lunes, 14 de enero de 2008

Días de urbe

Cuando le conté a mi sobrina Alba el nombre de la capital del país al que nos veníamos a vivir me dijo “Ala, tío, no digas palabrotas”. Maputo nos recibió más gris que de costumbre. Habíamos venido a trabajar a la ciudad un par de semanas. Edna tenía reuniones y planificaciones impostergables y a mí, que trabajo en la distancia me venía de perlas la conexión ADSL de la capital a diferencia de la “de pedales” de Pemba. Por la tarde, a partir de las 16 horas quedábamos libres.

El primer día enfilamos la calle Olof Palme hasta llegar a la Plaza de la Independencia, justo después de la Rua Ho Chi Min. Es el punto central de la ciudad. La explanada de las fiestas de fin de año, de las conmemoraciones, de los vivas a la recuperación de la Central Hidroeléctrica Cahora Bassa y a la soberanía nacional, etc. A un costado se encuentra la Catedral de Nossa Señora da Conceiçao, al frente el Concelho Municipal. Muy cerca está el Centro Cultural Franco-Mozambicano. Alrededor de ese lugar se mueve mucha de la “movida” de la ciudad. Ciclos de cine independiente, teatro, exposiciones, conferencias, etc. Estábamos ávidos de cultura. ...Y también estábamos gafados. Al pegar nuestras narices al cristal de la puerta cerrada, un guarda de seguridad nos explicó que el Centro estaba cerrado por vacaciones durante toda la semana. Frustrados seguimos caminando. El cielo encapotado amenazaba. Estábamos en la Rua Samora Machel, donde una estatua del libertador con el brazo levantado recuerda que en este país hubo una vez una revolución. Entramos al jardín Tunduru y llegamos hasta la Rua 25 de Setembro. Queríamos buscar algún lugar para sentarnos a tomar una cerveza. Nos costó, pero lo encontramos. Comenzaba a oscurecer a la vez que caían las primeras gotas de medio litro cada una. Yo llevaba alpargatas amarillas. En mi país se dice que cuando sales a la calle con alpargatas llueve. Parece que aquí también era así. Aún eran las seis de la tarde. No encontrábamos qué hacer, ya que pasear bajo la lluvia no era buena idea. ¿Ir al cine? Preguntamos al camarero y nos señaló un teatro que se encontraba al frente. Cruzamos esquivando coches. Había un espectáculo musical y la entrada era libre. Estupendo, ¿no? Edna torció el morro y nos pusimos a leer con detenimiento el cartel anunciador. Destacaba la fotografía de una jovencita mulata de perfil muy sonriente que miraba hacia el techo con los brazos extendidos. Anunciaban un espectáculo de rock, entrada libre… para dar gracias a Dios por ser sus hijos. ¡mmmmmmmmmm! Como que no nos venía bien. Cabizbajos y mojándonos subimos de nuevo por la Rua Samora Machel. Él seguía con el brazo levantado. Señalaba algo. Seguí la dirección de su dedo. Apuntaba a la entrada de un cine. Cruzamos la calle. La sesión justo comenzaba. ¡Gracias, Samora! Era una película gringa de buenos y malos. Todos eran de la CIA. Los buenos y los malos. Nuestra primera película en Mozambique. El volumen era tan atronador que no se entendían los diálogos. Por suerte era en versión original y los subtítulos estaban en portugués. Olía a meados y los asientos eran más que incómodos, pero estábamos felices. Es curioso cómo se valora lo que se consigue sin la normalidad de lo cotidiano. Cómo saboreas una cerveza o qué feliz te hace ir al cine en estas condiciones. La película era de acción y espías desviados del “camino correcto”. Espías que seguían las sugerencias de Bush de aplicar “presión física”, es decir torturar. Y otros espías a los que eso no les parecía bien. En una de las persecuciones automovilísticas, y cuando ya nos habíamos olvidado del volumen y el olor, de pronto… ¡Ploffff! ¡se fue la luz! ¡No era posible! Pemba nos perseguía como una pesadilla. Para animar el ambiente un tipo que estaba en la butaca de atrás puso música marrabenta con su celular. Al cuarto de hora regresó la energía, la persecución y el volumen para sordos. Cuando terminó, los buenos ganaban y los malos iban a la cárcel. Si la vida real fuera así, ¿eh?

Salimos del cine. Seguía lloviendo. Samora nos saludaba con su brazo. Caminamos unas cuadras hasta llegar al hotel Rovuma. Desde allí, un taxi nos llevaría hasta la casa de huéspedes. Ahí teníamos (si todo funcionaba bien) una estupenda conexión de Internet que haría posible hablar a través del Skype. Llevábamos demasiado tiempo sin ver a nuestras familias.

Seguía lloviendo. Y al día siguiente también. Y al otro. Fui a comprar un paraguas. El dependiente me mostró los dos modelos que tenía. Unos grandes, nigerianos y de 30 meticais. Y otros pequeños, chinos y bastante horteras de 70 meticais. Curiosamente el tipo me dijo con una autoridad que me sorprendió que comprara uno chino, que el nigeriano era muy malo. Desde crío me ha gustado hacer lo contrario de lo que me dicen, así que salí contento de la tienda con el enorme “guardachuvas” nigeriano dejando al tendero con su cara de resignación.

Otro día nos encaminamos por la Rua Mao Tse Tung hasta la Avenida Julius Nyerere. De ahí hacia el sur. Pasamos por delante del hotel Polana. Me hizo gracia verlo porque era el hotel que salía en un libro que estaba leyendo titulado “El cerebro de Kennedy” de Henning Mankell. La protagonista llegó a Maputo en busca de respuestas por el suicidio de su hijo en Estocolmo. Se paseaba por las calles de Maputo igual que nosotros, sólo que con más miedo. Eso hizo que en un momento determinado la atracaran en la Rua Mao Tse Tung.

Frente al hotel y en varios lugares a lo largo de la Rua había puestos de artesanía en madera. Trabajos hermosos. Seguimos caminando. Nos habíamos citado con Amor, un amor de mallorquina que trabaja para una ONG de emergencias en la zona central del país. Pero antes caminamos junto a la costa Índica por la Rua Federico Engels. Las casas que aquí veíamos eran un decorado perfecto para las empleadas que con sus uniformes de chachas paseaban los perros de raza de sus dueños. Imagino que también “de raza”. Si Engels lo viera ¿qué diría? ¿Quiten mi nombre de esta calle? Llegamos hasta un centro comercial. Entramos y alucinamos. Tiendas de ropa, teléfonos celulares, Play Station, de deporte… Incluso un delicatessen. ¡Chorizo, jamón serrano, vino! Frente a la tienda y con una mano en el pecho prometimos que un día de estos cenaríamos en la habitación de la casa de huéspedes jamón, queso, chorizo, pan y vino. Fuimos a buscar a Amor y estuvimos con ella charlando e intercambiando sensaciones, opiniones, dudas, risas hasta que nos despedimos felices de tener una nueva amiga.

Para celebrar eso y otras cosas, al día siguiente cumplimos lo prometido con vino alentejano, jamón, chorizo… A media noche me levanté muerto de sed. Tuve que bajar a la cocina. Edna se había bebido la botella entera poco antes. Los putos mosquitos no daban tregua. Me reí yo solo al recordar lo de “Ala, tío, no digas palabrotas”.

3 comentarios:

Esther dijo...

Kaixo bikote!
Parece que los bloggeros seguidores de "Mozambiqueando" han comenzado este 2008 un poco remolones, no os parece? Venga, yo rompo el hielo... Ya veo que has aprovechado las buenas conexiones ADSL que ofrece la capital para ir alimentando un poco más tu blog con unas cuantas fotos. Me encantan las que recogen pintadas porque son muy significativas de las luchas, sentimientos de cada país. Yo recuerdo una que vi que me gustó, decía: "Pan para el pueblo" y debajo había añadido alguien: "... y para las ciudades pequeñas!".

Muxu eta zaindu!!

Ana dijo...

Tu sobrina ahora duerme, se ríe viéndose escrita en tu blog. Te extraña y quiere que le lea tus historias. Todos esperamos con calma que llegue septiembre para que nos las cuentes en persona.

Aitor dijo...

nenes, un fuerte abrazo desde este rinconcito del mundo. Somos muchos lo que nos acordamos mucho de vosotros y le rezamos a nuestra particular virgen de la locura.
Cuídaos mucho