lunes, 3 de diciembre de 2007

Contarlo


Una vez más se fue la luz. Escribía con la batería que conservaba el portátil. Se fue la luz en el instante en el que por fin pensaba pegarme una ducha. Pero sin luz tampoco había agua. Así que agarré la computadora y me puse a escribir con un sudor pegajoso que aplastaba contra la piel todo tipo de insecto. Eclosionaban los muy cabrones. Horas antes había caído la primera tormenta tropical de la época de lluvias. Aún no nos habíamos levantado. Amanecía y la cascada me despertó. No fue una lluvia torrencial. Fue algo más. Una lluvia-cortina, una lluvia que aplasta, que pesa como una pared, que además huele, que casi asusta. Por suerte duró poco. Pero lo suficiente como para que todos los insectos que pican y los que no pican apareciesen en masa al atardecer. Justo cuando me iba a meter en la ducha. A Edna le picó uno. Fue un picotazo agudo que se multiplicó por la espalda en forma de numerosos alfileres. Dentro de la casa sonaban más insectos, frotar de alas, chirridos agudos, revoloteos invisibles. Sudando y a oscuras busqué una medicina para Edna. Esa noche la casa era un charco caliente y nosotros los habitantes de mayor tamaño compartiendo espacio con numerosas criaturitas. ¡Animalitos…!

La luz no volvía y yo seguía frente al Mac escribiendo sobre la perplejidad. Sobre aquellos ojos que me miraron inmóviles y fijos. Llevaba todo el día dándole vueltas a un estado de ánimo extraño que me pesaba y que paralizaba mis músculos. Me hacía preguntas desordenadas y ninguna respuesta se asomaba. Habíamos ido a Mariri, en el distrito de Ancuabe. El camino estaba salpicado de chozas de adobe y cañas. Un conjunto de chozas hace una aldea. Punto. Nada más. No hay plaza central. No hay tiendas de nada. No hay más que niños, mujeres con más niños y de vez en cuando hombres caminando. La tierra roja era de una belleza engañosa. Niños, más niños en medio de la nada. Correteando o agazapados sobre esterillas, en una tierra quemada. Con gigantescos hormigueros de termitas. Con solitarios baobabs. Con suerte, un pozo. Se sabe por la acumulación de colores. Las mujeres cargan bidones amarillos. Las telas que las cubren, llamadas capulanas son de colores intensos. Esa reagrupación colorida en un solo punto quiere decir agua. Mujeres extrayendo agua del interior de una tierra que sólo da eso y un poco de mandioca. Tierra arrasada con gentes que milagrosamente sobreviven. Llegamos para ver cómo iba la construcción de unas escuelas en ese lugar en el que antes había estado una Misión. Tras la independencia se nacionalizó y ahora se rehabilitaba con ayuda de la cooperación extranjera. No era un lugar que estuviera en ninguna ruta turística.

Caminábamos por la zona. Cerca de un pequeño lago los vimos. Nos encontramos con una veintena de personas sentadas en el suelo. Mujeres con bebés en sus regazos. Criaturas silenciosas. Hombres inmóviles. Desde el suelo, todos fueron girándose despacio para mirarnos. Vestían con colores mucho más alegres que sus rostros. Nadie decía nada. Sólo nos miraban. Ojos grandes, inexpresivos. No había nadie que nos ignorase, nadie dejaba de observarnos. Y al mismo tiempo, un grueso muro nos separaba. Un muro de códigos, de siglos, de un continente robado, diezmado, secuestrado. Un continente con más de cuatro siglos de esclavitud. Me sentí cohibido. Pasamos cerca de ellos. Les saludamos. Nadie contestó. Todos nos seguían con la mirada. Con una mirada en la que se mezclaba curiosidad y temor. Nadie sonreía. Nadie lloraba. Ni los niños. Nadie hacía el menor gesto, la menor muestra de algo. La cámara de fotos la tenía a mano, pero no podía sacarla. No podía violar esa realidad con una vulgar cámara de fotos. Esa escena no entraba es ningún aparato. ¿Quién era yo para enfocar con mi objetivo su supervivencia? Era como un rebaño de seres humanos. Un rebaño paralizado. Ocupado exclusivamente en existir. Y al mismo tiempo, seres humanos carentes de todo. Dueños sólo de las telas que los cubrían. ¿Qué pensamientos recorrerían sus mentes? ¿Cómo verían ellos a estos extraños seres blancos de pelo laceo y andar raro? ¿Y yo, dónde me situaba? ¿Qué hacía haciéndome estas preguntas?

Quizá, para eso estoy aquí. Para contarlo, a la luz de esta vela y rodeado de insectos.

2 comentarios:

Aitor dijo...

Querido neno. Tras unos días alejado de los pequeños placeres de tus letras; acabo de ponerme al día... todo un lujo de varios trocitos de áfrica para mis glotones ojos.
Y en la lectura de mi desconocida áfrica no dejo de encotrarme esos lugares comunes que tú me enseñaste. Ese carlitos que quiere cambiar el mundo, ese Galeano que tú me descubriste, pero lo que más me gusta de leerte (especialmente en el capítulo de Edna), es no encontrar ese invierno que un día, hace unos años se nos metió en el cuerpo.
Una vez me dijiste que nunca está tan oscuro como antes de amanecer... todavía falta mucho, pero ya brilla un poco más la mañana.

pilar dijo...

Leyendote sentimos el calor y vemos los colorines . Es mucho lo que dice una mirada, y aún más el reconocerlo. Como aquel proverbio árabe:"Quien no comprende una mirada, tampoco comprende una larga explicación."
Me alegro mucho de haberos encontrado. Es un placer leerte.
Seguir viviendolo y contandonoslo.