miércoles, 7 de noviembre de 2007

Callejero

Segundo día en Maputo. A la noche los mosquitos nos recordaron que para algo habíamos traído repelente. Edna de cabeza ya en el trabajo. Yo me volví a lanzar a la calle.

Esta vez quería ir más allá. De nuevo por la Avenida Lenin dirección sur. Más de media hora andando y llegué hasta la Avenida Ho Chi Min. Giré por ella hacia la Olof Palme hasta llegar a la Avenida Albert Luthuli, y una cuadra más, en la 24 de Julio al fin llegué al objetivo que me había marcado, el Museo de Arte Nacional. Una de las salas estaba de obras, la otra de cambio de exposición, así que sólo me quedaba la tercera. Ahí había pinturas de artistas nacionales como Malangatana, Bertinha Lopes o Mankeu cuya obra “Luto” fue de las que más me gustó. Muchos cuadros tenían de común la plasmación de un pasado reciente donde la guerra, el dolor y el miedo fueron compañeros diarios en la vida de las y los mozambicanos.

Pero ahora los tiempos son otros. Un amigo búlgaro que vive en Bilbao me había mostrado sonriendo su temor al hecho de que en la bandera del Mozambique hubiera un escudo con la azada y el fusil kalasnikov. “¿Pero a qué país van?” me decía. Al salir del Museo me encontré con el primer kalasnikov. Lo llevaba una mujer policía. Aquí, las mujeres siempre llevan algo. Todo tipo de objetos en las manos, cajas en la cabeza, niños en la espalda. Siempre van cargadas de cosas. Es difícil de creer, pero además sonríen. Y hay grupos de hombres en todas las esquinas. Unos vigilan, otros dormitan, muchos hablan, los más miran. Miran a la gente que camina. A los blancos o a las mujeres que van cargadas de cosas. Al infinito. O hacia adentro.

Caminando me encontré en la Avenida Guerra Popular. Ahí la mitad de la gente vendía en la calle desde teléfonos hasta zapatos de tacón o camisas. Y la otra mitad caminaba, esperaba las chapas (que es como se llaman las furgonetas que trasladan a las personas de lo más apretaditas) y falaban y se reían. Un caballero de mediana edad y vestido con una camiseta del Che conversaba con una mujer. Mientras, ella, exactamente igual que en otros miles de lugares le limpiaba la pelusilla y el polvo de la pechera de esa camiseta. Podía ser una camiseta del Betis o del Peñarol en una calle de Sevilla o de Montevideo. Pero era del Che, en la Avenida Guerra Popular. Esto es Maputo. Pero las mujeres quitan la pelusilla de la pechera de los varones al parecer igual en todas partes.

Regresé a la casa de huéspedes donde nos alojamos en la Rua da Resistencia (que según Enrique es por los infernales baches que hay que sortear) pasando por delante de dos mezquitas significativamente hermosas. A sus puertas los mendigos se alineaban en un orden perfecto con las palmas de las manos extendidas. Cerca había un restaurante especializado en pollo. Según rezaba un cartel a la entrada, su comida estaba autorizada por Alá.

Maputo loco, contradictorio, vivo y miserable. Maputo sujeto a la vida con alfileres, con ayuda exterior y con más de una carambola. Maputo, donde la gente no añora la guerra. Una se ganó, contra los portugueses, y otra se empató, contra la guerrilla de la RENAMO apoyada y financiada desde el racismo que gobernó en Sudáfrica y en Rodesia. ¿La tercera?, ¿la de la globalización, las multinacionales, el Fondo Monetario y el Banco Mundial? Para unos se está ganando y para otros se está perdiendo.

A la noche nos invitaron a cenar. Fuimos a casa de una pareja de españoles que llevan aquí siete años y que hablaban los dos al mismo tiempo. Antes estuvieron dos años en Luanda, Angola. Decían que cuando llegaron a Mozambique esto les pareció el paraíso. Que en Luanda, el nivel de peligrosidad era tan alto que no se podía ir solo a ningún sitio. Su historia era bastante fuerte. Ella no había salido nunca de España. A los 9 meses de conocerse se casan y se van a Guatemala. Y de allí a Angola. Y después aquí. Y con dos hijos que ahora tienen alrededor de diez años y que cuando van a Madrid, a las dos semanas están ya con ganas de regresar a África, “porque en España jugamos encerrados en casa, y aquí en la calle”

Esta vez, para regresar tomamos un taxi que nos trajo por 200 meticais, 100 que es lo habitual, 50 por nocturnidad y otros 50 por ser europeos. Nos pareció justo.

2 comentarios:

Pablo dijo...

Da gusto leerte, Carlos! espero que os vaya estupendamente en esta aventura mozambiqueña, tus primeras experiencias auguran grandes momentos.
Un abrazo desde Bruselas,
Pablo

Natalia dijo...

¿Qué mejor manera de sentirlos más cerca? Gracias por el relato, Carlos. Vamos recorriendo vuestros pasos, día a día.
Abrazos para los dos desde la primaveral Montevideo,
Natalia y toda la gente de Signo.