada situación. La gente te llega con problemas, con necesidades y nosotros no podemos involucrarnos con todo. Hay que saber cuando decir no y reconocer nuestras limitaciones. En la práctica no somos iguales, pero se trata de achicar las distancias.
- Año y medio atrás. Un argentino de Rosario de pronto en el aeropuerto de una ciudad africana llamada Maputo

No entendía nada. Lo primero que tuve fue miedo al trámite aduanero. Y después, todo nuevo. Todo te llama la atención, todo te provoca curiosidad. Y enseguida, nada más salir del aeropuerto comencé a romper estereotipos. Más llegando a Maputo. Te encontrás con una ciudad con muchos problemas pero con ciertos servicios. Cosas que ya están globalizadas, bancos, cadenas de restaurantes. Y al final, a mí Maputo no me causó tanta sensación de lejanía con Rosario. No hay tanta diferencia si no fuera por el color de la piel de las personas. Distinto es ya la situación rural de Mozambique. Pero Maputo, con cualquier ciudad sudamericana tiene mucho en común. Gente durmiendo en las calles, pidiendo en las esquinas, todo eso es algo que en cualquier ciudad sudamericana te podés encontrar. Quizá, si venís directamente de España te agarra un poco más desprevenido.

- Estuviste en Maputo tres días y te viniste a Pemba, más de dos mil kilómetros al norte.

Ahí ya fue todo distinto. Una avalancha de sensaciones. Pemba tiene estos contextos tan marcados de paraíso natural mezclado con pobreza. Es como una escenografía de teatro. Está lo que hay para el turismo, muy lindo, dos calles pavimentadas. Pero cuando te metés en los barrios ya es otra cosa. Es increíble. Entonces conocés la verdadera Pemba.


- ¿Y cual es la verdadera Pemba?

Las casas de pau-pique, techo de paja. Las mujeres yendo a buscar el agua, cocinando. Los hombres durmiendo en las camas macua. La gente caminando, otra mirando y ahí ya te das cuenta que Pemba es mucho más pobre de lo que parece. Ahí ya ves realmente cómo vive la gente, cuales son los problemas que tienen. El turista no ve esto. Quizá algo puede intuir. Yo he escuchado varias veces decir “Al final no están tan mal”. Eh! pará! ¿Porque viste a uno comprando un televisor decís que no están tan mal? O cómo estarías vos en su lugar. Si no están tan mal ¿te tomarías vos su lugar?

-Tú aquí trabajas en la cooperación. ¿Crees que la cooperación puede resolver el problema de la pobreza?

Mirá, escuchar lo que voy a decir de alguien que trabaja en la cooperación puede parecer mal o puede sonar bien porque la autocrítica es constructiva. Pero la cooperación tal cual existe hoy es parte del problema. Es una herramienta más de la Gran Maquinaria que encontró un lugar para tener contentos a los descontentos. La cooperación es una herramienta más de los gobiernos para penetrar en nuevos mercados y tener buena imagen para sus votantes que no quieren más pobreza. Y entonces dicen “nosotros mandamos un millón de euros al tercer mundo”. Pero eso es la punta de un iceberg. Y detrás de eso vienen todos los chacales. La cooperación no lo usan los gobiernos para hacer un mundo más justo. Las ONG no son tan “No Gubernamentales”. La mayoría son financiadas en gran parte por las Agencias de Cooperación. Los fondos que reciben están diseccionados a regiones y sectores prioritarios, en los cuales hay un montón de necesidades. Los problemas son ciertos. Pero lo que hay que saber es que de las Agencias de Cooperación son parte de los Ministerios de Negocios y Asuntos Exteriores.

- Pero ¿tú estás de acuerdo con la consigna del 0´7%?

¿Y porqué el 0´7 y no el 1´5?

- Si fuera el 1,5% en los parámetros que planteas el problema sería el mismo. Variaría sólo la cantidad.

Es que yo creo que mientras haya capitalismo neoliberal no habrá otra cosa. Desde este sistema llega tanta cosa mala, que cuando llega algo bueno no está mal. Ahora, si queremos ir a la raíz del problema, esa lucha empieza más en España que en Mozambique.

- Sí, pero que un porcentaje del presupuesto de un Estado de la metrópoli venga al sur ¿está bien? Es decir, independientemente de su gestión, ¿no es una obligación de los Estados del norte destinar un porcentaje de su presupuesto para el desarrollo en el sur?

Mirá, se podría hacer mucha más cooperación sin ese 0,7. Con condiciones de comercio internacional más justas. O con menos subsidios a los productos exportados. Habría montones de herramientas. Por eso, el 0,7 podría estar bien para darle presupuesto a estos países. Pero acompañado de un montón de otras políticas. El 0,7 es casi una coima, una limosna.

-¿Tú qué harías a la espera del cambio de estructuras económicas internacionales injustas y que sólo se pueden cambiar con la presión de la gente? Hasta que ese cambio ocurra ¿qué?

En la medida en que Europa es, en gran parte un espejo en que mucho del continente africano se refleja, yo creo, en serio que muchas de las luchas están allá.

- Pero la sociedad europea no está movilizada.

Ese es el problema

- No está movilizada porque no lo necesita. Su bienestar material no se lo exige.

Claro, y después se hace socio de una ONG. Porque sabe que existe otra realidad. Y piensa que con la cuota mensual lava su conciencia. Por eso digo, que las ONG tienen mucho más trabajo por hacer en Europa que en África.

- Mozambique es uno de los países modélicos para el FMI, el Banco Mundial y la estructura económica globalizada. A pesar de venir de un proceso teóricamente revolucionario de cambio de estructuras.

Sí, eso es increíble. Mozambique, hoy por hoy es uno de los países modelos del BM. Y esto tiene que ver con lo que hablamos antes de la dependencia de presupuestos. El 50% del presupuesto del Estado Mozambicano proviene de la ayuda internacional. No es el porcentaje de las ONG, que apenas será de un 2%. El grueso es de organismos de Naciones Unidas, el BM, el FMI. Y esos no le prestan dinero a cualquiera. Esos le dan a quien “se porta bien”. Al margen de que haya dirigentes mozambicanos, como hay muchos pensadores en el mundo convencidos que la respuesta a la pobreza y al hambre está en la economía de mercado.

- Tú viniste a echar una mano en la mejora de la realidad del día a día. ¿Mozambique te ha cambiado más a ti que tú a Mozambique?

Eso desde ya. Pero para ser sincero, también creo que todos los que elegimos estar acá lo hacemos por un principio solidario y porque este trabajo nos moviliza. Y por principios y por valores. Pero también venimos acá por una sensación egoísta. Nos gusta estar acá. Es el estilo de vida que elegimos. A mí me pasa eso. Sigo creyendo en mis principios en mis valores. Estoy acá para hacer algo por los demás. Pero también estoy acá por mí mismo. Hoy por hoy no se me hubiera ocurrido otra manera de vivir mi último año y medio.

- ¿Y qué elementos personales te ha cambiado el hecho de vivir aquí?

Estar acá me ha hecho valorar mucho cosas que antes quizá no les daba importancia. Por ejemplo, sí que me ha provocado mucho más desapego a lo material. Me ha hecho entender eso de vivir cada día, de no tener miedo de pensar en el futuro. Toda esa seguridad del modelo de vida que tenemos, de que uno tiene que pisar sobre seguro, tanto en lo económico como en lo profesional. Todo eso acá lo perdí. Será por ver qué rápido se puede apagar una vida que ahora vivo al día. Soy éste y quiero hacer esto.

- Para conocer África hay que mirarla largo rato. Hay mucho oculto.

Sí, es algo que a mí me apasiona y que tiene que ver con la propia cultura africana. Difícilmente a nosotros nos la muestren, pero después, poco a poco la vas descubriendo. Cómo se relaciona la gente entre ellos. Todo el tema de las creencias, de sus relaciones de poder, de su concepción de lo que es una familia y cosas que no las hablan y que ir descubriéndolas me ha parecido apasionante.

-Y además tenemos la fechizería.

Mirá, yo creo que el eje central de la cultura africana pasa por la fechizería y por el curandero. Es más fácil verlo cuando establás relación con personas de estratos sociales más bajos. Lo expresan más. Pero también me he encontrado con empresarios, con médicos hasta con personas con altos cargos en el poder, formados en Europa con master, etc, que, aunque no lo muestran, porque lo viven oculto, al final para ellos termina siendo tan importante como para cualquier vecino. Es algo que está muy arraigado en las personas.

Hay montones de cosas que a nosotros a primera vista nos resultan inentendibles. ¿Cómo puede ser eso? Al final tiene su causa o su explicación en todo lo que no vemos. Desde enfermedades hasta lo poco que se cuidan acá los bienes materiales o las relaciones entre las personas. Porque uno puede mandar a matar al otro a través del curandero. Eso fue una parte que no me gustó a mí de la cultura africana. Que el fetiche mete mucho miedo a las personas.

- Estás a punto de regresar. Te vuelves de África. Después de haber estado año y medio aquí, Con respecto a la realidad, ¿te regresas más optimista o más pesimista?

Yo creo que la esperanza no se puede perder nunca. Ya lo dijo el Che, la única lucha que se pierde es la que se abandona. Sigo convencido. Pero sí que soy más pesimista que cuando llegué. Y al final yo creo que el egoísmo, la indiferencia, la ambición, todo eso que nosotros podemos acusar a ciertas clases o gobiernos de occidente, acá también lo vas a encontrar. Porque creo que al final es innato de las personas. Sean africanas o norteamericanas. La vieja discusión de si por naturaleza el hombre es un ser egoísta o es un ser social. Yo, más bien soy pesimista. Pero lo que tengo claro es que hay montones de razones para seguir luchando. Aunque hoy por hoy si te dijera que veo un futuro esperanzador, te estaría mintiendo. Pero hay que vivir con la mayor coherencia posible con uno mismo. Al final, cada vez encuentro más gente con ganas de vivir de otra manera. Lo que pasa es que al final, todos estamos pillados, porque el sistema nos tiene agarrados. No podemos prescindir de un montón de cosas que generan esa desigualdad. Creo que, de a poquito tenemos que tratar de vivir más coherentemente y no tener miedo a desprendernos de un montón de cosas que son causa de aquello que tanto nos enoja pero que es parte de nuestra vida diaria. Es difícil, ¿no?

- ¿Contra quién jugáis el sábado?

Contra los de la aldea de Majate.

- Iré a ver el partido y de paso echaré unas fotos.

Dale, estupendo. Es increíble lo que une el fútbol. Creo que es verdaderamente el idioma universal. Poné un árabe, un chino, un blanco, un negro con una pelota y por más que no se hablen, cada uno va a saber qué rol ocupa, y se entenderán sin problema. Es maravilloso. Veintidós tipos grandes corriendo detrás de una pelota como niños.

- El futuro son los niños

Si, y nadie les puede robar la sonrisa






miércoles, 27 de febrero de 2008

Fechicería celular

- ¡Le voy a cortar un trozo de oreja!

Miré a Diaz sin saber muy bien si hablaba en serio o en broma. Ante mi cara de estupefacción él insistía.

- Es mi derecho. La policía me ha preguntado qué quiero y yo quiero eso. No la oreja entera, pero sí un trozo, aunque sea pequeño.

Semanas atrás, Diaz me había pedido un favor. “Por fin –pensé- después de todos los que me ha hecho él a mí”. Yo iba a Maputo, y aprovechando aquel viaje quería que le trajese un teléfono celular. Según él, allí eran más baratos. No se podía gastar más de dos mil meticais y lo quería con cámara de fotos. Lo necesitaba, porque el que tenía estaba para el museo de antigüedades.

Miré y remiré y por ese precio no había ningún teléfono con cámara de fotos en todo Maputo. Una vez más, fue Edna la que encontró la solución. Ella tenía un teléfono de esas características guardado en un cajón de casa. Se trataba del que usaba en España. Por su parte, Sabulía, el guardián también nos había pedido que le trajésemos un móvil. Él no precisaba sofisticaciones fotográficas, pero lo más que podía pagar eran seiscientos meticais. Sin embargo lo más barato que encontré era justo el doble, mil doscientos. Mientras que cuatro mil era lo más económico para el que quería cámara de fotos. ¿Solución? Le pasábamos a Diaz el de la mesilla por seiscientos meticais, con lo que completábamos lo que Sabulía no podía pagar. Así todos salían ganando. Perfecto.

Sabulía recibió su encargo con una sonrisa mayor que su expresión de buena persona. “Pero este mes no les podré pagar”. Diaz se convirtió en el hombre más feliz de su barrio. No paraba de sacar fotos a todos los vecinos. Hasta que tres días más tarde, y pendiente aún del cobro…

- Señor Carlos, ha ocurrido una desgracia terrible.

Aparté la computadora intrigado.

- ¿Qué pasa Diez?

El hombre mantenía un gesto que nunca le había visto antes. Agarró una silla y se sentó apesadumbrado y mirando al suelo. Por un momento me alarmé.

- ¿Diaz, qué ocurre?
- Una desgracia total. No sé cómo explicarle

Seguía mirando al suelo, pero comencé a percibir una ligera sobreactuación.

- No sé cómo decirle.
- Pues diciéndolo Diaz. ¿Qué pasa?
- ¡Me han robado el teléfono!

Para mis adentros respiré. Y a partir de ahí Diaz fue un torbellino de explicaciones. Había descendido del vehículo. Llevaba el teléfono en el bolsillo. Y al agarrar una caja le había parecido que algo había ocurrido. Al regresar se tocó el pantalón pero el bulto del celular había desaparecido y junto al coche no había nada. Pero el guarda de la oficina donde había llevado el encargo no se había movido de ahí y aseguraba no haber visto nada. Sin embargo, Diaz estaba convencido de que tenía algo que ver y con esos poderes extraños que yo no aseguro que no tenga, él percibía que ese guarda… ummmmmm…!

- Bueno Diaz, vaya susto me ha dado. Creía que le había ocurrido algo peor.
- Pero esto es muy grave. Ese guardia cabrón me ha robado y lo niega.

Me hizo gracia cómo utilizó el término “cabrón” en castellano castizo. Desde ese día, cada vez que coincidíamos se mostraba como el mozambicano más desgraciado “por culpa de ese guardia cabrón”. Fue a contratar a un fechizeiro especialista en la recuperación de artículos robados, pero el día anterior se había ido a Beira. Pagó a unos amigos para que vigilaran al vigilante. Yo le animé a que se olvidara del asunto y que evidentemente se olvidara también de pagarme nada.

Esa mañana entró en la oficina en la que me encontraba trabajando. Y colocando delante de mis narices el famoso teléfono móvil echó una carcajada que retumbó en toda la ciudad. La vigilancia había terminado por dar resultado. Alguien había escuchado al guardia hablar con su cuñada por teléfono. Al parecer todo el mundo sabía que la cuñada no tenía teléfono y entonces, ¿con qué aparato hablaba? Visitaron al guardia, le amenazaron y como el hombre no soltaba prenda avisaron a la policía. En la comisaría terminó de aclararse el asunto. El hombre confirmaba que le había vendido a su cuñada un teléfono que “se había encontrado” en el suelo. Devolvió el artefacto y asunto concluido. Pero para Diaz no estaba concluido. Él quería que la comunidad supiera que ese guardia era un ladrón. La policía le preguntó qué era lo que quería. Y Diaz les explicó que un trozo de oreja para añadirlo a su llavero. “Y así, cuando me lo cruce en la calle ese hombre sepa que un trozo de su oreja lo tengo conmigo. Así estaré protegido y todos sabrán que es un ladrón”.

Le escuchaba con la boca abierta y la sonrisa congelada. Me miró divertido.

-Ya sé que usted no entiende, –
me dijo- pero es mi derecho.

No le volví a sacar el tema. Hoy a la mañana, y sin que yo le recordase nada, me ha pagado los seiscientos meticais. Se los he cogido con un poco de temor, sin preguntar y sin querer mirar el llavero que tenía en la mano.



domingo, 24 de febrero de 2008

El nacimiento

Eran las siete menos cuarto de la mañana cuando me levanté y fui al baño. Le di al interruptor, pero la bombilla siguió durmiendo. En la cocina tampoco había luz. Sin energía, carecíamos de agua, ya que una bomba eléctrica es la que la extraía desde un pozo hasta nuestras tuberías.

Un amigo me envió un mensaje al móvil “La fuente central de energía de Pemba se ha averiado”. Puse la radio de pilas. Estaba muda. ¿Toda la ciudad sin luz? Unos minutos más tarde, otro mensaje (las llamadas no entraban) me informaba, a modo de consuelo “Va a ser un día difícil. La avería es en todo el norte del país” .

Así pues había que organizarse de otra manera. Adaptarse a las circunstancias. Cambiar horarios. No sabíamos cuánto tiempo duraría la situación. Cuántos días.

Lo único que teníamos era el tanque de gasoil del coche lleno, batería en la computadora para una hora y la de los celulares a medio cargar. Fui a la ciudad. Estaba a siete kilómetros. En gran medida la vida seguía con su tónica habitual, con la única diferencia de que a las entradas de algunas oficinas había más gente que en otras ocasiones. Otras (banco privado, clínica, casa del Gobernador y poco más) tenían un generador propio que aseguraba la continuación de la vida “normal”. Pero en la mayoría de Pemba nada había cambiado. La energía eléctrica nunca ha llegado a los barrios.

Lo que sí llegaba era la lluvia. Y el cielo estaba adquiriendo un color peligroso. Comenzó a soplar un viento que no auguraba nada bueno. De repente llegó la noche, y un relámpago fue el comienzo de un espectáculo de pavor. Mientras íbamos para casa las ramas de las palmeras y las vallas trataban de resistir lo que era la cola de un ciclón que venía de Madagascar. Allí había dejado 22 víctimas mortales. Se abrió una presa desde el cielo y el agua cayó como a machetazos. En unos segundos todo se inundaba. Pero nadie corría. Era como si la gente estuviera acostumbrada a la resignación.

Llegamos a casa sorteando lagunas. La situación era medieval. Ni luz, ni agua, lloviendo sin tregua. No teníamos otra opción que contemplar desde la puerta un espectáculo que a escasa distancia estaba siendo un espectáculo de muerte. ¿Qué sería de César? El perro de un vecino se había vuelto loco de miedo.

En esa situación, con una tormenta que anunciaba el fin del mundo sólo quedaba escribir ésto a mano a la luz de un candil o releer algún libro de los ya leídos que a estas alturas son todos. Cenamos algo frío y decidimos despedir el día antes que otras veces.

A la mañana siguiente lo que me dejó absolutamente absorto y me arrancó sin miramientos la angustia del día anterior fue volver a ver a la gente caminando con sus colores de alegría a la luz de un sol hermoso saludándose con una sonrisa que nunca entiendo desde dónde les brota con tanta facilidad.

Aquí cada mañana anuncia con una fuerza desconocida el final de la oscuridad y el nacimiento radical de la vida.

jueves, 21 de febrero de 2008

Música maestro!

Fernando no ocultaba el vértigo que le daba estar frente a veintidós niños y niñas. Cuarenta y cuatro ojos grandes que no le quitarían la vista de encima. ¿Cómo empezar? Fernando es un percusionista francés en las formas y colombiano en el fondo que trabaja como logista en una organización no gubernamental. Fernando es mi amigo.

Ese día me invitó a ir a un encuentro con Imamo Age uno de los mejores músicos de Cabo Delgado. “Hay veintidós crianças pendientes de recibir clases de percusión. Y yo creo que usted, señor Fernando es la persona adecuada”.

Para llegar a la choza que hacía las veces de escuela de música tuvimos que perdernos entre las calles de tierra del barrio de Natite. Con Imamo Age estaba Ferro, su ayudante, entrado en alcohol. Repetía las palabras del maestro a modo de eco y estaba empeñado en dedicarme la canción “Un canto a Galicia”.

“Aquí les enseñamos solfeo, teclados, guitarra. Y también queremos hacer un estudio de grabación con sus auriculares, micrófonos y todo” Daba ternura ver a este hombre enfermo de música explicar con esa pasión proyectos tan titánicos para un barrio de caña y paja.

Sin haber aún concretado los términos de la propuesta comenzaron a tocar la canción que daba el nombre a la escuela “Dunia” y que en lengua macua quiere decir “Mundo”. Ahí estábamos, en un punto microscópico del mundo, escuchando el tema “que me lanzó a la fama en Mozambique años atrás”. Fernando agarró la darbuka que llevaba con él y les acompañó. El entusiasmo aumentó y un enjambre de niños comenzó a asomarse a esta universidad de música atraídos por la fiesta.

La segunda canción fue otro intento de Ferro de arrancarse con “Un canto a Galicia”. Entonaba casi peor que yo, pero tocaba los teclados con talento. El maestro Imamo Age terció a favor de nuestros oídos y decidió el siguiente tema. El estribillo decía “rico e pobre, branco e preto, tudo o mondo ten direito a amar e ser amado… a amar e ser amado”. El final de la melodía se mezcló con la explicación de su compositor. Nos contó que cuando terminó el servicio militar estuvo enamorado de una jovencita. La familia aspiraba a casarla con algún hombre de dinero y no con un pobre músico de Pemba como él.

A estas alturas, el público menudo había aumentado considerablemente, pero aún no se había comenzado a concretar la “aportación” de Fernando a la escuela. Ferro insistía entre tema y tema con su “Canto a Galicia”.

El tiempo nos sobrepasó y al final se quedó en que todos los viernes, de 15 a 17 horas Fernando tendría delante de él veintidós criaturas con sus cuarenta y cuatro orejas dispuestas a aprender qué es eso de la percusión y a ponerla en práctica. Nos despedimos de los niños, de maestro y de Ferro, que en la distancia seguía tratando de entonar sin conseguir su “Canto a Galicia”.

Jodé, tío –me dijo Fernando más tarde- no sé si voy a ser capaz. Para mí es un reto” Con una cervezas “laurentinas” estuvimos hablando de la percusión y de la metodología de enseñanza. Y en la charla, entre sorbo y sorbo salieron ideas y métodos. Llovieron propuestas, sueños y transformamos las botellas de agua de cinco litros en estupendos tambores. “¿Sabes? –me dijo más tarde en un ataque de entusiasmo- creo que voy adelante con el proyecto”. Lo celebramos brindando con más cervezas y entonando entre risas etílicas “Un canto a Galicia”.

martes, 19 de febrero de 2008

Hoja de calendario

El día termina. El calor del final de la tormenta empapa el sueño. Cerramos los libros y los ojos. La luz se apaga. Últimas frases. Planes y estrategias. El trabajo no cabe en la cama. Los amigos sí. A lo lejos se escucha el oleaje del Índico y ritmos de ceremonias prohibidas para nosotros. Buenas noches.

Me cruzo sobre un puente con antiguos conocidos. De esos que se quedaron en el camino, por desencuentros o malos entendidos. Y nos hablamos en portugués. Y nos gesticulamos con toda la cordialidad que da el frío del pasado. Y nos deseamos buen camino en caminos diferentes. Desde el otro lado del río, ciertas mujeres me miran como si nada hubiera pasado más que el tiempo. Unas piden disculpas y no les creo. Otras me miran con ojos tiernos de despedida.

Mi padre dirige una orquesta y envejece hecho un chaval. Mi hermana me saluda desde un globo, camino al centro del mundo. Un baobab se estira para saludarla. Me arrasco el pecho.

Giro sin darme cuenta y otros amigos se ríen de verme en Cádiz y en Rentería y Edna me mira de reojo sabiéndose linda a mis ojos y a los ojos de otros a los que miro de reojo. Y entonces un hechicero me abraza en una explosión de carcajadas mientras navegamos en un dhow gigante por una avenida del centro de Montevideo donde mi amiga Felicidad disfruta de su nieta y me la muestra orgullosa y Fede canta un tango con sabor a chimenea encendida a la entrada de la oficina de Amnistía Internacional. El pecho me escuece. Natalia me abre la puerta y cientos de ojos mozambicanos me observan entrar en la habitación donde enrredado en el traje de novia que es la mosquitera
me despierto sudando mientras me arrasco.

Abro los ojos y veo que una pequeña araña se va después de haberme dado un mordisco de buenos días en el pecho.

Voy a la ducha. Feliz y temeroso de vivir en África.

viernes, 15 de febrero de 2008

Noticias huérfanas de diarios

El periódico español más “serio” se olvida de que África existe. Tienen secciones de América, Oriente Medio, Europa… ¿Cuántos países tiene el continente africano? ¿Dónde queda Gabón, Zambia o Botswana? ¿Alguien ha leído en algún diario que semanas atrás un terremoto mató a más de cincuenta personas en la frontera de Ruanda con la República del Congo? Incluso, toda la información de la Copa de África se reduce a que Eto’o regresa a Barcelona lesionado. ¿Cuántos africanos hacen falta para que valgan lo que un europeo?

Muchos africanos emigran. Los que intentan ir a Europa son una ínfima minoría. África es un continente de pueblos en movimiento. Caminan en fila. Cargados de mercancías escasas sobre sus cabezas. Pero caminan. Se mueven. Dentro del continente africano la gente migra de sur a sur. Sin embargo, en Europa gana más votos el que más alto y más veces miente con alarmantes avisos de invasión.

Miles de trabajadores mozambicanos son expulsados de Sudáfrica y cientos de zimbawuanos o guineanos son expulsados de Mozambique. La falta de unos papeles que no se dan mantiene a la gente encerrada en fronteras postcoloniales.

¿Tanto alboroto por unos pocos africanos que intentan ir a Europa? ¿Tanta hipocresía? Ahora Europa quiere fichar a todos los extranjeros. Un tal Adolfo de bigote cortito se frotaría las manos.

La verdad es una de las primeras víctimas mortales en esta era de la revolución tecnológica. Queda enterrada bajo toneladas de chismes mostrados en celofán o directamente con mentiras. Para conocer ciertos asuntos hay que empeñarse a fondo.

En Mozambique no hay tanto ruido informativo, pero hay noticias que apenas se saben. La supervivencia en el día a día ocupa los esfuerzos de un alto porcentaje de la población.

La revuelta que se vivió la semana pasada en Maputo contra la subida del transporte se cobró varios muertos. ¿Cuántos? Se habla de dos con nombre y apellido. Dicen que tres. Hay quien asegura que fueron seis. Lo cierto es que la policía utilizó fuego real y el Hospital recibió cerca de una centena de heridos de bala. El descontento por la subida de los precios se está extendiendo a otras localidades.

En un ataque de empatía, un embajador europeo presentó su pésame al gobierno mozambicano por las víctimas mortales de las inundaciones cuando aún no había muerto nadie. En estas fechas sí. Pero más que ahogados, hay víctimas por ataques de cocodrilos que ven ampliar su territorio con el desbordamiento de los ríos. El desastre está siendo en destrozos de cosechas.

Una monja española fue amenazada de muerte tiempo atrás. Había denunciado la continua desaparición de personas para utilizarlas en el tráfico de órganos. Es un secreto a voces no publicado en ningún sitio que en Mozambique desaparecen niños. Sus destinos principales son Maputo, la capital y Sudáfrica. Hace una semana la policía detuvo un camión que transportaba cuarenta criaturas en la región de Inchope. Un telón de silencio siguió ese hecho.

Pero también hay buenas noticias que no son lo “suficientemente importantes” como para que aparezcan en los medios. En uno de los países de mayor porcentaje de personas con VIH-SIDA, Sudáfrica, la venta de preservativos aumentó un 55% el año pasado. ¿Algún jerarca eclesial tiene algo que decir?

Las cosas ocurren. Aunque no haya luces ni cámaras. Aunque en los periódicos “serios” África sólo sea un anuncio de Agencia de Viajes.


miércoles, 13 de febrero de 2008

Haciendo amigos

Teletrabajo. Es decir, trabajo en la distancia a través de Internet. Y estoy en la provincia de Cabo Delgado, frontera con Tanzania. Eso me ha obligado a ingeniármelas para conseguir una conexión adecuada. En casa tenemos una línea telefónica anterior a la Perestroika. Por ello, todas las mañana son una prueba se suerte. ¿Habrá energía en la oficina A? ¿en la oficina B tendrán hoy la línea libre?¿estará abierto el local C?

Aparcaba el coche pensando en eso cuando de pronto oí un ruido. Por el espejo retrovisor ví a un tipo con cara de pánico.

Bajé. Le había dado a la moto con el guardabarros y le había roto la matrícula. El hombre estaba nervioso. Mis intentos por calmarle no conseguían nada. “Disculpe, no le vi. La culpa es mía. ¿Está bien?” Sin escucharme miraba desconsolado la matrícula de su motocicleta, único desperfecto. “No se preocupe, tengo seguro y…” De pronto me miró y alarmado me dijo que no quería nada con la policía. Que el seguro demoraba todo mucho. Más de seis meses.

Estábamos en época de lluvias. En el trópico, cuando llueve no es broma. El cielo se puso más oscuro que una mina de carbón y un viento ligero fue el anticipo de un rayo al que le siguió un trueno que nos dejó sordos. La cara de mi “atropellado” me hizo ver que la magia negra no andaba lejos. Comenzó a llover como si se cayera el cielo. Y en ese instante, en ese preciso momento, como no podía ser de otra forma, apareció mi amigo Diaz. Corrimos bajo un árbol cercano.

- ¿Qué pasó don Carlos? -me preguntó con un evidente tono de burla.
- Que le he roto la matrícula a este señor. Y le estaba diciendo que mi seguro lo cubría.
- ¿El seguro? – y se echó a reír, cosa que relajó al dueño de la moto y me desconcertó a mí.
- No, don Carlos. Aquí el seguro es para cosas serias. Si usted quiere usar el seguro tiene que venir la policía, levantar un atestado y seguir un procedimiento que puede llevar meses.
- Ah, y ¿entonces?
- Déle el coste de la matrícula y ya está. Esto es…mmmm! Unos cuatrocientos meticais.

Miré al tipo. Estaba más tranquilo. Aunque tan empapado como yo. Le pregunté si le parecía bien. Me contestó que sí. Yo tenía un billete de 500 y él no tenía cambios. Le di el billete y le dije que trabajaba en la oficina de aquí al lado. Y que si le venía bien me podía traer las vueltas cuando comprara la matrícula. Nos dimos la mano. Me dijo, sonriendo por primera vez que su nombre era Silvino.

La lluvia era tenaz, pero mi humor estaba en forma. No sé, pero aquí todo es contradictorio, loco, absurdo, difícil de explicar. Llueve, todo está inundado, pero los bomberos no salen de su local. Los niños caminan descalzos, pero sus miradas son la más hermosas del mundo. El cielo es gris-miedo en esta época de tormentas y las mujeres visten unas capulanas que colorean hasta el color. Amenaza la malaria, tenemos epidemia de cólera y la gente se saluda con sonrisas y abrazos, como si Mozambique hubiera ganado la Copa de África.

Cuando llevaba dos horas trabajando con una conexión que ese día iba muy bien, llamaron a la puerta. Abrí. Silvino me traía 150 meticais que habían sobrado.

Le di la mano agradecido ya que, sinceramente, pensaba que ya no le volvería a ver.

- Muchas gracias Silvino, y de nuevo disculpas.
- Gracias a usted –me dijo-. Otro blanco se hubiera ido.

No reímos. Ahora nos vemos a menudo y nos tomamos el pelo, yo a él menos que él a mí. Aparca su moto sin matrícula cerca de mi coche. Mozambique también es así. De un accidente nace un amigo. Aunque llueva.

sábado, 9 de febrero de 2008

Ilha Moçambique

Los árabes llegaron en el año 900. Seis siglos más tarde, los colonos portugueses los expulsaron y se hicieron dueños de lo que tampoco era suyo. Nos encontramos es uno de los lugares más legendarios del norte del país. Punto donde convergieron navegantes chinos, hindús, europeos, árabes. Fue capital del país antes que Lourenço Marques, la posterior Maputo. Ilha Moçambique es una isla de 400 metros de ancho por cuatro kilómetros de largo. Está unida al continente por un curioso y estrechísimo puente de tres kilómetros. A nuestra llegada, un atardecer de lujo anaranjaba y enrrojecía el cielo. El mismo que vemos Oscar y yo.

El entorno es de una belleza difícil de adjetivar. Playas vírgenes que se visitan con los dhow, los barcos de vela más hermosos del mundo. Rincones mágicos para el submarinismo. Aguas tan trasparentes como el oxígeno.

La ciudad, ¿cómo lo diría? Es un decorado de postguerra. Su arquitectura da muestra de una prolongada presencia colonial. Una localidad de edificios decadentes, desgastados, carcomidos. Dentro de sus paredes de piedra hay supervivientes alrededor de pequeñas hogueras. No se escuchan ráfagas ni cañonazos. Las bombas del tiempo son silenciosas. Ahí está el hospital más importante que tuvo África. Hoy, entre sus columnas enmohecidas y paredes sin restaurar dormitan los enfermos a la espera cualquier milagro.

Nos alojamos en la posada Casa Gabriel, un arquitecto italiano que lleva casi una década aquí. Uno de esos curiosos seres que es capaz de convivir a un palmo de la miseria y dormir a pierna suelta. Pero un tipo simpático y acogedor. Su pensión nos reconforta después de seis horas de viaje desde Pemba. Se encuentra a diez metros de la Mezquita. Su ulema nos recordó a las cuatro de la mañana a través de los altavoces que Dios es Grande. Ahora que el papa católico acaba de decir que el infierno existe y es un lugar físico, no me atrevo a cuestionar asuntos de tamaño.


Al día siguiente alquilamos un dhow. La tripulación la componían Mamude (el relaciones públicas), Zè (el capitán de 19 años que sólo hablaba cuando era necesario que el pasaje nos sentáramos a un lado o al otro de la embarcación para facilitar las maniobras), Salufa (el segundo a bordo) y Yusuf (un simpático marinero principiante). Los pasajeros éramos Viola, Fer, Edna y un servidor. Fuimos primero a Carrusca. Una playa con una piscina natural entre rocas. He de reconocer que soy un soberano miedoso con el agua. Sin embargo, esta vez, me puse las gafas de bucear y nadé entre peces de los colores más hermosos. Me encantó la experiencia. Volvimos al dhow y fuimos a Varanda, otra playa donde un restaurante nos invitó a sentamos a comer. Cuando llevábamos más de una hora y varias cervezas esperando al pescado, le dijimos al camarero que teníamos algo de prisa, ya que la marea bajaba y nuestra embarcación debía de salir. “Aún no han empezado a hacer lo de ustedes” fue la respuesta. Un turista con prisa y quince días de vacaciones hubiera montado un follón de campeonato. Nosotros, en nuestro proceso de adaptación nos fuimos con el estómago triste y la cabeza alegre por las cervezas. Tuvimos que caminar largo rato entre los manglares ya que la embarcación había debido retirarse a la par que la marea. Teníamos el viento en contra, pero la pericia de nuestra tripulación consiguió regresar al puerto de Ilha a punto de anochecer.

Al desembarcar nos esperaba Dominão, un jovencito de diez años. “Quiero que me regale unas sandalias” me dijo. Miré sus pies descalzos. Obviando toda reflexión acaté su requerimiento.

Nos acercamos al jardín de la memoria. Un patio financiado por la UNESCO que recuerda que este lugar fue uno de los principales puertos de tráfico de esclavos. Una placa cuenta que “…centenas de milhares de mulheres, de crianças e de homens transitaram pela Ilha. Eles eram armenazados, vendidos e depois levados à várias partes do mundo, como às Ilhas do Océano Índico, América do Sul e do Norte…”. Antes, este “viaje” era obligatorio. Ahora la migración está criminalizada. Especialmente en los países que practicaron la esclavitud.

Esa noche caminé entre las calles silenciosas. Multitud de personas dormían sobre esterillas en el suelo, a las entradas de las casas, junto al hospital, en las esquinas sin alumbrar. Mi corazón iba encogido. No me quise hacer más preguntas y me fui a dormir.

Estábamos en uno de los lugares más hermosos del norte de Mozambique. Destino turístico. Historia viva. Donde ese Dios tan Grande hace tiempo que no viene.






miércoles, 6 de febrero de 2008

Que el llanto se escuche

¿Qué hacemos aquí? A veces el cansancio agarrota mi razonar. ¿En qué siglo vivimos? Se me quedan los ojos pegados a las escenas a las que no me acostumbro. Los niños de la carretera apenas existen. Tapan con arena los socavones del asfalto y cuando pasan los todoterrenos alargan temerosos sus brazos. Si lo que reciben es treinta céntimos de euro se emocionan, ríen, y entre el polvo que deja el vehículo al alejarse, se les ve bailar de alegría a estos críos dueños de una fiesta que me acongoja.

Nada tienen los africanos, ni siquiera el conocimiento de que su condena es una condena. No es fechizería el dolor cuando aprieta un poco más. Tan sólo un poco más y los mata. Porque así es. Dormitan el agotamiento de su supervivencia al borde de una muerte que no será noticia. Una brisa los asesina. Apenas una diminuta bacteria. Y nadie se conmoverá fuera de la choza. Ninguna multinacional percibirá el más leve rasguño. A pesar de cometer tantos crímenes.

¿Cómo pueden sonreír entre la miseria estas personas vestidas con más colores que el arco iris? ¿De dónde sacan la fuerza para seguir un día y otro caminando sin calzado entre la ciénaga y el sufrimiento? No me acostumbro y no me quiero acostumbrar a pasar con la normalidad del día a día entre el niño que me pide, y la mujer que me mira con temor y el abuelo que se sorprende de haber llegado a mi edad en un país donde la gente muere a los treinta y ocho años.

¿Qué hacemos aquí? ¿Para qué ver la miseria desde tan cerca? ¿Desde dentro? Un día más es una conquista que se celebra con la existencia. ¿Quién? ¿qué es el responsable de que esto esté así? ¿Quién de que no haya esperanza de nada más? Los números, la macroeconomía, las estadísticas dan cuenta de mentiras fosilizadas en el estereotipo. Números que justifican teóricos proyectos de desarrollo ligados en realidad a intereses empresariales fabricantes de fármacos, o de deudas o de miedo. O a estructuras públicas corruptas y anquilosadas en la quietud y la obediencia internacional.

Ahí fuera, el norte sigue ajeno a este genocidio diario. Los muros son altos y la corriente eléctrica funciona en las alambradas aunque las aldeas se caigan con las lluvias y las epidemias.

Para el Fondo Monetario todo va bien. Los franceses toman partido en el Chad y Kenia se desangra lo suficientemente despacio como para mantener la buena salud de la industria de armamentos. Europa compite con China mientras la ignorancia criminal de los poderosos divide este continente en buenos y malos.
Ayer hubo disturbios en Maputo. El aumento del combustible y del precio del transporte público provocó protestas, asaltos, disturbios y algún muerto. Dentro de un mes subirá el pan. Mozambique no existe en las noticias internacionales. Como no existen los niños que tapan con arena los baches para conseguir treinta céntimos de euro. Aunque yo los haya visto.

África es un continente de gente como tú o como yo que sólo preocupa cuando no llora en silencio.

martes, 5 de febrero de 2008

Con un dedo al cielo

Puso el balón en la línea de tiro. El resto de jugadores estaban a su espalda, pero él no los veía. Hacía un frío del diablo pero él no lo sentía. Colocó el balón con un cuidado especial. Concentrado. Se incorporó. Miró al guardameta. Dio un paso atrás. Otro. Otro más. Calculó la fuerza, el ángulo, la distancia. Otro. No pestañeaba. Miraba a los ojos del guardameta mientras calculaba el impulso necesario. Todo el mundo mantenía un silencio expectante. Se detuvo. Miró el balón. Respiró profundo. Volvió a levantar la vista a los ojos nerviosos del portero. El tiempo se había detenido en ese barrio de Zaragoza.

Oscar no se sentía muy seguro. Llevaba demasiados partidos sin meter un solo gol. Pero ese sábado era decisivo. El árbitro hizo sonar el silbato. Miró de nuevo al balón y con toda la decisión de ese instante preciso se acercó corriendo al esférico y chutó. Dio la patada con toda la fuerza de la que fue capaz. El balón salió a media altura. Se acercó a la portería. Pero el guardameta tenía los pies clavados a su indecisión y el balón siguió su trayectoria sin esperar a nada ni a nadie. Los ojos de Oscar se salían de sus órbitas. ¡Gol! ¡Gol! El balón entró y él, Oscar Villaescusa tuvo que agarrarse el corazón. De la alegría quería salirse del pecho. Y siguió corriendo. Loco de contento y señalando hacia el cielo con el dedo índice. Sus compañeros le seguían pero nadie conseguía darle alcance. El joven delantero era el niño más feliz Aragón en ese minuto de festejo.

Cuando el bullicio se relajó, le preguntaron a quién había dedicado el gol, para quién era ese dedo levantado al cielo. Oscar, tímido respondió que era para su tío. Y que había señalado al cielo porque su tío vive en Mozambique, y eso está tan lejos que el sol y el cielo es lo único que los dos pueden mirar al mismo tiempo.

Así se lo conté a Pedrito. El niño africano me escuchó la historia en silencio, con los ojos más abiertos que otras veces. Cuando terminé miró las nubes, y al rato me dijo “Qué buena idea ¿sabes? Creo que mi próximo gol se lo dedicaré a mi papá”.

jueves, 31 de enero de 2008

Felicidad

La distancia se achica en estos tiempos de tecnología mal repartida. A miles de kilómetros, recibir noticias de gentes queridas es un instante de excitación que a un mismo tiempo amaina y acelera la nostalgia. Es extraño.

Cuando conocí a Felicidad a finales de los años setenta en El Salvador nadie utilizaba el correo electrónico ni internet. Yo escribía cartas a mano a mis amigos lejanos que tardaban más de una semana en llegar a su destino y más de dos en ser contestadas. Entonces, mi héroe era el cartero.

Treinta años más tarde, Felicidad, Doña Feli es una abuela a sus casi setenta años. Trabajó toda su vida como empleada. Lisset y Susana sus dos criaturas la acompañaban allí donde fuera. En nuestra casa encontró trabajo y acomodo. Y nos hicimos de la misma familia. Se sentaban las tres a comer con nosotros en la misma mesa. Las críticas de algunos compatriotas nos llenaban de orgullo.

Meses después comenzó una guerra muy fácil de explicar. Unos pocos querían mantener lo mucho que tenían a costa de sangre y cañonazos. Unos muchos querían que se repartiera equitativamente algo más de lo nada que tenían. Fueron doce años de guerra. La guerrilla del FMLN derrotó varias veces a ese ejército genocida. Pero los Estados Unidos de Reagan y de Bush lo reponían una y otra vez provocando el mayor daño que un pueblo de gentes humildes pero decididas podía soportar.

Llegó una paz firmada por agotamiento y sobre unos acuerdos nunca cumplidos aún. Lisset y Susana crecieron y Doña Feli, poquito a poco se fue arrugando fiel siempre a una sonrisa con ojos de almendra. Años después fui a visitarla. Su alegría por abrazarme me estremeció por completo. Debería ser delito no querer a esta mujer.

El fuego cesó y la injusticia económica se mantuvo. El Salvador fue dolarizado y su vida diaria norteamericanizada. Y entonces la miseria se enfrentó con la emigración. Y el país más chiquito de América vio partir a sus hijos e hijas hacia el norte. Hacia ese mismo país responsable de tanta sangre. Y el sur de Estados Unidos fue poblándose de gentes de hablar suave, de “guanacos” compatriotas de Roque Dalton, “los eternos indocumentados, los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo…”

Y así, mientras Doña Feli seguía trabajando de casa en casa en un país sin jubilación para las empleadas y Susana bregaba contra una realidad difícil también para las mujeres jóvenes, Lisset partió y se embarcó en la única emigración posible, la que no da papeles. La que transforma en clandestinas a las personas, pero al menos le dificulta a la señora de la guadaña que venga antes de tiempo, si hay suerte. Más tarde se casó y tuvo una hija.

Felicidad quería conocer a su nieta, volver abrazar a su hija. Fue a la embajada de Estados Unidos y solicitó el visado para visitar “por unos diítas a mis niñas”. ¡Denegado! Doña Feli se hacía preguntas. ¿Porqué no me dejan ir a verlas? Y volvió a la embajada con más papeles, con nuevas súplicas. ¡Visado denegado! Y una vez más, con su hablar dulce solicitó que tuvieran compasión y… ¡Denegado! Así hasta cinco veces en tres años.

Al abrir hoy en África mi correo electrónico, he recibido desde Europa la mejor noticia sobre América.

“…Hace dos semanas Doña Feli ya no pudo mas y decidió que su corazón de madre no iba a esperar ningún papel de autorización para ponerse en camino. Hizo sus maletas, se despidió de los amigos diciendo que se iba para México a ver a la Virgen de Guadalupe y así en trayectos de bus llegó hasta la frontera con EEUU. Luego vinieron caminos polvorientos, trayectos medio escondidos, horas de tensión y de miedo. El ritmo del corazón a mil, dormir y comer en cualquier lado, y la ilusión cada vez mas grande porque avanzaba más y más en el camino y no había forma de pararla...siga Felicidad, siga, parece que lo va a conseguir.

Hace media hora Doña Feli ha llamado por teléfono para contar que llegó ya a su destino, más allá de Houston, feliz, victoriosa, radiante....dijo que hubo partes del trayecto muy duros, que le tocó cruzar en barca en ocasiones, una canoita pequeña que casi se hundía, pero que ya está con los suyos, encantada y viendo a su nieta que ya quiere caminar.

Nosotros aquí estamos de fiesta, hoy brindaremos por el coraje y la valentía de nuestra querida Felicidad....una abuelita guanaca, con las manos grandes de tanto trabajar, las canitas plateadas que le van saliendo y la hacen aún más hermosa y esos ojos negros que te miran y te regalan tanta ternura....esta abuelita ganó una batalla de amor contra el imperio mas grande del mundo.”

En estos tiempos de tecnología mal repartida multipliquemos la historia de doña Felicidad. Hoy es fiesta en tres continentes.

martes, 29 de enero de 2008

Respondemos

Y respondiendo (muchas gracias) se abre un debate interesante. ¿Qué hacemos con una persona que necesita 36 euros para comprar los maderos que le permitan levantar el techo de su casa? ¿Qué hacemos a once mil kilómetros de distancia? ¿Qué hago yo siendo vecino?

Algunas personas han respondido que se puede abrir una cuenta para tener un mendrugo de pan migaja a migaja. Ayudar a César. No vamos a evitar la lluvia, pero con un paraguas no se mojará. Otras han pensado “Uf! No sé. A ver qué escribe la gente

Este mundo cruel y hermoso que es África provoca preguntas primarias. Te pone delante del rostro cuestiones tan radicalmente elementales, que nosotros, en nuestro temor las percibimos como demasiado complicadas.

El ochenta por ciento de los habitantes de Mozambique son César. Mucho más de la mitad de los Césares de África tienen sus casas pendientes de los índices de pobreza. Las lluvias no destrozan casas. Es la miseria la que las derrumba. Y la miseria no es un accidente atmosférico. Los pueblos no son pobres. Son empobrecidos por los que mantienen esto así. Hay nombres, apellidos, siglas. Podemos colaborar en la construcción del tejado de César. Mañana lloverá otra vez y se volverá a venir abajo. Podemos hacer un llamado a la organización para cambiar las estructuras económicas injustas que arrojan a la mayoría de los habitantes del tercer mundo a la pobreza endémica. Aquí, en Mozambique ya se hizo. Hubo una revolución. Quedan sus recuerdos arqueológicos en los nombres de las calles de Maputo. Podemos hablar de regalar peces o enseñar a pescar. Llevamos siglos haciéndolo. ¿Entonces? ¿Pasar de todo? ¿Refugiarnos en la seguridad de nuestros hogares? ¿No mirar lo que incomoda? ¿No hacernos preguntas?

La idea de abrir una cuenta es hermosa, pero evidentemente no os voy a dar ningún número. Ya hay organizaciones que lo hacen mucho mejor de lo que lo podría hacer yo. Y que van a las causas al menos tanto como a las consecuencias. Os invito a que las busquéis. Están a la vista.

Pero una cosa quiero dejar clara. Los mil quinientos meticais que le he dado a César se los he dado para mí. Para poder seguir durmiendo sin pesadillas. Para poderle saludar con la alegría de no verle hecho mierda. Para que no me pese a mí su pobreza. Para no angustiarme cada vez que llueva. Esa es la realidad.

Para luchar contra la injusticia hago otras cosas. Entre ellas contar historias. Como la de una viejita salvadoreña que ella sola ha conseguido humillar al imperio más grande del mundo. El próximo día os lo cuento. Y de nuevo, gracias por responder. Gracias por pensar.