viernes, 28 de marzo de 2008

Un barrio con historia

Bo-Kaap es el museo del barrio musulmán de Ciudad del Cabo. Y Bo-Kaap es un barrio con historia de barrio que sobrevivió a la historia. Las casas, modestas están vestidas de colores divertidos. Algo que da una sensación de buen humor al pasear sus calles. Nos costó encontrar el museo aunque lo teníamos delante de las narices. Y es que su edificio no destacaba por encima de las casas. Era uno más.

Los acontecimientos, las historias, la voluntad humana y también su barbarie edifican permanentemente el presente. Y el presente de Bo-Kaap es el de un mestizaje singularmente armonioso. Muchos de sus vecinos y vecinas son descendientes de esclavos, de exiliados políticos, de convictos traídos desde el sudeste asiático o Indonesia en los primeros años de la presencia europea en África del sur.

Cuando los negocios alemanes hundían sus garras en las indias orientales, allá por el siglo XV, algunos grupos de musulmanes que resistieron la presencia colonial fueron expulsados al Cabo de Buena Esperanza. Muchos prisioneros, condenados en Indonesia fueron expatriados hasta aquí. Los esclavos fueron llevados por los colonos hasta el Cabo desde Mozambique y Madagascar. Y aunque no eran musulmanes se convirtieron, entre otras cosas al identificar al Islam con la religión de la resistencia. Estamos a finales del siglo XVIII.

La primera mezquita que se construyó en Bo-Kaap data de 1794. Es la Mezquita de Auswal y sigue en funcionamiento. Antes de 1830, tan sólo uno de cada diez habitantes del barrio eran musulmanes, pero tras la abolición de la esclavitud, muchos de ellos abrazaron el Islam y eligieron éste barrio como lugar de residencia.

Muchos años después, la participación de los musulmanes en la lucha contra el apartheid provocó discusiones encendidas, pero una de sus tendencias se sumó codo a codo en el combate antirracista dejando a un lado dogmas y sin renunciar a su religión.

Entramos con curiosidad al museo. Alguien nos había hablado de él. Éramos los únicos en visitar a esa hora ese lugar. (Y era de agradecer. Las aglomeraciones en los museos son de las insatisfacciones más stressantes si lo que se desea es disfrutarlo con atención).

Las primeras salas mostraban la influencia y la historia del Islam en la zona de Cape Town. Sus vestidos, la arquitectura, artesanía. Otras se detenían en la época del apartheid. Había fotografías que mostraban la imbecilidad hecha ley, como ese cartel que clavaban tres paisanos avisando de que la playa era exclusivamente para blancos.

En el piso alto había una exposición de fotografías hermosa en su concepto por la sencillez y la participación de todo el barrio. Su título era "Los rostros de Bo-Kaap". Eran fotografías de la gente. Así de fácil. De las mujeres, de los ancianos, de los críos, de los hombres de Bo-Kaap. Cada uno con su indumentaria, cada uno y cada una con su rostro, con su minifalda o con su velo, con su turbante, con su barba, con su bicicleta o con su mirada. Eran todas del mismo tamaño. Me quedé largo rato mirando cada una de ellas. Daban muestras de un barrio vivo a pesar de la historia. O quizá gracias a ella.

Al día siguiente saldríamos para el Cabo de Buena Esperanza.

Pero en esos momentos había comenzado a suceder algo que yo aún no sabía y que unos días más adelante me dejaría paralizado de la emoción.

1 comentario:

Aitor dijo...

No si todavía, nos vas a contar que vais a volver siendo tres jajajaja.
Un abrazo a los dos.
Aitor