Bien, primero he de decir que aquí es invierno. Sí, estamos en el hemisferio sur, y en el África Austral, el invierno puede ser muy frío, como en Lesotho, que baja a cero grados. En Maputo no llega a tanto, pero se nota el fresco y la humedad en los huesos. Con el invierno las “opciones aventureras” disminuyen. Y la tendencia a la hibernación aumentan.
Estos días de encierro comencé ese intento de contar una historia que con perseverancia, disciplina, esfuerzo y una pizca de inspiración quizá un día sea una novela.
Pero la mayor aventura de todas sigue adelante. La tripa de Edna sigue creciendo y con ella mi asombro. Es increíble. Bien, pues con tripa y todo nos fuimos el fin de semana a Sudáfrica… ¡a escalar!
Bueno, escalaban nuestros amigos. A mí me tocó en algún momento asegurar y sacar fotografías.
El viernes nos escapamos por la frontera Ressano García con nuestro amigo italiano Alberto. Después de cuatro horas de buena carretera llegamos a Waterval. El pueblo era un monumental muermazo de sitio, donde pequeñas casas salpicaban el paisaje muy cerca de un hermoso cañón con paredes perfectas para los y las amantes de la verticalidad.
Al entrar en la casa-refugio un tipo se asomó por el balcón y dijo “¡ostia! ¿habláis español?”. Se trataba de Hugo, un asturiano que junto con Encarni, vecina nuestra de Tarifa llevaban tres meses recorriendo África del Sur. Compartimos cena con ellos y enseguida comprendí que la causa oculta de nuestro viaje de ese fin de semana era conocer a esta pareja que ya hemos incorporado a nuestra lista de amigos.
Al día siguiente se sumó Georgia a la expedición. Una sudafricana cámara de televisión, simpática y buena escaladora.
Se sufre subiendo una pared. Al parecer y por los rostros arrugados y los juramentos con los que a veces acompañan la subida, el placer espera más arriba y se aproxima con cada metro que se asciende, con cada punto de apoyo que se alcanza, con cada nuevo enganche con el que se asegura la siguiente chapa.
Mientras nuestros cuatro amigos se entretenían con los mosquetones, los pies de gato y los diferentes grados de dificultad, Edna y yo nos pegamos una caminata de horas. Atravesamos parte de la planicie, saltamos alguna valla, bajamos hasta el río esquivando pinchos y disfrutamos del paisaje llenando de oxígeno nuestros pulmones. Después de comer algo nos volvimos a poner en camino y llegamos hasta el punto de partida con un cansancio que nos ha dejado de souvenir unas agujetas bastante profesionales.
¿Se parece el hecho de la escritura a la escalada? Se suda escribiendo. A veces no se encuentra dónde apoyar un pie y las fuerzas flaquean. La roca parece adquirir vida propia rechazando la voluntad del que la abraza con la desesperación de no flaquear. Hay una cuerda que te mantiene cuerdo, como el hilo argumental. Pero a veces se enreda y pone toda la operación en peligro. No es suficiente la voluntad si se carece de técnica. Ni la musa si falta la disciplina.
El premio fue la cena que con esmero preparamos entre todos y degustamos con vino y buen humor para combatir el frío del inverno austral.
¿Sigo?