domingo, 4 de mayo de 2008

Mozamateando

El baño era una choza cercana a la que teníamos para dormir. El sonido de la vegetación nocturna en mitad del campo africano era una incesante música minimalista que anunciaba misterios y que animaba a cobijarse. Yo fui al allí como última actividad del día. Entré a la luz de mi linterna, me bajé los pantalones y entonces comenzó el ataque. Eran dos y fue a traición, ya que, tal y como me encontraba no podía defenderme.

Me había dado repelente en los pies y tobillos, pero no en las piernas, y fue ahí donde se dirigieron esos inoportunos insectos voladores. Con una mano daba manotazos en el aire. Con la otra los trataba de alumbrar. Una palmada aquí, otra allá. La situación era complicada. Yo ya había comenzado con la tarea, y no era posible interrumpirla. Además, me enojaba sobremanera que esos insignificantes insectos vinieran a molestar una actividad tan personal. No fue fácil realizar la operación de manera completa y sin dejar de defenderme. Sentí un picotazo en la pantorrilla y seguido otro en la parte trasera del muslo. Eché atrás la mano y algo se quedó entre los dedos. Tenía los restos de un mosquito y estaba bañado en sangre. ¿Era mía o de otra víctima? En ese instante recordé que para que el mosquito de la malaria contagie el paludismo ha debido picar previamente a otra persona con malaria. ¿De quien sería esa sangre? Me limpié las manos con jabón, fui a mi choza, me metí debajo de la mosquitera con los picotazos en pleno proceso de hinchazón y me dormí blasfemando y con la fe puesta en que dentro de diez días no me subiera la fiebre.

A la mañana siguiente salimos a las siete y media, después de un desayuno que consiguió mantener nuestros estómagos distraídos hasta la noche. Nos encaminamos hacia el Gorongosa, actual Parque Nacional, y antes, retaguardia de la Renamo, la guerrilla financiada por la Sudáfrica del apartheid. De pronto nos dimos cuenta de que andábamos muy escasos de combustible. Atrás llevábamos dos bidones de veinte litros, pero debíamos asegurar alguna gasolinera. La vegetación era hermosa, salvaje. Llegamos a la localidad del mismo nombre, Gorongosa con el depósito casi vacío. La gasolinera del pueblo eran dos jóvenes que vendían bidones de 20 litros, como los que nosotros llevábamos. Estábamos en la tarea de llenar de petróleo nuestro todoterreno cuando se acercó un hombre metido en edad. Traía en sus manos una lata de pintura de cinco litros con una sustancia blanca en su interior parecida al maíz molido.

- Señores, aquí tengo fetiche. Si prueban esto se les va a poner así de dura –prometió, apretando el puño- para hacer feliz a la mujer.

Todos los presentes se rieron a carcajadas mirando nuestra caras de asombro. Nico, rápido de reflejos sacó el mate.

- Yo también tengo fetiche. Fetiche de blanco. ¡Mire!

Las carcajadas se transformaron en una sonrisa aguijoneada por la curiosidad. Todos se acercaron un paso más. Nico abrió el saco de yerba argentina, rellenó el mate con la maestría del pampero, colocó la bombilla y lo cebó. Todos los presentes seguían el proceso en un silencio casi religioso. Le ofreció la primera mateada al “vendedor de viagra”, que lo recibió con una seriedad exagerada. El hombre fue a darle un sorbo. El argentino vio en ese error casi un sacrilegio y le corrigió.

- Tiene que chupar por aquí, por la bombilla.

El hombre le obedeció. Todos los presentes lo miraban hipnotizados. Acercó sus labios, inhaló y el brinco que dio provocó un susto seguido de una carcajada general. El fetichero no se esperaba que “ese fetiche de blanco” tuviera ese sabor y menos que estuviera tan caliente. Otra chupada, otro brinco y otra carcajada.

Después de esto, Nico no pudo rechazar la oferta del fetiche en bote de pintura y aceptó una cucharada.

Pagamos el gasoil y seguimos nuestro camino al sur. Aún nos quedaban muchos kilómetros. Al rato pregunté a mi copiloto.

- ¿Qué? ¿Se te está poniendo dura?
- Mirá che, dura no, pero a saber qué mierda era eso. Me da la sensación que los árboles se inflan y se desinflan.

- Bueno, pues mejor prepárate otro mate, ¿si?

- ¡Dale!


Seguíamos atravesando el Gorongosa. De reojo observé a mi amigo. Miraba los árboles con una sonrisa tranquila.

-¿Sabés qué? –
me dijo de pronto- a este capítulo de tu blog le podés llamar “Mozamateando”.

Se hacía de noche y nos acercábamos a la provincia de Inhambane.


martes, 29 de abril de 2008

Cruzando el Zambeze

Conducía Nico. Yo combatía el sueño a cabezazos. Eran las tres de la tarde y nos dirigíamos hacia el río Zambeze, el mayor del país. Anualmente causa estragos producto de los desbordamientos. En esas ocasiones, los cocodrilos que lo habitan encuentran ampliado su territorio, y no son pocas las personas víctimas de sus mandíbulas.

En una recta larga nos cruzamos con Amor. Frenamos. Encontrarme en mitad de un camino que nos llevaba por todo Mozambique con mi amiga resultó una alegría. Estábamos en direcciones diferentes pero en la misma senda. Cada uno con su ruta. Ella, la que la llevará hasta Mauritania en unos meses. Nico, la de visitar Italia para conocer el origen de sus antepasados y después, desde Bogotá llegar hasta su ciudad Rosario, en Argentina atravesando el continente de bus en bus. Yo, la que me conduce a otros cruces de caminos que lleva a más cruces. La senda es la búsqueda permanente de la vida intensa y viva. La dirección es la que cada cual busca y las circunstancias le dejan.

Un abrazo. Hablar de lo último de los amigos comunes bajo un sol que derretía. “Te presento a Nico. La carretera está bien. ¿Qué tal Edna? ¿Ya tiene nauseas? Jodé vaya viaje. La emergencia por las inundaciones ya terminó”. Teníamos prisa y tuvimos que echar mano de otro abrazo, éste de hasta la próxima.

Más adelante nos asustamos al asustarle a una camioneta cargada de personas con la que casi chocamos. Pero los dioses quisieron que no pasara de un susto. La camioneta nos quiso adelantar en una camino de tierra por el lado prohibido (que aquí es la izquierda. Y no le busquen doble sentido). No la vimos y giramos para sortear otro enorme agujero cuando escuchamos un frenazo. Nadie se enfadó y, entre disculpas mutuas todos volvimos a ponernos en marcha.

Eran las cuatro de la tarde cuando llegamos a la orilla. El paso del Zambeze fue mucho más rápido y fácil de lo que esperábamos. No había ningún vehículo, y con cara de sorpresa nos colocamos los primeros a la espera del batlâo. Un muchacho se acercó solícito para limpiarnos la luna del carro. Le dijimos que sí y nos fuimos a recuperar nuestras horas de conducción a la sombra de una cerveza. Veinte minutos más tarde, regresamos. No sólo los vidrios. Todo el coche estaba tan brillante que parecía recién salido del concesionario. Imposible imaginar que ese vehículo había salido el día anterior de Pemba, a más de mil km. de distancia. Llegó el batelâo con tres camiones y cuatro coches. Cuando se vació, un militar con bastantes malas pulgas me ordenó que subiera el coche ¡ya! ¿Porqué tantos militares tienen el ceño tan fruncido y el carácter tan pasado de fecha de caducidad?

En ese momento a la cámara de fotos se le acabó la batería. Murphy tenía que hacerse notar.

Media hora más tarde estábamos en la otra orilla y nos encaminábamos hacia Caia. Llegamos al hotel Catapún, que estaba en mitad del campo, lo que aquí se denomina mato, y que se trataba de varias cabañas de caña entre una espesa vegetación. El sol se ocultaba y los mosquitos comenzaban su jornada. Al meternos en la choza nos quedamos “catapún” hasta que unos golpes en la puerta nos despertaron avisándonos que la cena estaba lista.

Compartimos la mesa con Nick, un zimbabwense blanco, biólogo, y tan grande como los elefantes que estudiaba hace años.

Antes de ir al cuarto a dormir pasé por el baño. Ahí fue donde me asaltaron.


viernes, 25 de abril de 2008

El cruce

Las últimas cuatro horas del viaje las condujimos con la única luz de los focos y tratando de esquivar las trincheras que había en la ruta. Además, debíamos llevar los cuatro ojos bien abiertos para no chocar contra nada ni contra nadie. Eso sí, una música especialmente seleccionada para el caso (Mónica Navarro, Chambao, Tiken jah Fakoly, Makako, Alpha Blondy…) acompañó el ritmo de los amortiguadores.

Con las cervicales algo castigadas llegamos a Nampula a las diez de la noche. Nos esperaba Mahari en su casa con la cena hecha. Mahari es arquitecto, rastafari, eritreo y bastantes cosas más. Pero ante todo es una persona exquisitamente hospitalaria y de movimientos tan dulces que enamora. Después de cenar, y a pesar de nuestros bostezos de agotamiento, Mahari no tuvo compasión y nos llevó al “mp3”, un local que está de moda en Nampula y que es bastante… ¿cómo diríamos? ¡hortera! Mientras, él se fue a una reunión de trabajo (¡a esas horas!). Mahari es un apasionado hasta la obsesión de la arquitectura. Nos dijo que en cuarenta y cinco minutos regresaría. Ahí nos quedamos Nico y yo preguntándonos qué coño hacíamos en ese lugar cuando eran las doce, nos teníamos que levantar a las cinco de la mañana y estábamos hechos puré. Mahari regresó puntual. Dos gintonics más tarde conseguimos ir a dormir.

A las cinco y cuarto sonó el despertador. Abrí los ojos sin saber dónde estaba. Preparamos el mate y salimos. Nuestro amigo rastafari dormía. Llenamos el depósito y dos galones de 20 litros. De nuevo en la carretera más dormidos que despiertos. Seguíamos hacia el suroeste. A nuestro madrugón todo estaba ya en marcha. Los mercados abrían y la carretera de nuevo era un río de gente. Horas de baches nos fueron despertando hasta que llegamos a Alto Linganha, donde la pista se transformó en una carretera perfectamente pavimentada, con sus líneas bien dibujadas y las áreas de seguridad. Pero eso sí, seguía igual el desfile de gente, de hombres, de mujeres con sus bultos, de niños que cargaban a niños más pequeños….. Setenta kilómetros más adelante, en Alto Molécué retornamos al camino de socavones y botes.

A la una y media de la tarde llegamos a Mocuba. Ahí teníamos un camino a la izquierda, hasta Quelimane y otro a la derecha hasta el paso del río Zambeze. Debíamos tomar una decisión. El camino de la derecha suponía doscientos castigadores kilómetros hasta el paso del río, donde deberíamos subir el vehículo a un “batelao”, cruzar el Zambeze y seguir ruta hasta el Gorongosa o quedarnos en Caia, en un hotel de bungalows llamado Catapún. El de la izquierda nos llevaba a Quelimane, pueblo costero que quedaba a cien kilómetros pero que al día siguiente deberíamos desandar hasta el mismo cruce donde estábamos. A la derecha corríamos el riesgo de llegar demasiado tarde, cuando el batelao dejara de funcionar (17h.), o que la fila para embarcar fuera demasiado larga, con lo que deberíamos dormir en el coche, a este lado del mayor río de Mozambique. A Quelimane llegaríamos demasiado pronto (la carretera era estupenda) pero al día siguiente tendríamos cien kilómetros de más.

Llamamos a Amor, que tenía su base de operaciones en toda esa zona. Estaba camino de Caia a Quelimane, con lo que si íbamos al río nos la cruzábamos. Esa fue la señal que buscábamos. Tiramos hacia la derecha alertas a un vehículo con una rubia al volante.


miércoles, 23 de abril de 2008

Brincos en el aire

Una comida frugal con un Diaz en duelo por mi partida. Una invitación a casa de Tomás, amigo hindú. Un abrazo sincero con Angelica, angolana, mujer luchadora. Mensajes en el móvil. Últimas compras en el barrio de Natite. “Voy a tener Saudades de você” me dice un niño que a veces me pide dinero y que no sé su nombre. Le acaricio la cabeza y me voy rápido. Yuma ya no quiere venderme nada más. Otra cerveza con Adolfo. Viola y Fernando, con sus miradas intentan dibujar un hasta pronto. Cristina, la presidenta tiene los ojos húmedos. Los amigos de este viaje compartido nos despiden mientras saludan a otros que llegan.

Fui a enviar un correo electrónico, pero se había ido la señal. Una vez más.

Ya todo estaba listo. Adiós, Pemba.

A tres kilómetros a la salida de Pemba, junto a la señal que nos deseaba "Boa viagem", Nico tenía una última despedida. Su equipo de fútbol. El partido en la aldea Majate fue un espectáculo. O mejor dicho, lo que había alrededor del partido era un regalo para mis ojos. Toda la aldea era una fiesta. Las crianças desviaron su mirada curiosa hacia esos dos “nkunhas” que aparecían de pronto. La camarita de fotos fue el jolgorio total. Todo el mundo reivindicaba su foto. Pero al primer gol todo brincó, y dio vueltas en el aire, y la gente inundó el campo y las mujeres con niños a la espalda se abrazaron. Alegría y risas en medio de la pobreza.

Llenamos el tanque de gasoil y terminamos saliendo a las cuatro y media de la tarde. Me iba de un lugar tan difícil de comprender como hermoso. Tan duro como seductor. Tan ajeno que me estaba comenzando a hechizar. Nos quedaban dos mil quinientos kilómetros hasta Maputo.

viernes, 18 de abril de 2008

Acentuando

La gente está alarmada por la acentuación de la crisis. Tanta acentuación que habrá que ponerle tilde a la palabra. Tampoco llevan tilde sin embargo hambre, ni biocombustible, ni crimen contra la humanidad. Sinónimos los tres y drama también acentuado en el sur. Llenar el tanque de un todo terreno con biodiesel equivale a llenarlo con la alimentación de un año entero de una familia africana. Literalmente.

Mientras, la crisis, o su excusa crean “democráticamente” monstruos deformados como los racistas que en el norte de Italia hablan de bombardear pateras para la mayor gloria de un Berlusconni enfermo de poder y de soberbia. Y la curia romana y la castiza ponen el grito en el cielo (¿será que su Señor es sordo?) porque en la España eterna se rompe la familia mientras algunos purpúreos “tocan” a los niños, mienten en sus radios y se olvidan de pedir perdón por tanto daño. Por tanta inquisición aún viva.

Llamemos a las cosas por su nombre. Demasiados intermediarios, demasiada usura, demasiado medio ambiente podrido. El planeta se va haciendo mierda en sus márgenes mientras los que viven en el centro cada vez tienen más dioptrías para ver de lejos y se espantan con los que llaman a la puerta.

Demasiada mentira, demasiado estereotipo. Cuanto más oscura es la piel mayor es su tendencia al robo dicen los que proponen mano dura. Y reciben el apoyo de la antigua clase obrera antaño vanguardia de los cambios revolucionarios que se borran hasta de los libros de historia. Los sindicatos gestionan la cara dura de los “satisfechos”.

En Kenia sus habitantes del norte compiten con los animales por el acceso al agua. ¿Preocupa eso a alguien? África se muere de sed, o ahogada, o de hambre, o sida, o cólera, o malaria, mientras las industrias farmacéuticas defienden su bussines y hasta se reconvierten en empresas armamentísticas. Éstas, aunque tengan tilde viven todo lo contrario de una crisis acentuada. Estados Unidos se ha comprometido a destinar algo más de doscientos (200) millones de dólares “para responder a la crisis alimentaria mundial”. Sin embargo son trescientos mil (300.000) los millones destinados a mantener la demanda de la industria de matar en el continente africano según Oxfam-Intermón. Los números mienten menos que las palabras.

La historia y el presente se hace con las personas. Y ellas, Yuma, Diaz, Tomas, Alima, Sabulia, Alizia, Selma, Angelica, Diamantino, Sheila, César, Avelino, Matilde, Monteiro, Pedro, son demasiado importantes para resignarse al destino de los indicadores que apuntan juicios finales. Habrá que seguir creyendo en el grano de arena, en la hormiga, en la mano amiga, en sobrevivir y en la magia de esa risa que acompaña a las personas en África a pesar de tanta hambre estratégicamente organizada. Existe una fuerza extraña, incomprensible, casi imposible que hace que la esperanza, a pesar de todo, siga revoloteando por aquí cerca y de vez en cuando se deje ver.

África se empeña en sobrevivir. A pesar de la esclavitud, del racismo. A pesar del norte y de los nuevos conquistadores. África es la última, la más delgada, la más frágil. La que más veces ha muerto y la que resucita una y otra vez. Lo dicen los ojos de sus gentes. Su empeño. Su día a día. Sus mujeres.

Que no se preocupen allá en el norte. África, esa África que acentúa los colores, los extremos, la belleza y el espanto. Esa África que muere y nace varias veces al día y que es maestra de la paciencia infinita. Esa África les sacará de la crisis.

miércoles, 16 de abril de 2008

07:56h.

Llevaba días con dolor de cabeza y mi estómago parecía un acordeón. Podría ser una resaca descomunal si hubiera bebido como para ello, pero no era el caso. Si además tuviera fiebre podría tratarse de una malaria, pero parecía que no. En cualquier caso decidí hacerme la prueba en cuanto terminara el trabajo.


11:39h.


Es curioso la de cosas que podían pasar en este sitio que nunca pasaba nada. Seguía con el dolor de cabeza y me fui a hacer la prueba de la malaria. Consistía en un pinchacito en el dedo para sacar una gota de sangre y en 30 minutos te daban la respuesta. Por esa gota de sangre salió parte de mi malestar. El dolor de cabeza se me fue. Me acompañaba Viola y la invité a un café mientras esperábamos el resultado. No era una obsesión, pero no es lo mismo detectar la malaria en los primeros días que cuando ya es demasiado tarde. Fuimos por el resultado. "NSE". Es decir “No se encuentra”. Lo que significaba que no había plasmodium en la sangre. Vamos, que no tenía malaria. Así que todo ok. Para que luego digan que la somatización es un cuento. Le dejé a mi amiga en la entrada de su oficina y me fui a comprar crédito para el móvil. Ahí me encontré con Yuma. Me quería vender alguna película pirateada por no sé qué empresa china. Después pasé por delante del “Palacio de la risa”, la delegación de Tráfico. Estaba de obras. Me vino a la cabeza mi carnet de conducir. Cuando me dieron el mozambicano tuve que dejar el español hasta que me fuera del país, que entonces devolvería el mozambicano a cambio del español ¿En cual de las cajas apiñadas a la entrada de la oficina en obras estaría? Llegaba de nuevo frente a mi ordenador para seguir trabajando cuando me encontré a Diaz. No tenía buena cara. Problemas personales que no dedo contar aquí lo agobiaban. Quedamos en seguir hablando. Por fin le podía devolver uno de los muchos favores que él me hizo. Escuchándole.


15:06h.


Comí con Nico. Y hablamos del viaje. Planificamos preparativos, ruta, horarios, compras. Logística. El sábado saldremos al medio día para llegar a dormir a Nampula. El segundo día será el más largo. A los dos nos hacía ilusión el viaje. A mí por doble y triple motivo. Después regresé a la oficina y trabajé hasta que me echaron. Hablé por teléfono con los amigos de la Unión Nacional de Campesinos para concretar una reunión con ellos el jueves de la semana que viene en Maputo. Se me volvió a terminar el saldo y me quedé con la palabra en la boca. Blasfemé.

19:01h.

Antes de ir a casa compré unos yogures para mi estómago triste y mis compañeros de piso. Al llegar me encontré con un nuevo inquilino en forma de cachorro de perro de un mes, cagón, llorón, lleno de pulgas y garrapatas y tan simpático que hasta me gustó. Sonó el teléfono. Era Oihan, el nuevo cooperante. “Mañana es mi cumpleaños” me dijo. Rápidamente había que organizar una cena para el día siguiente. Adolfo era la persona idónea para esos saraos, así que le llamé y respondió afirmativamente. Nunca fallaba este riojano. Mientras me preparaba algo para cenar, el lindo animalito se cagó en mi sandalia. Decidimos que ese nombre le iba. "Sandalia".


21:28h.
Me fui a la cama a escribir esto. Los aullidos de Sandalia no me dejaban concentrar. Edna me mandó un mensaje. Me echaba de menos. Concilié un sueño placentero interrumpido por lloros de cachorro, alarma de un coche, peleas de perros y zumbidos de mosquitos.


23:10h.


Un día más. Un día menos. Moçambique è lindo!

lunes, 14 de abril de 2008

Edna se va a Maputo

El abrazo en el aeropuerto fue largo y tierno. Edna se fue a Maputo. Se despidió de Pemba sin nostalgia. A los amigos les hizo prometer que se dejarían ver por la capital y marchó sin mirar hacia atrás. Yo respiré.

A la salida del aeropuerto unos niños jugaban con el avioncito que se expone fuera. Me enternecieron esos críos. Cuando vieron que les miraba vinieron a pedirme dinero y regresé a la realidad.

El día anterior me había levantado decidido a enviar el coche en barco y largarme yo también en avión. Mi tocayo (que no me perdona parecer mayor que yo siendo un par de años más joven y que me ha facilitado enormemente el trabajo todo este tiempo en Pemba) se había alarmado cuando le comenté la posibilidad de bajar yo sólo a Maputo en coche. “¿Estás loco? ¿Tú sólo? ¿Y si te pasa algo? No puedes llamar a nadie. No tienes cobertura. Son muchos kilómetros, Karlos. No puedes bajar sólo”. Le tomé el pelo invitándole a que fuese él quien me acompañara.
Pero sabía que tenía razón. Por eso me levanté esa mañana con una decisión. Lo enviaría por barco. Fui a la oficina de aduanas del puerto. Pero todo se torció. Los trámites eran largos y complicados. Se necesitaba salvar una serie de obstáculos burocráticos que podían con la paciencia del más entrenado. Además no había ninguna seguridad de cuando y en qué condiciones llegaría el carro al puerto de Maputo.

Sentado al volante y con el motor apagado me estaba comiendo los sesos para encontrar la mejor salida cuando me sonó el móvil.

- Che, Karlos, aquí Nico
- Hombre, Nico, ¿que tal?
- Mirá estoy todo caliente con lo que me dijiste de tu viaje a Maputo. Dijiste que estarías dispuesto a esperar hasta el jueves.
- Sí, pero tu hasta el lunes no podías, no?
- Mirá te llamo por eso. Te propongo adelantar el viaje dos días. El sábado, después del último partido, al medio día saldríamos y dormiríamos ese día en Nampula, en casa de un amigo eritreo rastafari que tengo allá, ¿te hace? ¿podés esperarme hasta el sábado?

Supe que esa era la solución antes de que mi amigo rosarino terminara su exposición. Era la solución, pero no sé porqué en ese momento le dije que se lo confirmaría en un par de días. Hoy le he llamado y le he dicho que nos vamos juntos el sábado.

Al día siguiente, al regreso del aeropuerto me fui sólo a comer a un bar de la playa de Wimby y a echarle de menos a Edna. Ahí me encontré con Pedro y sus amigos, con Adolfo y Mirella, con Cristina y Nico, con Alejandro, e incluso conocí a Oihan, un nuevo cooperante donostiarra. Hablé con todos y con todos me reí. Pero seguía añorando a Edna.

Entregué la casa y me fui a dormir al apartamento de Fernando y Viola. La cama era tan grande para mi sólo que apenas pegué ojo. La risa de Edna no me dejaba.

viernes, 11 de abril de 2008

"Mozambiquear"

Tengo aquí un amigo que todas las mañanas arranca su jornada laboral “mozambiqueando”. Dice que es lo primero que hace al llegar a su oficina. Y cuando se da cuenta de que hay algo nuevo para “mozambiquear” comienza el día con buen resabio. Eso me dice.


Una amiga se levanta con diez minutos de antelación para encender el ordenador antes de que los niños se despierten, “y así poder mozambiquear a gusto”.

Es lindo que “mozambiquear” sea un verbo hermanado a echar una sonrisa, a poner al día algún recuerdo, a preguntarse cómo seguirá, qué será lo siguiente. Un verbo que en alguna de sus conjugaciones se aproxima mucho a ese intraducible “Saudade”.

Mozambiquear” también es indignarse con lo indigno, querer pegar un grito cuando ya no se puede más, denunciar lo doloroso y sentir un leve temblor que sea terremoto con lo sutil, con lo probable, con una mirada, un silencio…

Y es más cosas “mozambiquear”. Es sentir sin esfuerzo empatía por el desarraigado. Aguantar la mirada cuando alguien te dice que tiene hambre, y retener su dolor para arrojarlo aquí y que desde el primer mundo también se sienta esa incomodidad de sobrevivir a los ninguneados. Para no olvidar. Para eso.

Pero “mozambiquear” también va de la mano del buen humor como bandera reivindicativa, de la duda como consigna orgullosa, de la belleza sin costo, de la mano amiga, del tiempo que vuela atrapado en un espacio de placer y sobre todo, de la gente querida.

En estos días “mozambiquear” navega cerca de la isla incertidumbre . Quiero huir del “dime lo que temes y te diré lo que provocas” pero no puedo evitar cuestionarme si estaremos haciendo bien las cosas. Me pregunto si no debería haberme opuesto frontalmente a que viniera Edna hasta aquí ahora. Diga lo que diga quien lo diga.

Mozambiquear” era aventurarse en una experiencia vital y contarlo. “Mozambiquear” según va sucediendo. Y lo que ahora sucede es que Edna está embarazada. Pasamos de la alegría al miedo a la ruleta rusa sin estación de paso.

Ayer me aseguraba Sabulía “cuando la mujer embarazada tiene picaduras en los brazos es bueno. Eso quiere decir que la criança va ha salir fuerte”. Desgraciadamente no es cierto. Algunas creencias son peligrosas.

Estos días “Mozambiquear” es también esa tensión. Ese miedo.


(Nota. Al día, de hoy sábado las cosas son así. Edna, al fin tiene mañana domingo avión a las once de la mañana para Maputo. Y yo sigo buscando compañero de viaje para ir a la capital con nuestro carro. El colega colombiano se rajó –los abrazos de su esposa tienen urgencia-. Y el argentino hasta dentro de una semana no puede ir, pues el domingo 20 tiene partido final de despedida. Ante esa situación se me presentan dos opciones. O bajo yo sólo los dos mil quinientos kilómetros en cuatro o cinco días o envío el carro en barco y bajo yo en avión. Lo primero es una aventura no exenta de riesgo, algo más caro y alimento de primera calidad para este blog. Lo segundo es más seguro y algo más barato. ¿La aventura loca o la locura bien organizada cuando tengo a mi compañera embarazada?)

jueves, 10 de abril de 2008

Desde Pemba con temor

Nos sorprende de nuevo ese bicho peludo y húmedo por debajo de las axilas, detrás de las orejas, en el cuello empapado. Ese calor sofocante que absorbe el oxígeno y apenas deja un mínimo resquicio para llevar algo que respirar a los pulmones. Estamos en Pemba.

De hecho llevo dos días intentando sin éxito subir este texto al blog. Internet aquí es una quimera.


A las cuatro y media de la madrugada esperábamos en Maputo, frente al hotel Mozaica a Félix, un alegre taxista “amigo de los precios justos”. Le acababa de llamar, aunque el día anterior me juró que no era necesario. “Estou a vir, estou a vir!” me dijo en un indudable despertar de sobresalto. Cuando faltaban quince minutos para las cinco seguía sin aparecer. Le volví a llamar.


- ¿Se ha perdido?
- No, no, estou a vir.
- ¿Cinco minutos?
- Dez, dez!!”


A las cinco menos cinco llegó y a las cinco y cinco estábamos en el aeropuerto. Tardó diez minutos lo que normalmente suelen ser veinticinco. En alguna curva estuve a punto de decirle que tuviera cuidado, que llevaba una mujer embarazada.


En la capital de Cado Delgado nos esperaban los amigos y los sobres enviados desde lejos. Uno de mi padre (al que le apasiona decorar los sobres para envidia diseñadores. Dentro me daba un pormenorizado informe de la situación familiar) y otro de Montevideo, de esas amigas tan queridas Viqui y Alejandra y que contenía un libro del país de la buena literatura y un disco de la tanguera y amiga Mónica Navarro. Además de una carta llena de recuerdos y cariños.


Con los camaradas de viaje africano, pusimos al día los chascarrillos, las novedades del corazón y de la política, los sueños y las aspiraciones. Y cómo no, el embarazo de Edna como tema central, como gran novedad a la que todos quieren ofrecer sus felicitaciones. Comimos en horarios desordenados y arrastramos un sueño embadurnado en repelente contra los mosquitos. La sobremesa nos trajo la puesta del sol.


Decidimos que Edna bajará a Maputo en avión lo antes posible y que yo me agenciaré un socio para bajar con el carro. De momento hay dos candidatos, Nico y Álvaro. Uno argentino, y otro colombiano. Excelente combinación para atravesar Mozambique de norte a sur. Pero metidos en esta noria loca en la que estamos las noticias cambian de día en día, así que mañana no qué será.


Todos los ocho de marzo son el día internacional de la Mujer. Además, el siete de abril, el lunes, fue el día de la Mulher Moçambicana. Por lo tanto, también el día de la hijita de Sabulia. La Organización de la Mujer Moçambicana organizó un acto en el que saludaban entusiasmadas al camarada Guebuza, presidente del país. Yo tendré que esperar a que Amina, la hija de Sabulia se cure de la malaria para regalarle la muñeca de madera que trajimos desde Maputo para ella.


Hace calor, mucho calor en Pemba y la temporada de lluvias terminó pero los mosquitos siguen amenazantes. Cuento las horas que faltan para que Edna regrese a Maputo.

viernes, 4 de abril de 2008

“¡Me ha dado positivo!”

Era un viernes. Trabajaba, como todas las mañanas clasificando información para el Centro Mugak en el hotel Mosaica de Maputo. Sonó el teléfono celular. Era Edna.

- Carlos, me ha dado positivo –y le siguió una risa nerviosa-.

No sé bien qué sentí. O mejor dicho, lo sé, pero no sé cómo se describe la parálisis del universo en un momento, la concentración de los elementos, la brisa petrificada, el presente suspendido en el aire, la concentración del mundo en ese instante preciso, en ese segundo en el que me desvanecí antes de recuperar el habla.

Edna, mi compañera, estaba embarazada. Todo cobraba un sentido diferente. Nuevo. Planes y proyectos entraban en cuestión. La conciencia de “tener un hijo o una hija” aún estaba por construirse. No me hacía a la idea de “ser padre”. Pero habría tiempo para eso. Para interiorizar la responsabilidad de cuidar queriendo y querer cuidando a un ser humano que aún no existe, pero que si todo va bien, en unos meses será protagonista de lo más importante de mi vida.

Fuimos a comer al restaurante Miramar frente al Océano Índico de esta capital africana. Nos mirábamos y nos reíamos como tímidos adolescentes. Nos abrazábamos con la alegría de vivir la intensidad de esta aventura de amor y humor.

Intentamos hablar de los siguientes pasos. Qué hacer, cuándo, dónde. Pero no era fácil. Apenas conseguimos dar unas primeras pinceladas al aspecto estructural. Pemba no es un buen lugar para un embarazo. No hay ginecólogos en muchos kilómetros a la redonda. Y las enfermedades andan al acecho, especialmente la malaria.

Después de comer caminamos largo rato por el sur de Maputo, hasta que agotados regresamos al hotel.

Los siguientes días eran un tobogán. “¿Estás bien? Felicidades. Me siento hinchada. Zorionak. ¡Hostia! ¡Qué fuerte! ¿no?. Parabenes. Y ¿qué prefieres niño o niña? Hay que comprar repelente. Congratulatios. El informe para el seguro. ¿Dónde lo vamos a tener? De cinco semanas….”. Comenzaron a llover correos, llamadas, preguntas, de Donostia, de Montevideo, de Pemba, de Zaragoza, de Buenos Aires, de Vejer, de Quito…

Y al fin, días más tarde, después de la primera visita al ginecólogo conseguimos planificar los próximos pasos, que más tarde serían re-planificados y vueltos a cambiar. Los leones, elefantes, jirafas, hipopótamos y rinocerontes del Kruger deberían esperar. Teníamos muchas piezas por encajar en este puzzle gigante. El martes 8 volaríamos a Pemba para recoger los petates, entregar la casa, abrazar a los amigos y despedirnos de esa localidad que nos acogió con su belleza y sus lluvias salvajes. La tierra makua. Y ese fin de semana meteríamos en el coche las dos maletas y emprenderíamos un viaje de una semana para atravesar el país de norte a sur y regresar hasta Maputo. Tendríamos que buscar casa. Buscar nuevos amigos. Cambiar de hábitos.

Edna está bien. Peleando contra el tabaco. A ratos se siente extraña, hinchada… Y al mismo tiempo, eso le confirma un embarazo deseado. Y está feliz. Yo pendiente de ella. Cuidándola lo mejor que sé. Aquí estamos, con un calendario en la mano, atentos a los mosquitos y con las contradicciones de estar en este rincón del África austral. Rodeados de muerte y rodeados de Vida.

miércoles, 2 de abril de 2008

El "Holandés errante"

Alquilamos un pequeño coche con aparato de música para escuchar los cds que me había agenciado en aquella tienda de la Long Street en Ciudad del Cabo (“An Afro-portuguese odyssey”, “Woman of Africa” y un doble de grupos tanzanos y keniatas). Y nos dirigimos al sur de Cape Town por el oeste de la península con idea de llegar hasta la Punta, hasta el mismo “Cabo de las Tormentas”, como lo llamó su descubridor oficial, Bartolomé Diaz (no confundir con el Díaz de Pemba, mi hechicero particular).

Íbamos por la carretera del litoral disfrutando de un paisaje hermoso. En Hout Bay nos detuvimos. Una pescadería anunciaba “If it’s fresher it’s still swiming” (“si está más fresco aún nada”). En el puerto, a la vez que una enorme foca amaestrada posaba cual modelo exuberante frente a los objetivos fotográficos de los turistas, un barco nos acercó a la isla Duiker. Allí, varias familias numerosas de focas, éstas sí, libres, aprovechaban el tiempo para holgazanear y darse chapuzones.

Seguimos más al sur y cruzamos la península hasta Simonstown, que era donde habíamos reservado habitación. Las vistas a la False Bay eran más que espectaculares. Teníamos que bajar más. Esta vez el mar lo teníamos a nuestra izquierda. Y llegamos a la Reserva Natural del Cabo de Buena Esperanza. Entramos. Era como una estepa con una vegetación extraña, diferente. Conducíamos despacio, saboreando el paisaje y de pronto, en un curva dos enormes avestruces. Al rato, varias elands (una especie de gacela) nos miraban curiosas. Más adelante llegamos hasta donde la carretera moría. Un barranco gigantesco, con un faro en su punta se adentraba como proa de buque de piedra en un mar brutal en su grandiosidad.(En este punto aclaro que hay versiones diferentes sobre dónde se encuentran ambos océanos. Pero ya que yo estuve aquí y no bajé hasta el Cabo Agulhas, que es el más meridional, pues supongamos que en el Cabo de Buena Esperanza, aunque no sea el punto más sureño sí es donde se juntan ambos Atlántico e Índico). Ahí estábamos, ante la furia y la anarquía de una naturaleza salvaje, impredecible, sin tregua. El “Holandés errante” no estaría lejos. Me sentí diminuto ante esta belleza. Sobrecogido.

De pronto el cielo se cubrió y una tormenta amenazó con hacer verdad la leyenda. Fue un falso aviso. Pero nos sirvió para darnos cuenta de que se hacía tarde. Debíamos regresar. Pero la curiosidad y la emoción de encontrarnos en un lugar tan fascinante podía más. Queríamos investigar todos los caminos. Vimos más avestruces, gacelas, y de pronto… ¡cebras! Nos detuvimos, y Edna, hipnotizada se dirigió hacia ellas. De vez en cuando los animales la miraban y entonces ella se detenía. Seguían pastando, y ella volvía a caminar. Amor me preguntó “¿Crees que vamos a llegar a tiempo a la salida antes de que cierren?” Le dije que sí sin saber porqué, ya que evidentemente no llegábamos. Edna estaba allá lejos, abducida por la emoción. Llamarla sería un sacrilegio. Además, posiblemente en ese instante algo sucedió en su interior. Le dieron ganas de llorar de bienestar, de sentirse admitida por unos animales salvajes como esos. La noticia que tendremos días más tarde quizá tenga que ver con todo aquello. No sé. La vida es un misterio.

La suerte quiso que encontráramos una salida de la Reserva Natural que no estaba cerrada, ya que el candado no funcionaba.

Fue una tarde hermosa es un paraje estremecedor.

Al día siguiente nos detuvimos en The Boulders a ver pingüinos. ¡Pingüinos en África! Simpática colonia de enanos con frac. Al atardecer llegamos a la capital de Wineland, la tierra de los vinos. Stellenboch parecía un pueblo holandés. Visitamos dos viñedos y probamos sus caldos. Regresamos a Cape Town, disfrutando antes del jardín botánico de Kristenboch. Un lugar para perderse. Como efectivamente sucedió.

Llegamos a Ciudad del Cabo cansados y felices. Como despedida decidimos subir a Lion’s Rump a ver la puesta de sol. Y en su lugar vimos algo aún más espectacular. Justo en el extremo opuesto, la salida de una luna de fábula vino a ser la más bella despedida. El atardecer del sol. El amanecer de la luna.

Al día siguiente subimos al avión para regresar a casa. A una casa que no es nuestra casa, pero que nos ha adoptado provisionalmente sin más preguntas. Una casa pobre, desvencijada, sucia y a la que justo le quedan fuerzas para sobrevivir al día a día. Una casa inundada de gente buena que saluda sonriendo aunque llueva.

Las azafatas hablaban portugués. El refrigerio, escaso venía dentro de una cajita de cartón que contenía la inscripción “Bom Appétite”.

El "Holandés errante" siguió su camino. Nosotros regresábamos a Mozambique.

viernes, 28 de marzo de 2008

Un barrio con historia

Bo-Kaap es el museo del barrio musulmán de Ciudad del Cabo. Y Bo-Kaap es un barrio con historia de barrio que sobrevivió a la historia. Las casas, modestas están vestidas de colores divertidos. Algo que da una sensación de buen humor al pasear sus calles. Nos costó encontrar el museo aunque lo teníamos delante de las narices. Y es que su edificio no destacaba por encima de las casas. Era uno más.

Los acontecimientos, las historias, la voluntad humana y también su barbarie edifican permanentemente el presente. Y el presente de Bo-Kaap es el de un mestizaje singularmente armonioso. Muchos de sus vecinos y vecinas son descendientes de esclavos, de exiliados políticos, de convictos traídos desde el sudeste asiático o Indonesia en los primeros años de la presencia europea en África del sur.

Cuando los negocios alemanes hundían sus garras en las indias orientales, allá por el siglo XV, algunos grupos de musulmanes que resistieron la presencia colonial fueron expulsados al Cabo de Buena Esperanza. Muchos prisioneros, condenados en Indonesia fueron expatriados hasta aquí. Los esclavos fueron llevados por los colonos hasta el Cabo desde Mozambique y Madagascar. Y aunque no eran musulmanes se convirtieron, entre otras cosas al identificar al Islam con la religión de la resistencia. Estamos a finales del siglo XVIII.

La primera mezquita que se construyó en Bo-Kaap data de 1794. Es la Mezquita de Auswal y sigue en funcionamiento. Antes de 1830, tan sólo uno de cada diez habitantes del barrio eran musulmanes, pero tras la abolición de la esclavitud, muchos de ellos abrazaron el Islam y eligieron éste barrio como lugar de residencia.

Muchos años después, la participación de los musulmanes en la lucha contra el apartheid provocó discusiones encendidas, pero una de sus tendencias se sumó codo a codo en el combate antirracista dejando a un lado dogmas y sin renunciar a su religión.

Entramos con curiosidad al museo. Alguien nos había hablado de él. Éramos los únicos en visitar a esa hora ese lugar. (Y era de agradecer. Las aglomeraciones en los museos son de las insatisfacciones más stressantes si lo que se desea es disfrutarlo con atención).

Las primeras salas mostraban la influencia y la historia del Islam en la zona de Cape Town. Sus vestidos, la arquitectura, artesanía. Otras se detenían en la época del apartheid. Había fotografías que mostraban la imbecilidad hecha ley, como ese cartel que clavaban tres paisanos avisando de que la playa era exclusivamente para blancos.

En el piso alto había una exposición de fotografías hermosa en su concepto por la sencillez y la participación de todo el barrio. Su título era "Los rostros de Bo-Kaap". Eran fotografías de la gente. Así de fácil. De las mujeres, de los ancianos, de los críos, de los hombres de Bo-Kaap. Cada uno con su indumentaria, cada uno y cada una con su rostro, con su minifalda o con su velo, con su turbante, con su barba, con su bicicleta o con su mirada. Eran todas del mismo tamaño. Me quedé largo rato mirando cada una de ellas. Daban muestras de un barrio vivo a pesar de la historia. O quizá gracias a ella.

Al día siguiente saldríamos para el Cabo de Buena Esperanza.

Pero en esos momentos había comenzado a suceder algo que yo aún no sabía y que unos días más adelante me dejaría paralizado de la emoción.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Los colores del blanco y negro

Al día siguiente, sin deshacer casi el equipaje nos mudamos a un apartamento limpio y hermoso del hotel Daddy Long Legs, junto a una tienda de música de la misma Long Street. Lástima que sólo tenían sitio para esa noche, porque el “Piernas largas de papá” resultó ser un lugar estupendo. Así que de nuevo teníamos que buscar alojamiento para el día siguiente. Era nuestro sino. Éramos, somos nómadas. Mientras esperaba a las chicas me quedé pegado como mosca veraniega al escaparate de la tienda de música.

Amor tenía ganas de andar (es ingeniera de montes) y yo no tenía intención de que se me notase la pereza, así que nos dirigimos a la famosa Table Mountain. Se trataba de una gigantesca roca en medio de la ciudad. Su icono. Subimos en Teleférico. Y arriba nos dedicamos primero a disfrutar de las vistas y después a caminar y caminar, calmando así las necesidades montañeras de nuestra amiga. Desde arriba se veía hermosa Ciudad del Cabo. Y ahí estaba Rodden Island, la pequeña isla a escasos kilómetros de la costa donde Nelson Mandela estuvo encerrado 11 de los 27 años que lo secuestró el régimen del apartheid. Hoy se organizan viajes turísticos a la isla y se visita la celda como conjuro contra tiempos que no han de volver. Bajamos cuando los colores naranjas acudían a su cita diaria.

Conseguimos asegurarnos una habitación triple para los dos días que nos quedaban antes de bajar por la península en dirección al cabo de Buena Esperanza. Cenamos shushi.

La mañana siguiente, bien temprano me fui a un ciber que estaba abierto las 24 horas y trabajé largo rato, hasta que Edna y Amor, tan dormidas como felices me hicieron ver que era hora de moverse. Hablo inglés como chapurreo el portugués. Así que me dejé dirigir por el sector femenino. Cosa que no levantó protestas ya que yo iba a ser el encargado del coche. Andábamos sin un plan muy definido. Dejándonos llevar por el placer de perdernos en una ciudad nunca visitada antes y ciertamente linda donde, según leí de algún escritor hispano, la seguridad es mucho mayor que en Johannesburgo pero mucho menor que en Chicago. Cosa que no sé exactamente qué quiere decir. Caminando, mirando, perdiéndonos, nuestras sandalias nos encaminaron hasta el puerto. Un catamarán nos llevabaría hasta bordear Rodden Island. Subimos con la emoción de la aventura. Nos colocamos sobre la red de proa. Mi objetivo era disfrutar en silencio de un viaje de un par de horas. Observar. Recibir el viento en la cara. Dejarme mecer por ese oleaje que a veces, de pronto se enfurece. Y saborear las sorpresas en forma de delfines, focas y con suerte de alguna ballena. Precisamente, en ese momento se acercó un caballero de dimensiones considerables y se sentó junto a mí desequilibrando la red y obligándome a recolocar. El espécimen era norteamericano y vivía en Miami. Tenía ganas de cháchara y de contar su vida y sus impresiones de un viaje que ya había hecho más veces. No era esa mi idea y se lo hice ver con alguna mirada un tanto hosca. Se giró y le comenzó a largar su rollo a una rubia belga más simpática que yo y cuyo novio no dejaba de hacer fotos.

Así que librado del peligro me centré en disfrutar del mar. Una focas jugueteaban a nuestro paso nada más salir del puerto. Un poco más adelante los delfines saltaban a nuestro lado y seguían al velero. No era un espectáculo contratado. Nadie les daba la orden. Edna, en la punta de proa disfrutaba como una niña. Justo cuando dábamos la vuelta para regresar una mancha enorme nos avisó de la presencia de una ballena. Un chorro, y sobre todo la cola gigante que asomó nos confirmó lo que veían nuestros ojos. Fue un jolgorio general. Según el capitán tuvimos mucha suerte, porque no era la época de ballenas.

De regreso a Cape Town, Table Mountain era el aviso de entrada a un continente misterioso. Eso fue lo que vieron los europeos al llegar a este punto en su intento de doblar África. Eso fue lo que vieron los holandeses puritanos que llegaron para quedarse huyendo de sus propios fantasmas y encontrándolos también aquí. Cape Town fue la puerta de entrada del mayor drama de África. Historia de conquistas, sangre, esclavos, miedo, racismo, muerte. Historia que sigue siendo.

Algo de eso comprobamos al día siguiente. Visitamos Front Sea, la zona de las playas donde el lujo se mostraba obsceno. El mundo más blanco y feliz de piscinas climatizadas, zonas de recreo medido al detalle, uniformes para las criadas y peluquería para perros se mostraba sin pudor. Numerosas mansiones de césped perfecto se distribuían con armonía a lo largo de una costa que ya no estaba prohibida para los negros pero que era prohibitiva para los pobres, que evidentemente no son blancos. “Ahora podemos ir donde queramos. No es como antes. Y podemos trabajar de lo que sea -me explicó un joven taxista negro- y aunque la gente sigue siendo pobre, sólo con la igualdad de oportunidades podremos conseguir desarrollar el país”. Ojala tenga razón.

Edna y Amor decidieron ir al aquarium. Yo preferí perderme por la ciudad. Caminaba sin prisa, mirando a la gente que me cruzaba e imaginando sus aventuras y sus desventuras. Los rostros dicen mucho de la vida de las personas. Rostros bellos de mujeres orgullosas, rostros tímidos con dolores escondidos, expresiones alegres, divertidas. La gente me gusta. Y de pronto me volví a tropezar con la tienda de música junto al hotel Daddy Long Legs. No lo pude evitar. No me compré una marimba por poco, pero al rato salí con quinientos rands menos, cuatro cedés más y una sonrisa de oreja a oreja.

Si alguien hubiera estudiado mi rostro ¿habría descubierto que llevaba música africana en las chispas de los dedos?


domingo, 23 de marzo de 2008

En Ciudad del Cabo

Aterrizamos en Ciudad del Cabo a la tarde. Nos alojamos en un Backpacker de Long Sreet. Para llegar hasta el cuarto de baño compartido atravesamos una habitación con tres literas y con otros tantos gorilas veinteañeros, blancos de cuello ancho que amenazaban con roncar y con juerga nocturna. El sitio estaba bien si uno era joven, tenía dinero y/o tabla de surf. Pero a nuestra edad, y sobre todo a la mía, el sitio se quedaba allá atrás, junto a la memoria de mis primeras escapadas descubridoras de farras sin reloj ni tener que rendir cuentas a nadie ni a nada.

Dejamos el equipaje y salimos a patear la ciudad. Bajamos por la larga calle “Long street” buscando un nuevo alojamiento para el día siguiente. No podíamos evitar el asombro que nos producía estar en el África más alejada de su estereotipo. De un estereotipo que al mismo tiempo lo confirmaba. Cape Town, o Ciudad del Cabo era una hermosa ciudad dominada por los blancos en un país negro. El apartheid dejó de ser años atrás. El Congreso Nacional Africano gobierna este bellísimo país. Pero lo que la realidad nos mostraba era una división tozuda. Blancos en coche y negros andando. Blancos comiendo en restaurantes y negros sirviéndoles. Blancos paseando placenteramente con sus familias y negros limpiando, vendiendo periódicos en los semáforos, ofreciéndose para cuidar los coches aparcados, vendiendo yerba o coca apoyados en las farolas o en las paredes, esperando el bus para ir a las afueras, donde su casa les esperaba cargada de hijos y problemas.

Fuimos hasta el puerto, conocido como Waterfront. Preguntamos en el servicio de Información Turística. Nos dieron unas explicaciones minuciosas de las diferentes opciones que teníamos de acuerdo a nuestro plan. Ciudad y entorno.

Uno de los objetivos sería subir a la Table Mountaint, la orgullosa montaña en forma de mesa que domina la ciudad y que era su emblema. La montaña anaranjada que vieron los primeros colonizadores holandeses que entraron por este punto al continente en un intento paranoico de dominarlo.

Nos fuimos a cenar. El menú ofrecía exquisiteces tan poco comunes como cocodrilo, avestruz, impala, kudhu… Probamos de todo. La carne de avestruz era deliciosa y fuerte. La de cocodrilo suave. Las apariencias una vez más engañaban.

Tras el safari gastronómico nos dirigimos a uno de los lugares de música de la ciudad. Encontramos un sitio donde la mayoría negra anunciaba una música mejor de la horterada de otros lugares de sonrisa sonrosada al estilo Abba. Ahí entramos, frotando cuerpos contra cuerpos en una rítmica y sudorosa sesión de hip-hop local, hasta que nos olvidamos de la hora y casi del camino de vuelta al Backpacker de la Long Street. Los gorilas dormían en silencio.

Al día siguiente nos esperarían nuevas sorpresas.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Al sur del sur



Después de días de trabajo intenso y encierro en un hotel de Maputo llegaba el ocio. Nos íbamos unos días de vacaciones. En un principio, la idea fue el norte de Etiopía, pero los cálculos económicos y la opción del descanso nos hicieron mirar al sur, a Sudáfrica.

Un avión de LAM nos dejó en Johannesburgo. Tiene fama de ser la capital de la inseguridad. “Cuidado” nos avisó todo el mundo, “en Johannesburgo te roban seguro” . Y así fue. Edna metió su tarjeta visa en un cajero del Standar Bank del aeropuerto. Marcó la cantidad y… ¡tarjeta bloqueada! ¡¿eh?! No teníamos más que meticais, la moneda de Mozambique. En Sudáfrica funciona el rand, que vienen a ser doce por cada euro, pero el cajero nos había robado la tarjeta. El cajero era un cajero. Es decir, no había detrás ningún banco con empleados para pedirles socorro. Llamamos por teléfono al número que se indicaba para incidencias y una voz odiosa se limitó a explicar que la tarjeta sería destruida y que podría haber sido retenida por diferentes motivos. Por suerte yo tenía la mía y me funcionó sin problema, pero ¿Y una persona que viajase sola?

Cinco horas más tarde volábamos más al sur, a Ciudad del Cabo, en el extremo del continente. La temperatura bajó y la humedad ya no era tropical. En su lugar, nuestros ojos se toparon con algo que posiblemente no sorprenda viniendo de Europa, pero que a nosotros, tras más de cuatro meses en el norte de Mozambique nos dejó ciertamente boquiabiertos. Calles limpias, ordenadas, sin rasgo de deterioro. Edificios modernos, en una hermosa mezcla con otros coloniales pugnaban por alzarse hacia un limpio cielo azul. Pasos de peatones, semáforos que se respetaban, tiendas, restaurantes… ¿Estábamos en California? ¿En alguna ciudad del norte de Europa? No, estábamos en el sur del continente africano. Tan al sur, que parecía el norte. Teníamos una semana por delante.

jueves, 13 de marzo de 2008

El loquito

Las calles de Maputo son de una fealdad a la que se les toma cariño. No invitan al paseo, y no puedes dejar de pasearla. Sus gentes son supervivientes diarios de la hecatombe de la globalización. Personas que caminan aturdidas de pobreza entre los todoterrenos y la basura.

Los nombres de sus calles son reliquias de otros tiempos en los que se soñaba con cambiar el mundo a golpe de martillo. Los niños ahora piden limosna, y los viejos, heridos en el orgullo de su dignidad les regañan.

Una noche, un loquito sin camisa bailaba entre los vehículos de la calle Julius Nyerere. Nosotros caminábamos buscando un sitio para cenar. Su danza era eléctrica. Tan pronto se lanzaba a correr en la dirección en la que venían los coches, se detenía como estatua congelada en mitad de la carretera o desafiaba a los vehículos tirándose al suelo.

Lo miramos alarmados. Ese hombre se estaba jugando la vida. De pronto pasó corriendo a nuestro lado. El loquito tenía una expresión de estar pasándosela bien.

En Maputo, el alumbrado público apenas alumbra el poste que sostiene la bombilla. El descamisado era preto como la noche. Eran sus ojos grandes y blancos los que anunciaban que detrás de ellos había un hombre de mediana edad y sin camisa que danzaba, corría, y gritaba chillidos de emoción y adrenalina cuando un cuatro x cuatro rozaba su cuerpo ágil y esquelético.

En una de esas… ¡¡Krassssss!! El frenazo de un coche hizo que se empotrara el que venía detrás, después el siguiente, que además abolló a otro que estaba aparcado y que comenzó a lanzar su alarma escandalosa.

El aspirante a suicida, tumbado en la carretera, a metro y medio del primer vehículo levantó la cabeza para ver el desaguisado del que era responsable y de repente desapareció. Los conductores salieron de sus coches, los curiosos se arremolinaron, la alarma seguía hasta que llegó su dueña que estaba en una cafetería cercana…

Unos pasos más adelante encontré al loquito agachado, escondido, un poco asustado y sin poder parar de reírse.

martes, 11 de marzo de 2008

Distancias

¡Se veía todo tan cerca desde ese hotel de Maputo…!

Me quedaba en la habitación trabajando y me abstraía de mi ubicación en el mapa. Horas en la red difuminaban mi estancia física. Me transportaban. Me reubicaban.

Noticias que se repetían como una noria perversa. Más naufragios de seres humanos entre las costas que separan Europa de África. Nuevas expulsiones. Más personas convertidas en estadísticas. Una campaña electoral en la que se utilizaba la inmigración para sacar votos criminalizando, manipulando, asustando, mintiendo…

Noticias que alteraban una normalidad aburridamente alterada. Una persona le pegaba tres tiros a un trabajador en un lluvioso pueblo de Gipuzkoa. Una persona menos a la mayor gloria de una patria que no me seduce. Recolocar discursos, matices, consignas. Mientras, llovía y todo se empapaba de un dolor insignificante para los que no lo sienten. Insoportable para los demás.

Noticias que casi no lo eran. Tenían que ser cuatro las mujeres muertas por sus parejas el mismo día para avergonzar a todos. Para recordar que hasta que los hombres no dejemos de tener miedo a las mujeres, un miedo milenario a su fuerza y a su inteligencia no será fácil que el monstruo del machismo deje de golpear.

Noticias alarmantes. El ejército colombiano, destacado en violar los derechos humanos agredía una vez más en territorio ecuatoriano. ¿Qué culpa tenían los habitantes del norte del país de que en Colombia hubiera tantos actores empeñados en no solucionar un conflicto con cuarenta años de duración? Macondo se desangraba. El país con mayor número de desplazados del mundo.

Noticias de mis seres queridos. De sus sueños y deseos. De sus miedos, alegrías y recuerdos. De sus aspiraciones y conquistas diarias. De las pequeñas frustraciones. De dolores y angustias. De retazos de esa esquiva felicidad que a veces se asoma en una esquina rota. De la vida.

Y después salía a la calle y me daba cuenta de que África seguía aquí, a mi alrededor, calurosa, colorida, sufriente, alegre, caótica…Y de que eso que se veía tan cerca desde ese hotel de Maputo, realmente estaba tan lejos que me daba, no sé, algo de vértigo.

viernes, 7 de marzo de 2008

La vida loca

Faltaba menos para que la temporada de lluvias, con sus inundaciones, multiplicación de insectos, enfermedades y agotamiento comenzara a remitir.

Edna tenía una sensación extraña. A falta de una semana para ir de nuevo a Maputo se sentía hinchada, rara… ¿embarazada?

Imposible no era. El pasado mes de mayo me operé en Montevideo para revertirme la vasectomía que tenía desde hacía tres años. Después de una intervención con anestesia total de cerca de cinco horas (cortar es fácil, pero unir es más complicado) hubo un periodo de cuarentena obligatorio. La inflamación post-quirófano de las zonas bajas apenas menguó para el viaje que me tocó hacer en agosto a Perú para Banoa. Más tarde, las vacunas de fiebre amarilla, cólera, hepatitis B, etc que tuvimos que meternos para venir al África Austral nos obligó a otros tres meses de utilización de lo que en portugués se llama camisinha.

Le dijimos adiós a la gomita hace unas semanas. Y nos dedicamos a festejarlo.

Así que podría ser. El problema era que estábamos en uno de los lugares y una de las épocas de mayor incidencia de malaria del mundo. Y eso ya son palabras serias para un embarazo. Estos días, ver un mosquito me sacaba de quicio. Le insistí a Edna que se embadurnara de repelente, que no saliera de la mosquitera… ¡Uf! Demasiada esquizofrenia. Los test de embarazo “made in China” que vendían en las farmacias eran de escasa fiabilidad. Cuando habían pasado apenas 24 horas del día D sin que hubiera señales fuimos a la clínica. Allí nos atendió un amable doctor. Al terminar nos dijo que todo indicaba que no había embarazo.

- ¿Y qué porcentaje de seguridad tiene la prueba?
- Alta –dijo- entre un 40 y un 60 por ciento

Total, que estábamos en las mismas.

Ver un mosquito era ver una catástrofe. Un animal salvaje. Dormimos con una espiral antimosquitos que funciona encendiéndola y que yo no había vuelto a ver desde la revolución sandinista. Compré todo tipo de potingue. Incluso la perseguía con un invento que funciona por sonido y que al parecer ahuyentaba a la mosquita (en verdad es la hembra la que pica).

En unos días volábamos a Maputo, y allí el peligro sería considerablemente menor. Las horas pasaban a cámara lenta, mientras los mosquitos revoloteaban como aviones espías. El calor aumentaba, la humedad… Y también los apagones, las tormentas tropicales.

Tres días más tarde se terminó la alarma y todo regresó a su calendario habitual. Había sido, sin más, un retraso.

Y entonces tuve la sensación de que todo comenzaba a cambiar. El nivel de la aguas había dejado de crecer. La gente arreglaba desperfectos. El sol también se componía de sombra. El mensaje en la botella lanzada al mar que es este blog llega a muchas orillas al mismo tiempo, y manos amigas y otras desconocidas lo leen.

Cuando subimos al avión para volar a Maputo nos reímos de los mosquitos. Y un poco también de nosotros mismos y nuestra vida loca.

miércoles, 5 de marzo de 2008

El partido y la presidenta

Y fui al partido. Alguna vez había entrado con una cámara al estadio de Anoeta en San Sebastián. No era lo mismo. Aquí no había estadio. Se trataba de una extensión de hierba irregular y tierra rojiza, con una portería sin red en cada extremo. Veintidós jugadores sudaban sólo de estar bajo un sol y una humedad que carecía de compasión. Haciendo las veces de juez de línea estábamos todo el público. La afición de uno y otro equipo. Los curiosos. Los que no tenían nada más que hacer y la vegetación.

La presidenta del equipo donde jugaba Nico era Cristina, otra joven cooperante. Cuando la goleada iba en cuatro a cero a favor del equipo local (el nuestro) y a falta de quince minutos para el final, el argentino pidió la sustitución. Estaba reventado. O al menos, eso dijo.

El técnico del equipo miró a Cristina con una sonrisa pícara y le dijo “Su turno presidenta”. Ella que no, y todos los demás, jugadores y público que sí “Dele Cristina, ¡que se los va a comer!”. Los chicos del equipo de la aldea de Majate no pusieron buena cara. Percibían como una humillación, no ya el 4 a 0, sino el que una mujer entrase al juego. “Esto es serio. Esto es un juego de hombres” gritó el número 9 de los visitantes. No hizo falta más. Fue el resorte preciso para que la presidenta entrara al juego.

La percusión de Fernando redobló su animación. Adolfo despertó de su resaca. La bulla subió de grados. Los perros ladraban y muchos reían, aplaudían, gritaban. Los jugadores visitantes sintieron la rabia y consiguieron el gol del honor. Cristina nos miraba y se reía. La marcaba el jugador número 11. Ella divertida daba dos pasos y el 11 daba dos pasos con ella. Retrocedía y era su sombra. Hasta que mirándole fijamente y con las manos en la cintura le dijo,

- ¿Tan peligrosa soy?

El 11, serio, se alejó de ella. Pero sólo unos metros.

Al terminar el partido nos dieron ganas de volantear a la presidenta como heroína del equipo aunque ella no hubiera metido ni un gol. No lo hicimos por respeto… Por respeto a los visitantes que se iban cabizbajos y con su derrota en el remolque de un camión.


sábado, 1 de marzo de 2008

“Las ONG tienen mucho más trabajo por hacer en Europa que en África”

Con cuatrocientos euros en el bolsillo, sin papeles y sin conocidos, Nicolás Dotta, un argentino de Rosario durmió su primera noche en Madrid en la boca de un metro. Era un inmigrante más, joven y con ganas de aferrarse a sus ideales y aspiraciones. Hoy trabaja como logista en una ONG médica en Pemba. Juega en el equipo de fútbol de su barrio y a veces parece un africano más. En unos días regresa a Madrid. Ha estado aquí año y medio. Nico habla sabiendo lo que dice.



- ¿Qué diferencia hay entre la África de las imágenes que vemos en Europa y la realidad que tú has visto aquí?

No toda África es un campo de refugiados, pero tampoco hay que caer en el peligro de que se te acostumbre el ojo a la pobreza. Por mucho tiempo que estés aquí, tiene que seguir causándote enojo tanta miseria.

Cuando veo la típica foto del niño con cara triste y la ropa rota, hay que saber también que los niños de aquí son los más alegres, los más pícaros, los más atrevidos. Que tienen iniciativa y que a cualquier niño de Europa le dan tres vueltas. Porque desde que nacen se tienen que buscar la vida.

Pero, su realidad es difícil y nos causa enojo. Lo que mostraba aquella foto es verdad. Hay niños mal alimentados, descalzos, mal vestidos. Pero lo que la foto no me muestra es que a pesar de eso son atrevidos, se divierten, están todo el día activos, son muy listos.

- ¿Cómo haces para convivir con esa realidad?
Pues no es fácil. A veces también tenemos que ponernos corazas y tratar de sobrevivir nosotros mismos. Hay que saber vivir de acuerdo al contexto. Nosotros venimos acá y somos personas y vivimos una realidad. Lo que podemos hacer es mucho o poco, pero somos limitados. Tenemos que aprender a relacionarnos como uno más. Es difícil porque no somos uno más, no nos tratan como uno más, pero hay que saber encontrar la respuesta a cada situación. La gente te llega con problemas, con necesidades y nosotros no podemos involucrarnos con todo. Hay que saber cuando decir no y reconocer nuestras limitaciones. En la práctica no somos iguales, pero se trata de achicar las distancias.
- Año y medio atrás. Un argentino de Rosario de pronto en el aeropuerto de una ciudad africana llamada Maputo

No entendía nada. Lo primero que tuve fue miedo al trámite aduanero. Y después, todo nuevo. Todo te llama la atención, todo te provoca curiosidad. Y enseguida, nada más salir del aeropuerto comencé a romper estereotipos. Más llegando a Maputo. Te encontrás con una ciudad con muchos problemas pero con ciertos servicios. Cosas que ya están globalizadas, bancos, cadenas de restaurantes. Y al final, a mí Maputo no me causó tanta sensación de lejanía con Rosario. No hay tanta diferencia si no fuera por el color de la piel de las personas. Distinto es ya la situación rural de Mozambique. Pero Maputo, con cualquier ciudad sudamericana tiene mucho en común. Gente durmiendo en las calles, pidiendo en las esquinas, todo eso es algo que en cualquier ciudad sudamericana te podés encontrar. Quizá, si venís directamente de España te agarra un poco más desprevenido.

- Estuviste en Maputo tres días y te viniste a Pemba, más de dos mil kilómetros al norte.

Ahí ya fue todo distinto. Una avalancha de sensaciones. Pemba tiene estos contextos tan marcados de paraíso natural mezclado con pobreza. Es como una escenografía de teatro. Está lo que hay para el turismo, muy lindo, dos calles pavimentadas. Pero cuando te metés en los barrios ya es otra cosa. Es increíble. Entonces conocés la verdadera Pemba.


- ¿Y cual es la verdadera Pemba?

Las casas de pau-pique, techo de paja. Las mujeres yendo a buscar el agua, cocinando. Los hombres durmiendo en las camas macua. La gente caminando, otra mirando y ahí ya te das cuenta que Pemba es mucho más pobre de lo que parece. Ahí ya ves realmente cómo vive la gente, cuales son los problemas que tienen. El turista no ve esto. Quizá algo puede intuir. Yo he escuchado varias veces decir “Al final no están tan mal”. Eh! pará! ¿Porque viste a uno comprando un televisor decís que no están tan mal? O cómo estarías vos en su lugar. Si no están tan mal ¿te tomarías vos su lugar?

-Tú aquí trabajas en la cooperación. ¿Crees que la cooperación puede resolver el problema de la pobreza?

Mirá, escuchar lo que voy a decir de alguien que trabaja en la cooperación puede parecer mal o puede sonar bien porque la autocrítica es constructiva. Pero la cooperación tal cual existe hoy es parte del problema. Es una herramienta más de la Gran Maquinaria que encontró un lugar para tener contentos a los descontentos. La cooperación es una herramienta más de los gobiernos para penetrar en nuevos mercados y tener buena imagen para sus votantes que no quieren más pobreza. Y entonces dicen “nosotros mandamos un millón de euros al tercer mundo”. Pero eso es la punta de un iceberg. Y detrás de eso vienen todos los chacales. La cooperación no lo usan los gobiernos para hacer un mundo más justo. Las ONG no son tan “No Gubernamentales”. La mayoría son financiadas en gran parte por las Agencias de Cooperación. Los fondos que reciben están diseccionados a regiones y sectores prioritarios, en los cuales hay un montón de necesidades. Los problemas son ciertos. Pero lo que hay que saber es que de las Agencias de Cooperación son parte de los Ministerios de Negocios y Asuntos Exteriores.

- Pero ¿tú estás de acuerdo con la consigna del 0´7%?

¿Y porqué el 0´7 y no el 1´5?

- Si fuera el 1,5% en los parámetros que planteas el problema sería el mismo. Variaría sólo la cantidad.

Es que yo creo que mientras haya capitalismo neoliberal no habrá otra cosa. Desde este sistema llega tanta cosa mala, que cuando llega algo bueno no está mal. Ahora, si queremos ir a la raíz del problema, esa lucha empieza más en España que en Mozambique.

- Sí, pero que un porcentaje del presupuesto de un Estado de la metrópoli venga al sur ¿está bien? Es decir, independientemente de su gestión, ¿no es una obligación de los Estados del norte destinar un porcentaje de su presupuesto para el desarrollo en el sur?

Mirá, se podría hacer mucha más cooperación sin ese 0,7. Con condiciones de comercio internacional más justas. O con menos subsidios a los productos exportados. Habría montones de herramientas. Por eso, el 0,7 podría estar bien para darle presupuesto a estos países. Pero acompañado de un montón de otras políticas. El 0,7 es casi una coima, una limosna.

-¿Tú qué harías a la espera del cambio de estructuras económicas internacionales injustas y que sólo se pueden cambiar con la presión de la gente? Hasta que ese cambio ocurra ¿qué?

En la medida en que Europa es, en gran parte un espejo en que mucho del continente africano se refleja, yo creo, en serio que muchas de las luchas están allá.

- Pero la sociedad europea no está movilizada.

Ese es el problema

- No está movilizada porque no lo necesita. Su bienestar material no se lo exige.

Claro, y después se hace socio de una ONG. Porque sabe que existe otra realidad. Y piensa que con la cuota mensual lava su conciencia. Por eso digo, que las ONG tienen mucho más trabajo por hacer en Europa que en África.

- Mozambique es uno de los países modélicos para el FMI, el Banco Mundial y la estructura económica globalizada. A pesar de venir de un proceso teóricamente revolucionario de cambio de estructuras.

Sí, eso es increíble. Mozambique, hoy por hoy es uno de los países modelos del BM. Y esto tiene que ver con lo que hablamos antes de la dependencia de presupuestos. El 50% del presupuesto del Estado Mozambicano proviene de la ayuda internacional. No es el porcentaje de las ONG, que apenas será de un 2%. El grueso es de organismos de Naciones Unidas, el BM, el FMI. Y esos no le prestan dinero a cualquiera. Esos le dan a quien “se porta bien”. Al margen de que haya dirigentes mozambicanos, como hay muchos pensadores en el mundo convencidos que la respuesta a la pobreza y al hambre está en la economía de mercado.

- Tú viniste a echar una mano en la mejora de la realidad del día a día. ¿Mozambique te ha cambiado más a ti que tú a Mozambique?

Eso desde ya. Pero para ser sincero, también creo que todos los que elegimos estar acá lo hacemos por un principio solidario y porque este trabajo nos moviliza. Y por principios y por valores. Pero también venimos acá por una sensación egoísta. Nos gusta estar acá. Es el estilo de vida que elegimos. A mí me pasa eso. Sigo creyendo en mis principios en mis valores. Estoy acá para hacer algo por los demás. Pero también estoy acá por mí mismo. Hoy por hoy no se me hubiera ocurrido otra manera de vivir mi último año y medio.

- ¿Y qué elementos personales te ha cambiado el hecho de vivir aquí?

Estar acá me ha hecho valorar mucho cosas que antes quizá no les daba importancia. Por ejemplo, sí que me ha provocado mucho más desapego a lo material. Me ha hecho entender eso de vivir cada día, de no tener miedo de pensar en el futuro. Toda esa seguridad del modelo de vida que tenemos, de que uno tiene que pisar sobre seguro, tanto en lo económico como en lo profesional. Todo eso acá lo perdí. Será por ver qué rápido se puede apagar una vida que ahora vivo al día. Soy éste y quiero hacer esto.

- Para conocer África hay que mirarla largo rato. Hay mucho oculto.

Sí, es algo que a mí me apasiona y que tiene que ver con la propia cultura africana. Difícilmente a nosotros nos la muestren, pero después, poco a poco la vas descubriendo. Cómo se relaciona la gente entre ellos. Todo el tema de las creencias, de sus relaciones de poder, de su concepción de lo que es una familia y cosas que no las hablan y que ir descubriéndolas me ha parecido apasionante.

-Y además tenemos la fechizería.

Mirá, yo creo que el eje central de la cultura africana pasa por la fechizería y por el curandero. Es más fácil verlo cuando establás relación con personas de estratos sociales más bajos. Lo expresan más. Pero también me he encontrado con empresarios, con médicos hasta con personas con altos cargos en el poder, formados en Europa con master, etc, que, aunque no lo muestran, porque lo viven oculto, al final para ellos termina siendo tan importante como para cualquier vecino. Es algo que está muy arraigado en las personas.

Hay montones de cosas que a nosotros a primera vista nos resultan inentendibles. ¿Cómo puede ser eso? Al final tiene su causa o su explicación en todo lo que no vemos. Desde enfermedades hasta lo poco que se cuidan acá los bienes materiales o las relaciones entre las personas. Porque uno puede mandar a matar al otro a través del curandero. Eso fue una parte que no me gustó a mí de la cultura africana. Que el fetiche mete mucho miedo a las personas.

- Estás a punto de regresar. Te vuelves de África. Después de haber estado año y medio aquí, Con respecto a la realidad, ¿te regresas más optimista o más pesimista?

Yo creo que la esperanza no se puede perder nunca. Ya lo dijo el Che, la única lucha que se pierde es la que se abandona. Sigo convencido. Pero sí que soy más pesimista que cuando llegué. Y al final yo creo que el egoísmo, la indiferencia, la ambición, todo eso que nosotros podemos acusar a ciertas clases o gobiernos de occidente, acá también lo vas a encontrar. Porque creo que al final es innato de las personas. Sean africanas o norteamericanas. La vieja discusión de si por naturaleza el hombre es un ser egoísta o es un ser social. Yo, más bien soy pesimista. Pero lo que tengo claro es que hay montones de razones para seguir luchando. Aunque hoy por hoy si te dijera que veo un futuro esperanzador, te estaría mintiendo. Pero hay que vivir con la mayor coherencia posible con uno mismo. Al final, cada vez encuentro más gente con ganas de vivir de otra manera. Lo que pasa es que al final, todos estamos pillados, porque el sistema nos tiene agarrados. No podemos prescindir de un montón de cosas que generan esa desigualdad. Creo que, de a poquito tenemos que tratar de vivir más coherentemente y no tener miedo a desprendernos de un montón de cosas que son causa de aquello que tanto nos enoja pero que es parte de nuestra vida diaria. Es difícil, ¿no?

- ¿Contra quién jugáis el sábado?

Contra los de la aldea de Majate.

- Iré a ver el partido y de paso echaré unas fotos.

Dale, estupendo. Es increíble lo que une el fútbol. Creo que es verdaderamente el idioma universal. Poné un árabe, un chino, un blanco, un negro con una pelota y por más que no se hablen, cada uno va a saber qué rol ocupa, y se entenderán sin problema. Es maravilloso. Veintidós tipos grandes corriendo detrás de una pelota como niños.

- El futuro son los niños

Si, y nadie les puede robar la sonrisa