
Cuando conocí a Felicidad a finales de los años setenta en El Salvador nadie utilizaba el correo electrónico ni internet. Yo escribía cartas a mano a mis amigos lejanos que tardaban más de una semana en llegar a su destino y más de dos en ser contestadas. Entonces, mi héroe era el cartero.
Treinta años más tarde, Felicidad, Doña Feli es una abuela a sus casi setenta años. Trabajó toda su vida como empleada. Lisset y Susana sus dos criaturas la acompañaban allí donde fuera. En nuestra casa encontró trabajo y acomodo. Y nos hicimos de la misma familia. Se sentaban las tres a comer con nosotros en la misma mesa. Las críticas de algunos compatriotas nos llenaban de orgullo.
Meses después comenzó una guerra muy fácil de explicar. Unos pocos querían mantener lo mucho que tenían a costa de sangre y cañonazos. Unos muchos querían que se repartiera equitativamente algo más de lo nada que tenían. Fueron doce años de guerra. La guerrilla del FMLN derrotó varias veces a ese ejército genocida. Pero los Estados Unidos de Reagan y de Bush lo reponían una y otra vez provocando el mayor daño que un pueblo de gentes humildes pero decididas podía soportar.
Llegó una paz firmada por agotamiento y sobre unos acuerdos nunca cumplidos aún. Lisset y Susana crecieron y Doña Feli, poquito a poco se fue arrugando fiel siempre a una sonrisa con ojos de almendra. Años después fui a visitarla. Su alegría por abrazarme me estremeció por completo. Debería ser delito no querer a esta mujer.
El fuego cesó y la injusticia económica se mantuvo. El Salvador fue dolarizado y su vida diaria norteamericanizada. Y entonces la miseria se enfrentó con la emigración. Y el país más chiquito de América vio partir a sus hijos e hijas hacia el norte. Hacia ese mismo país responsable de tanta sangre. Y el sur de Estados Unidos fue poblándose de gentes de hablar suave, de “guanacos” compatriotas de Roque Dalton, “los eternos indocumentados, los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo…”
Y así, mientras Doña Feli seguía trabajando de casa en casa en un país sin jubilación para las empleadas y Susana bregaba contra una realidad difícil también para las mujeres jóvenes, Lisset partió y se embarcó en la única emigración posible, la que no da papeles. La que transforma en clandestinas a las personas, pero al menos le dificulta a la señora de la guadaña que venga antes de tiempo, si hay suerte. Más tarde se casó y tuvo una hija.
Felicidad quería conocer a su nieta, volver abrazar a su hija. Fue a la embajada de Estados Unidos y solicitó el visado para visitar “por unos diítas a mis niñas”. ¡Denegado! Doña Feli se hacía preguntas. ¿Porqué no me dejan ir a verlas? Y volvió a la embajada con más papeles, con nuevas súplicas. ¡Visado denegado! Y una vez más, con su hablar dulce solicitó que tuvieran compasión y… ¡Denegado! Así hasta cinco veces en tres años.
Al abrir hoy en África mi correo electrónico, he recibido desde Europa la mejor noticia sobre América.
“…Hace dos semanas Doña Feli ya no pudo mas y decidió que su corazón de madre no iba a esperar ningún papel de autorización para ponerse en camino. Hizo sus maletas, se despidió de los amigos diciendo que se iba para México a ver a la Virgen de Guadalupe y así en trayectos de bus llegó hasta la frontera con EEUU. Luego vinieron caminos polvorientos, trayectos medio escondidos, horas de tensión y de miedo. El ritmo del corazón a mil, dormir y comer en cualquier lado, y la ilusión cada vez mas grande porque avanzaba más y más en el camino y no había forma de pararla...siga Felicidad, siga, parece que lo va a conseguir.
Hace media hora Doña Feli ha llamado por teléfono para contar que llegó ya a su destino, más allá de Houston, feliz, victoriosa, radiante....dijo que hubo partes del trayecto muy duros, que le tocó cruzar en barca en ocasiones, una canoita pequeña que casi se hundía, pero que ya está con los suyos, encantada y viendo a su nieta que ya quiere caminar.
Nosotros aquí estamos de fiesta, hoy brindaremos por el coraje y la valentía de nuestra querida Felicidad....una abuelita guanaca, con las manos grandes de tanto trabajar, las canitas plateadas que le van saliendo y la hacen aún más hermosa y esos ojos negros que te miran y te regalan tanta ternura....esta abuelita ganó una batalla de amor contra el imperio mas grande del mundo.”
En estos tiempos de tecnología mal repartida multipliquemos la historia de doña Felicidad. Hoy es fiesta en tres continentes.
Llegó una paz firmada por agotamiento y sobre unos acuerdos nunca cumplidos aún. Lisset y Susana crecieron y Doña Feli, poquito a poco se fue arrugando fiel siempre a una sonrisa con ojos de almendra. Años después fui a visitarla. Su alegría por abrazarme me estremeció por completo. Debería ser delito no querer a esta mujer.
El fuego cesó y la injusticia económica se mantuvo. El Salvador fue dolarizado y su vida diaria norteamericanizada. Y entonces la miseria se enfrentó con la emigración. Y el país más chiquito de América vio partir a sus hijos e hijas hacia el norte. Hacia ese mismo país responsable de tanta sangre. Y el sur de Estados Unidos fue poblándose de gentes de hablar suave, de “guanacos” compatriotas de Roque Dalton, “los eternos indocumentados, los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo…”
Y así, mientras Doña Feli seguía trabajando de casa en casa en un país sin jubilación para las empleadas y Susana bregaba contra una realidad difícil también para las mujeres jóvenes, Lisset partió y se embarcó en la única emigración posible, la que no da papeles. La que transforma en clandestinas a las personas, pero al menos le dificulta a la señora de la guadaña que venga antes de tiempo, si hay suerte. Más tarde se casó y tuvo una hija.
Felicidad quería conocer a su nieta, volver abrazar a su hija. Fue a la embajada de Estados Unidos y solicitó el visado para visitar “por unos diítas a mis niñas”. ¡Denegado! Doña Feli se hacía preguntas. ¿Porqué no me dejan ir a verlas? Y volvió a la embajada con más papeles, con nuevas súplicas. ¡Visado denegado! Y una vez más, con su hablar dulce solicitó que tuvieran compasión y… ¡Denegado! Así hasta cinco veces en tres años.
Al abrir hoy en África mi correo electrónico, he recibido desde Europa la mejor noticia sobre América.
“…Hace dos semanas Doña Feli ya no pudo mas y decidió que su corazón de madre no iba a esperar ningún papel de autorización para ponerse en camino. Hizo sus maletas, se despidió de los amigos diciendo que se iba para México a ver a la Virgen de Guadalupe y así en trayectos de bus llegó hasta la frontera con EEUU. Luego vinieron caminos polvorientos, trayectos medio escondidos, horas de tensión y de miedo. El ritmo del corazón a mil, dormir y comer en cualquier lado, y la ilusión cada vez mas grande porque avanzaba más y más en el camino y no había forma de pararla...siga Felicidad, siga, parece que lo va a conseguir.
Hace media hora Doña Feli ha llamado por teléfono para contar que llegó ya a su destino, más allá de Houston, feliz, victoriosa, radiante....dijo que hubo partes del trayecto muy duros, que le tocó cruzar en barca en ocasiones, una canoita pequeña que casi se hundía, pero que ya está con los suyos, encantada y viendo a su nieta que ya quiere caminar.
Nosotros aquí estamos de fiesta, hoy brindaremos por el coraje y la valentía de nuestra querida Felicidad....una abuelita guanaca, con las manos grandes de tanto trabajar, las canitas plateadas que le van saliendo y la hacen aún más hermosa y esos ojos negros que te miran y te regalan tanta ternura....esta abuelita ganó una batalla de amor contra el imperio mas grande del mundo.”
En estos tiempos de tecnología mal repartida multipliquemos la historia de doña Felicidad. Hoy es fiesta en tres continentes.