domingo, 24 de febrero de 2008

El nacimiento

Eran las siete menos cuarto de la mañana cuando me levanté y fui al baño. Le di al interruptor, pero la bombilla siguió durmiendo. En la cocina tampoco había luz. Sin energía, carecíamos de agua, ya que una bomba eléctrica es la que la extraía desde un pozo hasta nuestras tuberías.

Un amigo me envió un mensaje al móvil “La fuente central de energía de Pemba se ha averiado”. Puse la radio de pilas. Estaba muda. ¿Toda la ciudad sin luz? Unos minutos más tarde, otro mensaje (las llamadas no entraban) me informaba, a modo de consuelo “Va a ser un día difícil. La avería es en todo el norte del país” .

Así pues había que organizarse de otra manera. Adaptarse a las circunstancias. Cambiar horarios. No sabíamos cuánto tiempo duraría la situación. Cuántos días.

Lo único que teníamos era el tanque de gasoil del coche lleno, batería en la computadora para una hora y la de los celulares a medio cargar. Fui a la ciudad. Estaba a siete kilómetros. En gran medida la vida seguía con su tónica habitual, con la única diferencia de que a las entradas de algunas oficinas había más gente que en otras ocasiones. Otras (banco privado, clínica, casa del Gobernador y poco más) tenían un generador propio que aseguraba la continuación de la vida “normal”. Pero en la mayoría de Pemba nada había cambiado. La energía eléctrica nunca ha llegado a los barrios.

Lo que sí llegaba era la lluvia. Y el cielo estaba adquiriendo un color peligroso. Comenzó a soplar un viento que no auguraba nada bueno. De repente llegó la noche, y un relámpago fue el comienzo de un espectáculo de pavor. Mientras íbamos para casa las ramas de las palmeras y las vallas trataban de resistir lo que era la cola de un ciclón que venía de Madagascar. Allí había dejado 22 víctimas mortales. Se abrió una presa desde el cielo y el agua cayó como a machetazos. En unos segundos todo se inundaba. Pero nadie corría. Era como si la gente estuviera acostumbrada a la resignación.

Llegamos a casa sorteando lagunas. La situación era medieval. Ni luz, ni agua, lloviendo sin tregua. No teníamos otra opción que contemplar desde la puerta un espectáculo que a escasa distancia estaba siendo un espectáculo de muerte. ¿Qué sería de César? El perro de un vecino se había vuelto loco de miedo.

En esa situación, con una tormenta que anunciaba el fin del mundo sólo quedaba escribir ésto a mano a la luz de un candil o releer algún libro de los ya leídos que a estas alturas son todos. Cenamos algo frío y decidimos despedir el día antes que otras veces.

A la mañana siguiente lo que me dejó absolutamente absorto y me arrancó sin miramientos la angustia del día anterior fue volver a ver a la gente caminando con sus colores de alegría a la luz de un sol hermoso saludándose con una sonrisa que nunca entiendo desde dónde les brota con tanta facilidad.

Aquí cada mañana anuncia con una fuerza desconocida el final de la oscuridad y el nacimiento radical de la vida.

3 comentarios:

Amaia dijo...

Y yo cuando llueve, pensando en si tengo la ropa tendida en la calle..... :-)

En fin, que menuda moral tienen los habitantes de Pemba (y el resto de Africa). Y encima, tan contentos; dandonos una leccion, una vez mas. Esperando lo mejor de cada dia, con optimismo.

Isaac González Toribio dijo...

Hola. Acabo de leer que han dado el premio Pen Club de este año a Mia Couto, el gran Mia Couto. Os dejo la dirección de una entrada de mi blog en la que hago referencia a él. Espero que os guste. Un saludo

http://redeyes-redeyes.blogspot.com/2008/01/mia-couto.html

RAJESH B KUKREJA dijo...

Hola. Acabo de leer que han dado el premio Pen Club de este año a Mia Couto, el gran Mia Couto. Os dejo la dirección de una entrada de mi blog en la que hago referencia a él. Espero que os guste.