


Se hacía tarde. El avión para Zanzíbar no esperaba.
Nueve meses en Mozambique. Todo comenzó con el "Aterrizaje" y todo cambió con la luna...
sutilezas cambiarias) y nos estampó otro sello al pasaporte. Uno de los mejores sitios para cambiar es el propio aeropuerto. Doscientos cincuenta euros se transformaron en 39 mil shilling. Por 20 dólares un taxista llamado Ngaga nos llevó al hotel Peackoc. Es el hotel que usa Banoa. Está en el centro. Y está bien. Un poco demasiado elegante para nuestro presupuesto, pero ¡por una vez…!
llevaba una muchedumbre a Kigamboni, a 600 metros, al otro lado de la bahía. Los borrachos nos seguían saludando entusiasmados. Los taxistas nos ofrecían su vehículo. Los niños nos miraban y se reían. Llegamos hasta el mercado del puerto. Junto a él, en la playa la vida se agitaba al ritmo de la venta del pescado recién capturado. Un auténtico espectáculo. La vida aquí bullía. Giramos por la calle Magagori, junto al State House. Caminábamos y al mirar los jardines a través de las rejas vimos que ahí pastaban, ajenos a todo, una manada de gacelas. Edna se excitó. “Sácales una foto”. Un sexto sentido me dijo que no. Recordé al policía que con su kalasnikov me echó de la acera junto a la que está la casa del gobernador en Pemba. Dimos unos pasos y en ese momento alguien chistó por atrás. No hice caso. Llevábamos toda la tarde siendo llamados, saludados, señalados. Volvieron a chistar. Me giré. Era un señor de mediana edad. Lo que me hizo detener y esperarle es que no iba borracho. Es decir, no venía a darme un abrazo de bienvenida. Sacó de su bolsillo una tarjeta de plástico y me la enseñó. “State Police”.
- Bueno tiene que tener un permiso mozambicano
- Perfecto. ¿Y qué tengo que hacer para eso?
- Tiene que traer seis fotos, fotocopia del pasaporte o del DIRE (Documento de Identificaçâo e Residência para Estrangeiros), fotocopia de su carnet de conducir español y la traducción hecha por el Instituto Oficial de Lenguas al portugués, un certificado médico y un certificado del Registro Criminal
Resoplo pero Diaz le da las gracias y nos vamos.
-Diaz, ¿dónde es eso del registro criminal?
-No se preocupe. Vamos a por ello
El Palacio de Justicia tiene a su izquierda una habitación con un mostrador. La oficina es amplia. Destaca una fotografía de Armando Guebuza, el presidente de la República. Una decena de funcionarios trabaja a la velocidad que el calor lo permite. Despacio. Cada mesa tiene un enorme letrero en mármol con letras esculpidas en bajo relieve: “Registro Criminal”, “Registro de Tenencia de Tierras”, “Notariado”, etc. El mostrador deja un espacio de unos doce metros cuadrados para el público. Ahí nadie jamás hace cola y siempre está a rebosar de gente. Los cuento. Cuarenta y dos personas se apretujan unas contra otras sujetando con sus manos en alto recibos, impresos, formularios. En ese universo nos tenemos que introducir. Diaz se sumerge y yo le sigo. La temperatura literalmente aumenta. De los diez funcionarios que hay sólo dos atienden al personal. El resto… Una lee el periódico, otra escribe algo, tres hablan y se ríen y dos están eligiendo un salvapantallas para el ordenador que a todas luces acaban de instalar. El notario firma y pone sellos. Hay un truco para ser atendido. Uno sencillo. Se trata de conseguir atraer la mirada de alguien de los que está al otro lado del mostrador. Para ello hay que estar ágil. Y cuando de pronto las miradas se cruzan hay que mantenerla con seguridad y levantar las cejas. El funcionario se queda ahí atrapado y en ese momento se grita “Certificado para Registro Criminal”. ¡Eureka! El funcionario se acerca arrastrando los pies. Pero… Los impresos se han terminado. “Vuelva mañana”
Apenas son las diez y media de la mañana. Tengo que ir a trabajar. Dejaré para más adelante el resto de papeleos.
El proceso para sacar el carnet de conducir mozambicano se alarga. Una vez conseguida la solicitud del registro criminal que tardará un mes en llegar me entero por otra vía que al llevar menos de cinco años en el país, el registro ha de ser español, es decir, el original del certificado de penales que quedó en migración, ya que también ahí me lo exigían debidamente traducido en el Instituto de Lenguas. Habrá más fotocopias autenticadas, certificados que faltan, traducciones oficiales, exámenes médicos, fotografías, nuevas autenticaciones, etc, etc, etc. Pero no quiero aburriros. Si todo el tonelaje burocrático termina bien, a finales de enero tendré que hacer dos exámenes de conducir, uno teórico y otro práctico para que al fin pueda cambiar mi carnet español por otro de aquí y evitar al menos así esas multas. ¿Saldrá bien? Ya lo veremos.
De momento nos vamos a ir a Dar el Salam, Zanzíbar y Maputo.