miércoles, 2 de julio de 2008

La vida

Hace un año murió mi hermano mayor. No me gustan las conmemoraciones. Una persona no deja de serlo para transformarse en una fecha. Mikel Essery murió en Yemen. Dejó de existir de golpe. En el segundo que dura la explosión de una bomba. Murió sin despedirse de la vida ni de todos nosotros. Fue una equivocación, un error dramático de la existencia. Dejó todo a medias, sin terminar. Fue un hachazo que no debía haber sido. Nos dejó con la palabra en la boca. Con su sonrisa golfa congelada. Me dejó totalmente aturdido. Aún lo busco en las esquinas.

Hace unos día ha muerto una mujer que por una temporada fue mi madre adoptiva. Murió poco a poco. Con la agonía ralentizada que provoca el cáncer. Fue una mujer guerrera, llena de energía y que peleó con el arma del buen humor contra la vida que tanto la martirizó. Pepi, mi tía dejó seis hijos y su muerte fue un llanto largo para ellos. Ella conoció su enfermedad mucho antes que Mikel muriera. Lo que en él fue un instante en ella fueron dos años.

Dos finales tan diferentes, y sin embargo es el mismo verbo. Morir.

Hoy es el cumpleaños de mi hermana, la doctora, la de la lista de los remedios. Ella trabaja con la muerte. Acompaña a los enfermos más enfermos. A los viejitos que asustados huelen cerca el final. Los acompaña en los últimos instantes. Procura evitarles el dolor. Consuela a los familiares. Diariamente se codea con lo que nadie queremos ver. Con ella he aprendido que la muerte tiene derecho y obligación de ser digna.

Y sin embargo la muerte está ahí. Alguien dijo alguna vez que la vida es una enfermedad terminal que no tiene cura. La muerte es una compañera inseparable de la vida. Pero no es lo mismo la muerte como fin natural de algo que fue principio, que la muerte equivocada. La muerte injusta, la que llega con horario errado, la que no se corresponde, la que no deja a la vida que siga siendo, la que arranca proyectos e ilusiones, la provocada por la vida mala de otros, la fabricada por la obsesión del poder. Hay una muerte natural como paso final que completa el que comenzó con el primer paso. Es dolorosa para los que se quedan huérfanos del amor de esa persona que se va. Pero no es injusta. Es injusta la vida mal vivida. La muerte que viene después de la vida es necesaria. La que la interrumpe es injusta. Esta África que palpo, escucho y veo está invadida de esa muerte maldita.

¿Y todo esto a qué viene? A que hay que vivir la vida. A que no tiene repetición. A que quizá hay que buscarle las cosquillas para que se ría de sí misma y nos deje vivirla con pasión. Y que uno de los sentidos de la vida creo que es luchar contra la muerte injusta. Al menos eso a mí es lo que me da vida. Aunque me vaya la vida en ello.

4 comentarios:

Ana dijo...

La muerte y la vida siempra van unidas y a pares. Los embarazos llegan de dos en dos, las despedidas también. No sé qué tienen la vida y la muerte que son amigas y van de la mano. A nosotros la vida nos alegra y la muerte nos asusta. Cuidad de esa vida que está creciendo con vosotros y haced que viva plenamente por todos los que no pueden hacerlo. A Pepi y a Mikel les encantaría verle y besaros
Te quiero

Anónimo dijo...

Ostras...no sabía lo de la Pepi...con los años empiezo a echar mucho de menos a las personas que ya no están.

Amaia dijo...

Animo eta aurrera. Muxu.

Mamen dijo...

Precioso...