domingo, 4 de mayo de 2008

Mozamateando

El baño era una choza cercana a la que teníamos para dormir. El sonido de la vegetación nocturna en mitad del campo africano era una incesante música minimalista que anunciaba misterios y que animaba a cobijarse. Yo fui al allí como última actividad del día. Entré a la luz de mi linterna, me bajé los pantalones y entonces comenzó el ataque. Eran dos y fue a traición, ya que, tal y como me encontraba no podía defenderme.

Me había dado repelente en los pies y tobillos, pero no en las piernas, y fue ahí donde se dirigieron esos inoportunos insectos voladores. Con una mano daba manotazos en el aire. Con la otra los trataba de alumbrar. Una palmada aquí, otra allá. La situación era complicada. Yo ya había comenzado con la tarea, y no era posible interrumpirla. Además, me enojaba sobremanera que esos insignificantes insectos vinieran a molestar una actividad tan personal. No fue fácil realizar la operación de manera completa y sin dejar de defenderme. Sentí un picotazo en la pantorrilla y seguido otro en la parte trasera del muslo. Eché atrás la mano y algo se quedó entre los dedos. Tenía los restos de un mosquito y estaba bañado en sangre. ¿Era mía o de otra víctima? En ese instante recordé que para que el mosquito de la malaria contagie el paludismo ha debido picar previamente a otra persona con malaria. ¿De quien sería esa sangre? Me limpié las manos con jabón, fui a mi choza, me metí debajo de la mosquitera con los picotazos en pleno proceso de hinchazón y me dormí blasfemando y con la fe puesta en que dentro de diez días no me subiera la fiebre.

A la mañana siguiente salimos a las siete y media, después de un desayuno que consiguió mantener nuestros estómagos distraídos hasta la noche. Nos encaminamos hacia el Gorongosa, actual Parque Nacional, y antes, retaguardia de la Renamo, la guerrilla financiada por la Sudáfrica del apartheid. De pronto nos dimos cuenta de que andábamos muy escasos de combustible. Atrás llevábamos dos bidones de veinte litros, pero debíamos asegurar alguna gasolinera. La vegetación era hermosa, salvaje. Llegamos a la localidad del mismo nombre, Gorongosa con el depósito casi vacío. La gasolinera del pueblo eran dos jóvenes que vendían bidones de 20 litros, como los que nosotros llevábamos. Estábamos en la tarea de llenar de petróleo nuestro todoterreno cuando se acercó un hombre metido en edad. Traía en sus manos una lata de pintura de cinco litros con una sustancia blanca en su interior parecida al maíz molido.

- Señores, aquí tengo fetiche. Si prueban esto se les va a poner así de dura –prometió, apretando el puño- para hacer feliz a la mujer.

Todos los presentes se rieron a carcajadas mirando nuestra caras de asombro. Nico, rápido de reflejos sacó el mate.

- Yo también tengo fetiche. Fetiche de blanco. ¡Mire!

Las carcajadas se transformaron en una sonrisa aguijoneada por la curiosidad. Todos se acercaron un paso más. Nico abrió el saco de yerba argentina, rellenó el mate con la maestría del pampero, colocó la bombilla y lo cebó. Todos los presentes seguían el proceso en un silencio casi religioso. Le ofreció la primera mateada al “vendedor de viagra”, que lo recibió con una seriedad exagerada. El hombre fue a darle un sorbo. El argentino vio en ese error casi un sacrilegio y le corrigió.

- Tiene que chupar por aquí, por la bombilla.

El hombre le obedeció. Todos los presentes lo miraban hipnotizados. Acercó sus labios, inhaló y el brinco que dio provocó un susto seguido de una carcajada general. El fetichero no se esperaba que “ese fetiche de blanco” tuviera ese sabor y menos que estuviera tan caliente. Otra chupada, otro brinco y otra carcajada.

Después de esto, Nico no pudo rechazar la oferta del fetiche en bote de pintura y aceptó una cucharada.

Pagamos el gasoil y seguimos nuestro camino al sur. Aún nos quedaban muchos kilómetros. Al rato pregunté a mi copiloto.

- ¿Qué? ¿Se te está poniendo dura?
- Mirá che, dura no, pero a saber qué mierda era eso. Me da la sensación que los árboles se inflan y se desinflan.

- Bueno, pues mejor prepárate otro mate, ¿si?

- ¡Dale!


Seguíamos atravesando el Gorongosa. De reojo observé a mi amigo. Miraba los árboles con una sonrisa tranquila.

-¿Sabés qué? –
me dijo de pronto- a este capítulo de tu blog le podés llamar “Mozamateando”.

Se hacía de noche y nos acercábamos a la provincia de Inhambane.


1 comentario:

Aitor dijo...

Jodé hermanito, si es que no te dejan ni cagar tranquilo.
Aprovecho el título de este capítulo para hacerme yo también un "matesito" y tomarlo a vuestra salud.
Un abrazo finito y sonoro como cuerda de guitarra.
Aitor