jueves, 22 de noviembre de 2007

Baobab, el árbol engreído


“Solo te voy a pedir una cosa. Que me envíes la foto de un baobab” me dijo Anaitze. Desde entonces, cada vez que veía uno, o no tenía la cámara de fotos a mano, o era de noche. Pasaban los días y mi amiga, en Donostia esperaba paciente.

El baobab es el hipermercado de los africanos. Provee alimento con sus hojas hervidas. Pegamento con su polen. Refresco con su fruto. Medicamentos con su pulpa. Cuerdas, cestos y quinina con su corteza. Remedios contra el hipo con sus semillas. Instrumentos musicales y desodorante. Incluso casas, graneros o garajes con sus enormes troncos huecos.

Aquella mañana me levanté con la obsesión de meter ese árbol dentro de mi cámara olympus. Después del trabajo fui con el coche donde sabía que había dos. Pero sin darme cuenta pasé de largo. Eran las cinco y diez de la tarde y comenzaba a anochecer. Frené para dar la vuelta. Alguien se me acercó y me pidió que le llevara. En esos casos no sé decir que no.

Varias leyendas acompañan la belleza de este árbol milenario. La más reciente habla de que en la peluquería de los árboles se les fue la mano con el secador. Otra cuenta que cuando Dios hizo los árboles, el baobab se mostró demasiado engreído de su tamaño y extraña hermosura, por lo que el Hacedor, con un cabreo similar al que se agarró el rey con Chávez en la última Cumbre Iberoamericana le dio la vuelta dejando sus ramas enterradas y la raíces hacia arriba. Es decir, puso al baobab haciendo el pino. Una variante de la misma dice que Dios dio a cada animal un árbol para que lo plantara. A la hiena, le tocó el baobab, y como es el bicho más tonto (dicen), no supo plantarlo y lo hizo al revés.

Después de dejar al paisano en su lugar regresé lo más rápido que me lo permitía la autoridad de tráfico y pendiente de la poca luz que quedaba. Llegué, me bajé del vehículo y cuando me acercaba alguien me llamó. Me giré. Era una mujer. Fátima quería dos cosas. Que le hiciera una foto y que le comprara un puñadito de frutos secos. En ese orden. Tras atender a Fátima, me terminé de aproximar al objetivo. Entonces, me rodeó una nube de criaturas. Cada niño quería su foto. Ahí mismo, un grupo de jóvenes jugaba al fútbol. Los deportistas también reclamaron mi atención audiovisual. El sol se escondía.

Algunas de las ramas de los embondeiros, como llaman también aquí a los baobabs entran en el espacio de la magia. Se dice que el que beba una infusión hecha de semillas de baobab no sufrirá nunca el ataque de los cocodrilos. Pero si se atreviera a arrancarle una flor morirá devorado en las fauces del señor león.

Al fin, y con todo el mundo satisfecho me alejé caminando. Desde la distancia enfoqué. Ahí estaban, hermosos, a contra luz dos enormes y ancianos árboles africanos. Apreté el obturador. En ese momento en la pantalla apareció el anuncio: “Batería agotada”. ¡Será engreído este árbol, que no se deja fotografiar!

1 comentario:

J dijo...

Te puedo imaginar conduciendo, con un codo apoyado en la ventana abierta, a la caza del engreido.
Pantxo y a la vez solícito con los locales. Eso si, viendo como el sol cae a la par de una gotilla de sudor que dice desde la frente: no vas a llegar a sacar la foto.
Paciencia hermano.
Besos