lunes, 2 de junio de 2008

Para caminar

Siguen los días arrastrándose uno tras otro hacia el invierno del sur africano. Edna encontró un lugar para hacer ejercicio. Un gimnasio en el que dejar las tensiones. “Lo mejor que puedes hacer” le había dicho el ginecólogo de Nelspruit . Yo trato de estructurar una historia que sea el esqueleto de una novela corta. Un proyecto en el que llevo tiempo, pero que entre uno cosa y otra no consigo terminar de concretar.

Las mañanas las dedico a trabajar para Mugak en la distancia. Consiste, entre otros asuntos, en recopilar y clasificar noticias de prensa en las que aparezcan temáticas relacionadas con la migración, la xenofobia, el racismo, etc, e incorporarlas a una base de datos digital. Algo que da igual hacerlo desde Euskadi o desde Mozambique, como antes lo hice desde Uruguay. En los últimos tiempos el trabajo aumenta en la medida en que aumentan las noticias relacionadas. Nunca para bien. El endurecimiento (aún mayor) de las trabas impuestas por la Unión Europea contra los inmigrantes, su criminalización, el desastre sudafricano, el goteo de muertes en las costas africanas, canarias, andaluzas… Suelo terminar escandalizado e indignado. Y cuando veo que en Europa, las cosas que preocupan están tan alejadas de cualquier atisbo de solidaridad y empatía con la humanidad y tan centradas en su ombligo, una cierta desazón me inunda.

Por otro lado, echo una mano a una organización no gubernamental en la concreción de un proyecto encaminado a colaborar con la Unión de Campesinos de Mozambique en temas de formación. Reuniones, discusiones, contrapropuestas, presupuestos. Con ellos he recibido una visión muy interesante sobre iniciativas de soberanía alimentaria, democratización desde las bases, autogestión campesina, etc. Posiblemente sean gotas de agua en ese río globalizador que arrastra la realidad hacia mayores abismos. Hacia un aumento del hambre. Una encarecimiento mundial de los elementos básicos que empobrecerá aún más los países más empobrecidos. Pero ahí estoy y ahí debo estar. Peleando contra molinos de viento. Soñando despierto.

La mayoría de nuestros amigos siguen lejos. Y los echamos de menos. Ahora más, en la medida en que tenemos algo tan especial que compartir. Sentimos que nuestro tiempo africano se dirige hacia su recta final. A mí ya me han confirmado que el mes de agosto debo estar en Lima para llevar un grupo de Banoa. De nuevo, Perú…

Y en medio de todo esto ocurren cosas pequeñas. Diminutas anécdotas que aquí escritas recobran mayor presencia. Como lo que sucedió esa mañana. Se me habían roto unas sandalias que tenía desde hacía tres o cuatro años. Mi inercia era tirarlas a la basura e ir a comprar unas nuevas, cuando recordé que en las calles de Maputo hay personas que se ofrecen a arreglar el calzado. Sebastião, un zapatero que tenía su empresa en una de las aceras de la capital me las arreglaría por cuarenta meticais. Una hora después fui a recogerlas. Me las dejó como nuevas. Le pagué, nos dimos la mano y me fui. Mi sorpresa fue la cara de entusiasmo con la que me miraban tres mujeres vendedoras de fruta unos metros más adelante.

-¿Qué? –les pregunté

Ensancharon su sonrisa y una de ellas me dijo:

-Muy bien, señor. Sebastião es un buen zapatero. Gracias por darle trabajo.

¿Gracias por darle trabajo? Retomé el camino tras despedirme de ellas. Deseoso de repetir la experiencia, caminé repasando mentalmente mi calzado cercano a la jubilación.


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