viernes, 7 de marzo de 2008

La vida loca

Faltaba menos para que la temporada de lluvias, con sus inundaciones, multiplicación de insectos, enfermedades y agotamiento comenzara a remitir.

Edna tenía una sensación extraña. A falta de una semana para ir de nuevo a Maputo se sentía hinchada, rara… ¿embarazada?

Imposible no era. El pasado mes de mayo me operé en Montevideo para revertirme la vasectomía que tenía desde hacía tres años. Después de una intervención con anestesia total de cerca de cinco horas (cortar es fácil, pero unir es más complicado) hubo un periodo de cuarentena obligatorio. La inflamación post-quirófano de las zonas bajas apenas menguó para el viaje que me tocó hacer en agosto a Perú para Banoa. Más tarde, las vacunas de fiebre amarilla, cólera, hepatitis B, etc que tuvimos que meternos para venir al África Austral nos obligó a otros tres meses de utilización de lo que en portugués se llama camisinha.

Le dijimos adiós a la gomita hace unas semanas. Y nos dedicamos a festejarlo.

Así que podría ser. El problema era que estábamos en uno de los lugares y una de las épocas de mayor incidencia de malaria del mundo. Y eso ya son palabras serias para un embarazo. Estos días, ver un mosquito me sacaba de quicio. Le insistí a Edna que se embadurnara de repelente, que no saliera de la mosquitera… ¡Uf! Demasiada esquizofrenia. Los test de embarazo “made in China” que vendían en las farmacias eran de escasa fiabilidad. Cuando habían pasado apenas 24 horas del día D sin que hubiera señales fuimos a la clínica. Allí nos atendió un amable doctor. Al terminar nos dijo que todo indicaba que no había embarazo.

- ¿Y qué porcentaje de seguridad tiene la prueba?
- Alta –dijo- entre un 40 y un 60 por ciento

Total, que estábamos en las mismas.

Ver un mosquito era ver una catástrofe. Un animal salvaje. Dormimos con una espiral antimosquitos que funciona encendiéndola y que yo no había vuelto a ver desde la revolución sandinista. Compré todo tipo de potingue. Incluso la perseguía con un invento que funciona por sonido y que al parecer ahuyentaba a la mosquita (en verdad es la hembra la que pica).

En unos días volábamos a Maputo, y allí el peligro sería considerablemente menor. Las horas pasaban a cámara lenta, mientras los mosquitos revoloteaban como aviones espías. El calor aumentaba, la humedad… Y también los apagones, las tormentas tropicales.

Tres días más tarde se terminó la alarma y todo regresó a su calendario habitual. Había sido, sin más, un retraso.

Y entonces tuve la sensación de que todo comenzaba a cambiar. El nivel de la aguas había dejado de crecer. La gente arreglaba desperfectos. El sol también se componía de sombra. El mensaje en la botella lanzada al mar que es este blog llega a muchas orillas al mismo tiempo, y manos amigas y otras desconocidas lo leen.

Cuando subimos al avión para volar a Maputo nos reímos de los mosquitos. Y un poco también de nosotros mismos y nuestra vida loca.

2 comentarios:

Amaia dijo...

Jesus!!! pero que suspense!!!
Y que guapa esta mi rubia preferida!!!

Esther dijo...

Kaixo chicos!
Llegar el lunes al curro y encontrarme con estas noticias... pues da buen rollo.
Totalmente de acuerdo con Amaia; "rubixe" está guapísima. Se nota Txarli que la cuidas bien.
Muxu para mis "locos" favoritos.