miércoles, 30 de julio de 2008

Noche peligrosa

El mismo día que llegó por primera vez a Maputo, a Philippo lo asaltaron pistola en mano cuando salía de cenar con su amigo Alberto. Se quedó atónito y con un temblor que aún le duraba cuando yo lo conocí dos días después.

Era un viernes de noche fiestera. “Sal con ellos -me dijo Edna- Aún no te has pegado una farra en Maputo”. Así que nos juntamos los tres y les convencí de que era mejor sobreponerse del miedo retando a la noche. Nos fuimos a cenar a la “feria popular”. Se trataba de un simpático recinto donde se mezclan de manera desordenada restaurantes con artilugios de feria del siglo pasado. El restaurante elegido estaba cerrado, así que entramos a otro que, como todos, estaba a rebosar. Junto a nuestra mesa se celebraba un cumpleaños con más de veinte personas. En la esquina del local, dos músicos entonaban melodías de cualquier parte del mundo. El ruido era tal que debíamos gritarnos para hablar. Philippo venia de estar dos años en Tayikistán, donde había quedado su novia tayika a la espera de arreglar los papeles para venir a Mozambique. Como yo estuve dos veces en Uzbequistán, por ahí se inició la conversación, que pronto fue derivando en el mal de amores que estaba sufriendo Alberto. Para cuando nos trajeron la parte sólida de la cena llevábamos ya tres cervezas cada uno y nos habíamos recorrido un trozo importante de Asia Central y otro de los amores centrales.

El “cumpleaños feliz”, que aquí se canta “Parabens pra você” fue el preámbulo de una tarta generosa que la cumpleañera nos repartió también a nosotros. Y así arrancó el baile. Los dos músicos de la esquina no daban crédito a su éxito mientras que, juraría, la homenajeada miraba de reojo a mis amigos. Después de un brandy duplo (Alberto llevaba la voz cantante en la cuestión líquida) salimos del lugar.

El "Xima" es otro local de moda en la noche de Maputo. Hasta hace muy poco, la entrada era libre. Eso hacía que el número de personas que cabían en un metro cuadrado fuera de record gines y que los bolsillos hubiera que tenerlos vacíos de artilugios que pudiesen ser añorados. Ahora se cobran cien meticais con derecho a… ¡seis cervezas por cabeza! Ahí la confusión comenzó a aumentar. Éramos, además del trompetista, los únicos “mulungos” (blancos) del lugar. La música movía los cuerpos al ritmo de marrabenta, una especie de cumbia local. Un joven me habló en inglés. Yo le respondí en shangana y ahí comenzaron las risas en portugués. La gente aquí es tan simpática que uno a veces se pregunta qué será lo que quiere a cambio. Estefan no quería nada más echar unas risas, aunque sí le invité a una de las cervezas que a mí me sobraban. En un momento me dio un papel. No se trataba de ningún estimulante. Ahí ponía, “Eu sou Rebeca. Meu telefon é xxxx. Me da o seu numero?” “¿Y esto? –pregunté- ¿es para mí? ¿quién te lo ha dado?”. Me señaló a una de las mujeres más lindas del local. Una de esas diosas que tanto abundan en Mozambique. En ese momento estaba bailando con el trompetista blanco. Mutuamente se palpaban todos los bolsillos de una forma bastante apasionada. Justo cuando ella me miró dijo Alberto, “Vámonos al Coconut. Hay una fiesta angolana”.

Tanto Alberto como Philippo habían olvidado bastante el temor que los tenía paralizados por culpa del atraco de dos días atrás. Philippo, además de venir de Tayikistán, había estado antes en Darfur y en Angola. Una fiesta angolana era la mejor medicina para terminar de superar la parálisis.

El Coconut es la discoteca de moda. Yo hubiera preferido un local más popular, menos discotequero, pero la fiesta se anunciaba ahí. Algo que luego no era verdad. Eso es muy habitual aquí. Preguntar las razones de los cambios es del todo absurdo. Hay lo que hay. Parte de la discoteca estaba al aire libre. Se trataba de diferentes y amplios habitáculos donde cientos de cuerpos danzaban sin pudor. Y sin pudor se paseaban muchas manos por cuerpos ajenos. Mirar era un placer. Pero había que implicarse. Al poco tiempo no quedaba más remedio que bailar. Y bailar fue lo que hicimos. Rozando caderas y midiendo distancias. Hasta que a no sé que hora no sé quien de los tres recobró la cordura y propuso una retirada a tiempo. Yo era el chofer. Llevé a mis amigos a su casa y me fui a la mía. Eran las cinco de la mañana.

Al día siguiente, aún en la cama Edna me preguntó por los detalles. "Tenían razón Alberto y Philippo, le dije. La noche de Maputo es muy peligrosa". Se rió y me abrazó.



domingo, 27 de julio de 2008

La tierra de los Swazis (y 2)

Tras desayunar, nuestros pies caminaron el Mercado de Mazini. Allí, las mujeres se sorprendían escondiendo sus risas de ver a una blanca embarazada. Se avisaban una a otra y todas miraban con la boca abierta y se reían tapándosela. Yo caminaba detrás disfrutando del espectáculo. Una me señaló como “culpable” del sucedido. Le dije que estaba de cinco meses. Se escandalizó, habló es swazi con sus compañeras. Todas se alborotaron de manera exagerada. Habían entendido que esperaba cinco bebés. Aclarado el malentendido la risa fue general.

En 1867, Swazilandia fue convertido en protectorado británico. Y en el año 1941 fueron reconocidas sus autoridades tribales para utilizarlas como intermediarias con la población local. La oficialización del racismo en Sudáfrica promovió por parte de Inglaterra la descolonización de Swazilandia y Lesotho. Sobhuza II fue nombrado jefe de Estado. En 1973 el rey disolvió el Parlamento, suspendió gran parte de las escuálidas libertades democráticas y anunció un estado de emergencia que nunca se ha derogado. Los partidos políticos pasaron a convertirse en una quimera. Como muchas veces ocurre en la historia, se manipularon las tradiciones en beneficio del poder político.

Decidimos regresar a la naturaleza. Y nos fuimos a Milwane. Allí no había más animales peligrosos que los cocodrilos que se tumbaban junto a la charca, por lo que el paseo estaba permitido. Anduvimos entre cebras, impalas, algunos monos, ñús, kudus y cientos de pájaros de nos acompañaban con sus cantos. Resultaron ser casi tres deliciosas horas. A pesar del dolor de cabeza que martirizaba mis sienes.

En agosto de 1982 murió Sobhuza II, lo que originó el inicio de intrigas palaciegas en la lucha por el trono. Teniendo el cuenta que el rey tiene cuantas esposas desee, y que el trono se hereda por vía materna, esas intrigas constituyeron una complicada pelea de ramas familiares. Ganó la más conservadora, la que se alió con la Sudáfrica del apartheid y se dedicó a detener a militantes del Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela. En el año 1992 surgió el PUDEMO (Movimiento Democrático de Unidad Popular) como aglutinador de la oposición. Hasta el cambio de siglo la situación de Swazilandia giró en torno a tímidas protestas de una población demasiado domesticada y la consolidación del clan Dlamini en el gobierno y de Mswati III en la única monarquía al sur del Sahara.

Cuando el mundo asistía preocupado a la repercusión del cambio de milenio en los ordenadores, en el reino de Swazilandia la libertad de prensa fue la primera víctima. El rey comenzó tímidamente a ser alguien cuestionado. En el año 2004, al tiempo que se vivía una alerta humanitaria debido a la sequía, el caballero solicitaba quince millones de dólares para la construcción de un palacio para cada una de sus once esposas.

La “Ceremonia del Junco” son varias jornadas de baile que se realiza en diferentes momentos del calendario. Sus danzas y sus canciones no puede realizarse fuera de esos días. Por un lado está la “Ceremonia del Junco” o “Umhlanga” de las mujeres casadas. Por otro lado la de los guerreros del rey y por último, la más famosa, la de las mujeres solteras, supuestamente la de las vírgenes. El último año vinieron chicas de todo el país. Llegaron a sumar setenta mil jóvenes. Para ellas parece ser un momento especial porque se encuentran y conviven unos días todas juntas. Hasta el año siguiente no volverá a suceder. Convivir en este caso es sinónimo de cotillear, contarse secretos, intercambiarse información, divertirse. No bailan para que el rey las escoja como a su esposa. Pero sucede. No se hace durante la “Umhlanga”. Si al monarca le ha gustado alguna joven de manera especial, enviará a algún súbdito a informarse de quien es esa muchacha y de proponerle una visita al palacio real. El último año, la elegida fue una joven de dieciséis años. Eso levantó críticas que el rey trató de calmar anunciando que tan sólo pretendía pagar a esa mujer su educación. Seis meses después estaba embarazada.

Una de las empresas pujantes del país es la construcción de velas. Allí nos encaminamos. Sus diferentes colores se consiguen, no por que sean pintadas, sino por la suma de ceras de diferentes colores durante en su elaboración. Según se van consumiendo, la iluminación consigue colores de fantasía siempre diferentes. Estas velas artesanales se exportan y son fuente de orgullo de la población local.

Llegó la noche y con ella un hambre voraz, por lo que fuimos a un restaurante a cenar. Era uno de los más selectos del país. Incluso aprovisionaban de lentes de diferente aumento a los que tenemos que usar la largura de nuestro brazo para enfocar la lectura del menú. Dudaron en dejarnos entrar al ver la indumentaria montañera que traíamos y estar llenos de barro.

Regresamos al logde de nuestros amigos, y siguieron las historias mágicas a la luz de la hoguera.

Antes de la llegada del hombre blanco a esta región, el rey de entonces (alucinado, sabio, o vendepeines) anunció que había tenido un sueño. En breve llegaría un ser de cabello laceo como el de los caballos con un libro en una mano y metal en la otra. Y avisó que sobre todo no deberían combatir contra él. Que deberían aceptar el libro y rechazar el metal. Los swazis nunca combatieron a los colonizadores. Y eso hizo que se respetara la monarquía. Al menos así lo cuenta la leyenda.

Los espíritus de los reyes pasados están encerrados en la roca Sibebe, la segunda más grande del mundo. La que visitaríamos al día siguiente. Allí hay senderos prohibidos al caminante extranjero. El miedo a robar un trozo de uña o de cabello para hacer fetichería lo impide. Existe un clan cuya función en esta vida es exclusivamente esa, guardar los lugares sagrados. Protegerlos del peligro de la manipulación por manos extrañas.

Nos encontrábamos en un país en el que para nada servían las comparativas con nuestras formas de entender la vida. Algunas cosas, evidentemente nos escandalizaban. Un país que en apariencia disfrutaba de mejores infraestructuras que Mozambique.

Swazilandia es un país pequeño con apenas un millón de habitantes. La falta de democracia se confunde con leyes y normas tribales que a su vez son utilizadas por el poder en beneficio propio. La magia o el miedo paraliza el inconformismo. Dinero de la cooperación y capital chino y sudafricano crea esas infraestructuras. La monarquía mantiene prohibidos los partidos políticos y al mismo tiempo está obligada por ley a dar tierra a cualquier persona que lo solicite para cultivar. Se tortura con poco disimulo, según los Informes de Amnistía Internacional y la tercera parte de su población sufre el HIV/sida. El mayor porcentaje del mundo.

Antes de emprender la carretera hacia el este, dirección Maputo, nos detuvimos en el House on Fire. Un curioso recinto que pareciera ideado por un loco iluminado por el espíritu de Gaudí, donde se junta un restaurante, logde, discoteca, varias tiendas de arte, un escenario al aire libre para conciertos, esculturas, etc...

Seguimos por la carretera hacia de Siteki. Giramos a la izquierda y nos dirigimos a la reserva de Hlane. Con ella nos despediríamos del país de los Swazis. Los rinocerontes nos prohibieron salir del coche. Son animales prehistóricos absolutamente espectaculares. Y sin embargo son las jirafas las que más me impresionan en su enormidad y belleza, que junto a las cebras componen un gran equipo. Las primeras son las que las que mejor oyen y las segundas las que mejor ven. Son inseparables. Y qué decir de los elefantes, los más grandes, o de los hipopótamos, los animales más peligrosos cuando están fuera del agua.

Nos despedíamos de este bello país de misterio por la frontera noreste que daba directamente a Mozambique, Lamahasha.

Curioso este país hermoso. Que pareciera extraído de un libro infantil si no fuera por su corrupción institucionalizada, la falta de libertad, y la violación a los Derechos Humanos. A comienzos de mayo fue asesinado en Nelspruit, al parecer por bandidos, Gabriel Mkhumane, líder del PUDEMO. En voz baja se dice que lo mataron por orden del gobierno de este país de cuentos.

miércoles, 23 de julio de 2008

La tierra de los Swazis (1)

Y así, bajo el influjo de Lua nos dirigimos hacia el sur. A la frontera de Sudáfrica con un país llamado Swazilandia.

No se trataba de ningún parque de atracciones. Swazilandia es un pequeño país africano tan real como la monarquía absolutista que sufre. Del tamaño de la provincia de Zaragoza, es un Estado-nación, o quizá mejor dicho, un Estado-tribu. La tierra de los Swazis.

Entramos por la frontera este, llamada Nwenya en el lado sudafricano y Oshoek en el swazilandés. Hablábamos en inglés, aunque de vez en cuando nos salía sin querer el portugués. Son ya nueve meses en Mozambique. En el nuevo país, el último policía antes de acelerar nos interrogó “¿Qué llevan?”. “Nada”. “Bueno –nos dijo sin disimulo cuando nos dejó pasar- a ver si a la vuelta traen algo”.

Enfilamos dirección Mbabane, la capital del país. Era de noche y los carteles no eran muy visibles. Debíamos seguir adelante y dirigirnos al valle de Ezelwini por la carretera vieja que va a Manzini. Después de perdernos varias veces, al fin llegamos a nuestro destino, un lodge regentado por una pareja de pamplonicas.

Nos acogieron con una amabilidad reconfortante. El establecimiento era exactamente lo que necesitábamos. Dos habitaciones y un baño con ducha. Además, una cocina para hacernos la cena que habíamos comprado en Nelspruit. Iosu y Miren, la pareja de navarricos nos explicaron, atendieron, mimaron y alimentaron. ¿Qué más se podía pedir? Pues una clase magistral sobre las costumbres e historia de este extraño país en el que nos encontrábamos. Dicho y hecho. Era una delicia escucharles.

Llevan cinco años aquí y lo único que echan en falta son los amigos y la familia. “La gente en Europa vive estresada. Agobiada con el tiempo. La ventana de su casa da a la de la vecina de enfrente. Aquí vivimos y trabajamos al ritmo que nos marca el sol. Y las vistas como podéis ver son las que buscan los turistas cuando se van de vacaciones. Nosotros las tenemos todo el año”. Y es que el valle de Ezelwini es un paraje ciertamente hermoso. Con montañas suaves de un verde que recuerda a Asturias.

Después de cenar nos contarían muchas cosas de este hermoso paisito en el que detrás de su amabilidad se esconde un régimen tirano. Pero no hablamos de ello. No quería comprometerlos. De la situación política me encargaría yo de informarme por mi cuenta. Nuestros anfitriones nos mostraron la punta del iceberg de la cosmovisión del mundo Swazi. Complicado para nuestras mentes occidentales. Completamente diferente. Una cosmovisión llena de magia. En el que las costumbres que lo dirigen se pierden en los tiempos anteriores a la aparición del hombre blanco. Los Swazis se dividen en clanes. En origen provienen de una gran emigración que los bantús hicieron hacia el sur. Una rama se dirigió hacia lo que hoy es Mozambique. Otra marchó más al suroeste. Diferentes familias se quedaron en los valles que componen este país, otros siguieron más al sur. Eran los hijos del dios Zulu. Los zulús. Los únicos que consiguieron derrotar a los boer, aquellos holandeses que aparecieron en la región con la pistola en una mano y la Biblia en la otra.

Una de las ceremonias que tienen fama más allá de las fronteras de Swazilandia es "La Ceremonia del Junco". Algún reportaje periodístico se centran el lo más llamativo. "Miles de jóvenes vírgenes danzan semidesnudas delante del rey para que él escoja su siguiente esposa". Hay algo más que eso. ..


lunes, 21 de julio de 2008

♂

Teníamos que volver a Nelspruit, ciudad del norte de Sudáfrica, a tres horas de Maputo para hacer la segunda ecografía a las 21 semanas de embarazo. A la excursión, que alargaríamos todo el fin de semana para hacer una escapada a Swazilandia se sumaron Álvaro y Marga, una pareja de amigos que además pusieron el coche.

Los trámites en la aduana se nos hicieron más largos que otras veces. Pero llegamos puntuales y esperamos nuestro turno. Los resultados de todas las pruebas que le hicieron a Edna dieron resultados óptimos. El doctor apagó la luz y nuestros ojos se fijaron en la pantalla del monitor. Ahí estaba de nuevo la criatura. Era bastante más grande que la primera ecografía. Lo miramos más que asombrados. La cámara indiscreta enfocó en un momento su aparato genital. ¡Varón! Edna tenía una cara de felicidad que es imposible tratar de describir con palabras. Todo estaba correcto, todas las medidas, el peso, los órganos.

Cuando le dijimos al doctor que nos regresamos a Europa el próximo mes y que el bebé nacerá allá, nos pidió que le enviemos una foto del niño. Y es que tiene las paredes de la consulta inundada de fotos de niños y niñas, lo que le da una apariencia de guardería más que de clínica. Algo que no viene mal.

Salimos de la consulta con la felicidad en cada poro. Todo estaba bien. Si hubiera sido niña la felicidad hubiera sido la misma. Mientras esperábamos a nuestros colegas que se habían ido ha hacer unas compras llamamos a los abuelos y a los amigos. “Todo bien y es varón” aunque falta algo más de cuatro meses para que nazca.

Nos juntamos con nuestros amigos y emprendimos ruta a la segunda frontera que atravesaríamos en el mismo día, al reino de Swazilandia. Allí nos alojaríamos en el logde de una pareja de navarros, pero esa es otra historia.

Ahora que ya sabemos su sexo podemos también confirmar su nombre. Se va a llamar Lua. Así es como aquí, en Mozambique llaman a la luna, la que siempre acompaña nuestros viajes. Estemos donde estemos.



martes, 15 de julio de 2008

Una escapada (y 2)

…Llevábamos algo más de una hora caminando y el paisaje seguía siendo el mismo. Pero variaba cada pocos pasos, como una metamorfosis a cámara lenta. A nuestra derecha mar, a nuestra izquierda la isla. La estábamos bordeando desde hacía casi una hora. En el extremo opuesto de donde desembarcamos decidimos detenernos a almorzar.

Nadie. No había nadie a la vista. El sol calentaba. Edna, que ya está de casi cinco meses hizo un agujero en la arena y puso encima en pareo, introdujo la tripa ahí y exclamó “¡Uf, qué ganas tenía de poderme tumbar boca abajo!”. Así fue que nuestro hijo o hija (lo sabremos este fin de semana) fue durante media hora semilla sembrada en Ilha dos Portugueses, en el Océano Índico.

Al abrir los ojos quedaba poco para las tres de la tarde. Hora en la que nos recogería la lancha de Eduardo. Aún debíamos recorrer la mitad de la isla que faltaba. Nos pusimos en marcha. Al llegar al lugar acordado no había nadie. Pronto vimos que se aproximaba “Pili”.

“Les estaba viendo desde Inhaca” nos dijo Eduardo. Esto sí que es coordinación, pensé. Diez minutos después estábamos de regreso en Inhaca. Edna se horizontalizó junto a la piscina. Yo salí a dar una vuelta por la única calle de la localidad.

En toda el África Austral que he conocido existe un juguete que apasiona a los niños. En Zanzíbar, en Dar el Shalam, en todo Mozambique desde Pemba e Ilha Moçambique hasta Maputo, en los barrios de Cape Town, en Swazilandia, en todos lados juegan con él. Se trata de un vehículo de fabricación casera del que sale un largo palo terminado en forma de volante. Son artefactos sobre ruedas. No usan corriente ni ondas. No figura en ninguna Playstation. Lo hacen ellos mismos con trozos de alambre y madera. Si gira el volante a la derecha el vehículo va a la derecha, si a la izquierda, a la izquierda. Nunca jamás se le terminan las baterías y no tiene peligro de atropello. Los frenos funcionan perfectamente y no existe el "game over". Muchos lo utilizan para más que para jugar. Es un compañero de paseada. Una autoescuela parbularia. Así fue que conocí a Nelio, Cristóbal y Luis. El último de ellos llevaba una cerveza en el vehículo que le había pedido su hermano mayor. Siempre había tenido ganas de preguntarles cómo llamaban a esa maravilla de la tecnología infantil africana. “Volvo” me dijeron “se llama Volvo”. En el Stone Town de Zanzíbar di con una "fábrica de camiones” similar. “¿Cómo se llama?” pregunté a uno de los chavales señalando el juguete. “Chevrolet”, me respondió.

Un par de caipirinhas junto a un guía local me sirvió de despedida. El joven tenía dieciocho años y hacía tiempo había dejado atrás los “Volvos”. “Ahora soy guía. ¿Quiere dar un paseo en barca? Mi tío no cobra en dólares”. Le deseé buenas noches y regresé al hotel.

Al día siguiente volvimos a Maputo en el mismo avión que nos trajo. Dos días a treinta y cuatro kilómetros mar adentro de Maputo nos recargaron de energía y del indispensable buen humor, tan necesario para seguir en esta caminata.


domingo, 13 de julio de 2008

Una escapada (1)

Los días muy claros, desde la costa de Maputo, por ejemplo desde Rua Federico Engels, se puede distinguir la isla de Inhaca. “¿Vamos? -Edna siempre tiene buenas ideas-. Además, dentro de poco ya no nos podremos hacer estas escapadas”.

Dicho y hecho. El viernes tomamos un pequeño avión de quince plazas. Sentados en su interior una minúscula duda se me cruzó. “¿Pero este cacharro vuela?”. Me la guardé para mis adentros. Mil quinientos meticais cada uno ida y vuelta. Quince minutos después de despegar aterrizamos casi encima del agua. No se debía a ningún percance. Simplemente es que la pista del pequeño aeropuerto isleño comienza casi donde llegan las olas del mar.

El “aeropuerto” está junto a varias machambas, que es como aquí se llaman las huertas. Mujeres, niños y algún hombre las trabaja. Al llegar, un vehículo que mantenía el estilo “modernista” de la avioneta nos esperaba y nos llevó al hotel. Para llegar atravesamos la senda de arena que cruza por mitad del pueblo. O se pasa por las afueras o por la mitad. Sólo hay una calle. También atravesamos una cancha de fútbol. Pero aquí sí, por uno de los lados.

Al llegar al Pestana hotel de la isla nos recibieron con agua de coco y con un pago de doscientos meticais que debíamos hacer en calidad de taxa de entrada a la isla. Con los recibos nos aclararon que debíamos llevarlos siempre encima. Los guardé en el libro que estoy leyendo de Rafael Courtoisie.

Habitación 17. “El mismo día que mi cumpleaños, el jueves 17” dijo Edna con la felicidad de escapar de la rutina de Maputo y las llaves en la mano. La habitación era inmensa y la cama tenía una mosquitera que para sí la hubiera querido Meryl Streep en “Memorias de África”. Mosquitera por otro lado necesaria, porque perdimos la cuenta de bichos voladores que matamos. Aunque no parecían portadores de maldiciones, uno nunca se puede fiar.

Salimos a la playa que se encontraba ahí mismo y nos pusimos a caminar entre conchas, estrellas de mar y una olas tímidas. Una hora más tarde tomamos el camino de regreso. El sol comenzaba a ocultarse como solo lo sabe hacer aquí. De manera majestuosa.

Cenamos planificando cómo “escaparnos” aún más al día siguiente…


Junto a Inhaca hay otra isla. Más pequeña. Deshabitada. Desayunamos. Nos fabricamos unos sanwiches, requisamos fruta del buffet y pedimos a una lancha que nos llevara. “A las 15 horas les recojo aquí para regresar” nos dijo Eduardo, el capitán de un bote llamado "Pili".

“Aquí” era el sitio donde nos había dejado. La señal era un trapo rojo sobre un tronco. Eran las 12 y media del medio día. Nuestro objetivo era sencillo. Recorrer andando esta diminuta y hermosa isla que habíamos visto desde la avioneta al venir, “la isla de los portugueses”. De pronto el tipo que nos vendió las taxas el día anterior apareció de la nada. “¿Tienen las taxas de entrada?”. Recordé que traía el libro de mi amigo Rafael. Lo abrí y ahí estaban. “Ok, obrigado” dijo sin tocarlas. ¿Y si me las hubiera dejado en el hotel? “Tendría que pagar la multa” me dijo sonriendo.

Caminamos bordeando la isla en el sentido inverso de las agujas del reloj. El agua estaba fría. Multitud de caparazones de especímenes marinos se dejaban bañar por esas olas tranquilas y transparentes. Llevábamos más de una hora caminando por la orilla del mar cuando decidimos parar a comer…



martes, 8 de julio de 2008

Viene

Ahí viene. Desde lejanas e intrincadas inexistencias llega. Llega evolucionado hasta este presente que acaba de ser y que está por venir. Llega para ser. Para preguntar. Para preguntarse. Para respirar. Para coger el relevo. Llega y su espacio comienza a perfilar las primeras muestras de su silueta. El aire tiene casi preparado un lugar para él o para ella. Sus futuros amigos comienzan a fabricar sin querer ese cúmulo de coincidencias asombrosas que harán que la vida siga siendo el misterio de llantos y felicidad. El día y la noche. El yin y el yan. El comienzo de algo que siempre nace aunque siempre muera naciendo y nazca muriendo.

Ahí viene y no será igual dónde venga. Debería servir el hecho de nacer como todos los de su especie. Pero no. Viene a un lugar que es necesario mejorar. Es urgente hacerlo más habitable. Es necesario que no importe donde respire por primera vez, sino que pueda respirar. Dónde dé sus primeros pasos, sino que nadie le impida caminar.

Su madre y yo le concebimos en África. En un lugar olvidado. En un continente apasionante y moribundo. Que nace y muere a diario. Donde la belleza dura un pestañeo y vuelve a brotar en otra esquina. Un lugar salvajemente hermoso. De gente buena. De muertos vivientes. Donde los niños son tan bellos que paralizan mi respiración. La muerte maldita tiene celos de sus pequeñas vidas.

Viene. Nos preparamos para ello haciendo normal lo excepcional. Viene y viajamos con él o con ella por la alegría de imaginar que son posibles los abrazos y la humedad alegre de los ojos.

Miro el mar con los pies firmes en la tierra. Lo esperamos en la orilla a la luz de la luna.


miércoles, 2 de julio de 2008

La vida

Hace un año murió mi hermano mayor. No me gustan las conmemoraciones. Una persona no deja de serlo para transformarse en una fecha. Mikel Essery murió en Yemen. Dejó de existir de golpe. En el segundo que dura la explosión de una bomba. Murió sin despedirse de la vida ni de todos nosotros. Fue una equivocación, un error dramático de la existencia. Dejó todo a medias, sin terminar. Fue un hachazo que no debía haber sido. Nos dejó con la palabra en la boca. Con su sonrisa golfa congelada. Me dejó totalmente aturdido. Aún lo busco en las esquinas.

Hace unos día ha muerto una mujer que por una temporada fue mi madre adoptiva. Murió poco a poco. Con la agonía ralentizada que provoca el cáncer. Fue una mujer guerrera, llena de energía y que peleó con el arma del buen humor contra la vida que tanto la martirizó. Pepi, mi tía dejó seis hijos y su muerte fue un llanto largo para ellos. Ella conoció su enfermedad mucho antes que Mikel muriera. Lo que en él fue un instante en ella fueron dos años.

Dos finales tan diferentes, y sin embargo es el mismo verbo. Morir.

Hoy es el cumpleaños de mi hermana, la doctora, la de la lista de los remedios. Ella trabaja con la muerte. Acompaña a los enfermos más enfermos. A los viejitos que asustados huelen cerca el final. Los acompaña en los últimos instantes. Procura evitarles el dolor. Consuela a los familiares. Diariamente se codea con lo que nadie queremos ver. Con ella he aprendido que la muerte tiene derecho y obligación de ser digna.

Y sin embargo la muerte está ahí. Alguien dijo alguna vez que la vida es una enfermedad terminal que no tiene cura. La muerte es una compañera inseparable de la vida. Pero no es lo mismo la muerte como fin natural de algo que fue principio, que la muerte equivocada. La muerte injusta, la que llega con horario errado, la que no se corresponde, la que no deja a la vida que siga siendo, la que arranca proyectos e ilusiones, la provocada por la vida mala de otros, la fabricada por la obsesión del poder. Hay una muerte natural como paso final que completa el que comenzó con el primer paso. Es dolorosa para los que se quedan huérfanos del amor de esa persona que se va. Pero no es injusta. Es injusta la vida mal vivida. La muerte que viene después de la vida es necesaria. La que la interrumpe es injusta. Esta África que palpo, escucho y veo está invadida de esa muerte maldita.

¿Y todo esto a qué viene? A que hay que vivir la vida. A que no tiene repetición. A que quizá hay que buscarle las cosquillas para que se ría de sí misma y nos deje vivirla con pasión. Y que uno de los sentidos de la vida creo que es luchar contra la muerte injusta. Al menos eso a mí es lo que me da vida. Aunque me vaya la vida en ello.

lunes, 30 de junio de 2008

Escribir Escalar

La última vez contaba que llovía en Maputo. Ha pasado semana y media desde entonces y más de uno me ha reclamado que siga contando cosas.

Bien, primero he de decir que aquí es invierno. Sí, estamos en el hemisferio sur, y en el África Austral, el invierno puede ser muy frío, como en Lesotho, que baja a cero grados. En Maputo no llega a tanto, pero se nota el fresco y la humedad en los huesos. Con el invierno las “opciones aventureras” disminuyen. Y la tendencia a la hibernación aumentan.

Estos días de encierro comencé ese intento de contar una historia que con perseverancia, disciplina, esfuerzo y una pizca de inspiración quizá un día sea una novela.

Pero la mayor aventura de todas sigue adelante. La tripa de Edna sigue creciendo y con ella mi asombro. Es increíble. Bien, pues con tripa y todo nos fuimos el fin de semana a Sudáfrica… ¡a escalar!

Bueno, escalaban nuestros amigos. A mí me tocó en algún momento asegurar y sacar fotografías.

El viernes nos escapamos por la frontera Ressano García con nuestro amigo italiano Alberto. Después de cuatro horas de buena carretera llegamos a Waterval. El pueblo era un monumental muermazo de sitio, donde pequeñas casas salpicaban el paisaje muy cerca de un hermoso cañón con paredes perfectas para los y las amantes de la verticalidad.

Al entrar en la casa-refugio un tipo se asomó por el balcón y dijo “¡ostia! ¿habláis español?”. Se trataba de Hugo, un asturiano que junto con Encarni, vecina nuestra de Tarifa llevaban tres meses recorriendo África del Sur. Compartimos cena con ellos y enseguida comprendí que la causa oculta de nuestro viaje de ese fin de semana era conocer a esta pareja que ya hemos incorporado a nuestra lista de amigos.

Al día siguiente se sumó Georgia a la expedición. Una sudafricana cámara de televisión, simpática y buena escaladora.

Se sufre subiendo una pared. Al parecer y por los rostros arrugados y los juramentos con los que a veces acompañan la subida, el placer espera más arriba y se aproxima con cada metro que se asciende, con cada punto de apoyo que se alcanza, con cada nuevo enganche con el que se asegura la siguiente chapa.

Mientras nuestros cuatro amigos se entretenían con los mosquetones, los pies de gato y los diferentes grados de dificultad, Edna y yo nos pegamos una caminata de horas. Atravesamos parte de la planicie, saltamos alguna valla, bajamos hasta el río esquivando pinchos y disfrutamos del paisaje llenando de oxígeno nuestros pulmones. Después de comer algo nos volvimos a poner en camino y llegamos hasta el punto de partida con un cansancio que nos ha dejado de souvenir unas agujetas bastante profesionales.

¿Se parece el hecho de la escritura a la escalada? Se suda escribiendo. A veces no se encuentra dónde apoyar un pie y las fuerzas flaquean. La roca parece adquirir vida propia rechazando la voluntad del que la abraza con la desesperación de no flaquear. Hay una cuerda que te mantiene cuerdo, como el hilo argumental. Pero a veces se enreda y pone toda la operación en peligro. No es suficiente la voluntad si se carece de técnica. Ni la musa si falta la disciplina.

El premio fue la cena que con esmero preparamos entre todos y degustamos con vino y buen humor para combatir el frío del inverno austral.

¿Sigo?



jueves, 19 de junio de 2008

Llueve

En Maputo llueve. Lo veo a través de la ventana que tengo delante. Maputo es una ciudad en la que los árboles y el hormigón de las casas se entremezclan de una forma espontánea. Algo que le da una imagen de caos. La basura sobresale de los destrozados containers. Los más pobres se encargan de rebuscar en ella algo que pueda servir. Hoy, además la ciudad está llena de charcos.

Maputo amaneció gris, triste, húmeda, sucia…

¿Debería escribir más de Mozambique es este portal? ¿Dejarme quizá de tanta opinión?

Venir de Pemba nos varió el paisaje. Incluido el humano. En estos días me ocupo de trabajar frente a la computadora, escribir en la computadora, comunicarme con las amistades lejanas a través de esta pantalla y cuidar y facilitar la vida a Edna lo mejor que sé, más ahora que lleva otra vida dentro de ella. Me queda poco tiempo para más.

Mozambique sigue siendo un país donde las cosas son a veces sencillas. Como entrar en pronta amistad con las dependientas de una tienda por aprender tres palabras en shangana. Otras, muy complicadas. Como conseguir una bombona de butano. Días atrás me pasé cuatro horas recorriendo la ciudad. El gas se vende en la calle como las verduras o los zapatos. Pero había desabastecimiento. Al día siguiente en la fábrica central lo conseguí y durante horas fui el tipo más feliz de la ciudad.

Hoy, trabajando se me ha ido esa felicidad. La noticia del día era la aprobación en Bruselas de la Directiva de la Vergüenza. ¿Debería escribir sobre Mozambique? Maputo no es Bruselas. Pero cuando llueve sus calles se mojan igual.

Por suerte hay gente como el viejo Eduardo que escribe cosas como esta: "Todos somos africanos y emigrados. Hasta los blancos, blanquísimos. Es bueno recordar ese común origen porque el racismo produce amnesia. Conviene recordar que todos somos emigrados, ahora que la emigración es un crimen castigado".

Sigue lloviendo sobe los tejados, las palmeras y la basura de Maputo. Aunque estos dos millones de ciudadanos no existan para Europa. Galeano tiene razón, el racismo produce amnesia.

lunes, 16 de junio de 2008

“Es una pena que padres y madres vayan a morir solos”

Lo ha dicho el portavoz de la Asociación ecuatoriana Rumiñahui. El gobernante prepara una nueva norma para provocar infelicidad y dolor a las personas que han cometido la desfachatez de nacer en países empobrecidos y no quedarse allá. Se va a impedir a los padres y madres de los inmigrantes que se junten con sus descendientes. Morirán solos y añorando a sus hijos e hijas queridas que tuvieron que cometer el delito de emigrar para dar de comer a sus nietos.

La migración desde Europa se ve desde el puerto de llegada. No se imagina, no se quiere imaginar el gobernante ni la sociedad, ni en un descuido de la empatía cómo fue el puerto de salida. Allá quedó la añoranza, el amor de los seres queridos, el temor por el futuro. Con el emigrante viaja la incertidumbre y el miedo. La soledad.

El gobernante solo visualiza las estadísticas frías, el número de los llegados, las cuentas que cuadran, la tendencia en votos. Las fotografías de primeros planos aterrorizados ganan premios, pero el gobernante no se detiene en cuestiones artísticas. El gobernante está lanzado en una carrera retrógrada que arremete contra los pocos derechos sociales conquistados. Planteamientos de la revolución francesa que estudiábamos en los libros de historia hoy son demasiado subversivos. ¿Crisis? ¿Aumenta el desempleo? Pues semanas de 65 horas. Sesenta y cinco horas para morir en vida. Transformar a los seres en lo menos humanos posible y lo más autómata que permita una ley que fuerzan a favor de esta nueva era medieval que atraviesa la gorda emperifollada y maloliente que es la vieja Europa.

Se ha condenado al sur a la pobreza. Se le ha torturado, se le han arrancado a los hijos para hacerlos esclavos, se le ha expoliado todo tipo de materias primas… Estamos cansados de decirlo una y otra vez…

Se ha abierto en Europa el gran concurso de la ignominia. ¿Quién es el más reaccionario? ¿Qué mente puede discurrir la ley más impúdica? Los derechos humanos recogidos en declaraciones universales son el último escollo.

¿Qué digo a la gente que aquí, en Maputo, me interroga con sus miradas?

“Es una pena que padres y madres vayan a morir solos”. Al menos ellos no morirán de vergüenza.


jueves, 12 de junio de 2008

Kanimambo

- Disculpe, ¿tienen cervezas?

En la tienda solo estábamos tres dependientas, una clienta blanca y yo.

- No, no nos quedan.

Seguí mirando la mercancía por si había algo más que necesitara.

La otra clienta pagó y comenzó a amonestar a las trabajadoras. No entendí bien lo que ocurría. Cuando la portuguesa se fue pregunté. La señora de la caja registradora me miró con timidez. Yo insistí.

- ¿Qué le pasaba a esa señora?
- Es que cuando usted preguntó si teníamos cervezas y mi compañera le dijo que no, yo le pregunté en nuestro idioma, en shangana si le había entendido bien la pregunta.
- ¿Y?
- Pues que la señora nos ha llamado la atención porque según ella es una falta de respeto hablar en un idioma que usted no entiende porque se puede ofender

No daba crédito a lo que estaba oyendo.

- ¿Y esa señora quién es para decirles a ustedes eso?

Como vieron que no coincidía con la mentalidad de la “amonestadora”, se animaron un poco más.

- Es portuguesa. Los portugueses nos conquistaron y algunos aún no entienden que ya no mandan ellos.

Yo eché mas leña al fuego.

-La próxima vez, cuando esté ella nos ponemos a hablar en shangana todos. Ustedes me hablan y yo asiento como si entendiera, ¿vale?

Las risas nerviosas de las empleadas indicaban que les gustaba la idea. Un racismo de largas raíces aún está incrustado en algunas mentes metropolitanas.

Cuando salí del establecimiento les dije la única palabra que conozco en shangana, "Kanimambo", que quiere decir gracias. Prometieron enseñarme más.

- Para que también usted pueda hablar con nosotras.



sábado, 7 de junio de 2008

Decisiones

“Decisiones, cada día. Alguien pierde, alguien gana ¡Ave María!” ...cantaba Rubén Blades.

A veces la vida es una anécdota que toma el color de la casualidad más que el de la decisión. ¿Qué hace que estemos en los lugares precisos en los momentos oportunos? ¿Qué hilo invisible nos sitúa en los sitios inadecuados en las situaciones menos acertadas? Pues entre otras cosas decisiones previas. Decisiones que desencadenan situaciones impredecibles.

Esta criaturita, cinco meses antes de nacer ya ha comenzado a participar de esa gigantesca rueda de causas, decisiones, casualidades y encuentros fortuitos. Su anuncio adelanta nuestra salida de Mozambique. Tenemos la suerte de pertenecer a esa minoría de la población mundial que puede permitirse el lujo de no sufrir más de la cuenta. La salud de la madre es primordial.

El plan era adelantar el regreso y hacerlo coincidir con mi viaje a Perú. Yo a Cuzco, tú a Euscádiz. La inflexibilidad (feo asunto y causa de muchos males) de algunos hace que Edna no pueda viajar antes del 13 de agosto. En esas circunstancias, irme yo a Perú quince días antes dejando a Edna sola en Maputo y embarazada de casi seis meses con lo que “está lloviendo” por aquí, comenzó a suponer un dolor de cabeza considerable. En ocasiones, la vida se apiada y permite ciertos márgenes para la toma de decisiones. Así que había que decidir.

Irme era ingresar un sueldo más necesario que nunca con la perspectiva del aumento del grupo de dos a tres. No irme era un ejercicio de cautela. Irme, hacerle caso a la parte más amazona de Edna. No irme participar además del día a día de esa panza que crece. Irme, mantener un trabajo fascinante. No irme y regresar juntos, lo que gritaba desde su esquina el sentido común ¿Qué hacer? ¿Qué sería lo más mozambiqueador?

La canción sigue...
“Decisiones, todo cuesta. Salgan y hagan sus apuestas, ¡Ciudadanía!”


jueves, 5 de junio de 2008

Los poderosos

Siempre me han podrido de manera especial los que restan valor a las personas. Utilizarlas como meros instrumentos. Invisibilizar no sólo los sentimientos del otro. No sólo su miedo, su súplica, su necesidad. Sino, literalmente ningunearlo. Utilizarlo como un pañuelo de papel. Usarlo y tirarlo.

Trabajé varios años en una televisión local. Ahí sus directivos se dedicaban a llenar los bolsillos y a intentar engordar su prestigio social. “Prestigio social” debe ser el Pilates para enfrentar complejos freudianos. El caso es que ahí, los que hacían el producto no sólo cobraban una propina. En una ocasión le escuché decir a un director mientras mostraba las instalaciones a una visita institucional “bueno, y con estos –dijo señalando a la plantilla detrás de un cristal- se trata de pillar el mayor número de becarios y no dejar que se suban a la parra”.

Mi indignación me sacó de ahí. Ahora veo el mundo desde más lejos de lo que lo puede ofrecer la estampa burguesita de la ñoña Donostia. Y me indigno igual.

Es tan aberrante lo que están haciendo. No quedan casi adjetivos que dedicar al apartheid global en el que están transformando este mundo.

Sería más ético que dijeran la verdad. Pero ¡qué pueden saber de ética desde esas poltronas! Sería más honrado que llamaran a las cosas por su nombre. A la crisis alimentaria, genodicio. A la Directiva Europea sobre migración que acaban de aprobar, directiva de la vergüenza. Sería mejor que no se escondieran detrás de palabras y términos que carnavalizan una realidad que no es para festejar. Decid lo que vuestros hechos demuestran. Que la gente no os importa nada.

Mientras la FAO se reúne en Roma para hablar del hambre como el que habla de la lluvia, obviar las soluciones y amordazar compromisos. Los estados europeos aprovechan para limar diferencias mediáticas sobre los distintos grados de cerrojos. El Tercer Mundo gastará este año 38.700 millones de dólares en alimentos. EEUU gastó más de 137.600 millones de dólares para alimentar la industria de matar en Irak. Por ejemplo.

Los vencedores disfrutan de una victoria circunstancial. Aquel director de aquella televisión es un hombre ahogado en la infelicidad de la insaciable necesidad de demostrar poderío. Cada “poderoso” a su escala sufre esa soledad. Es tan infeliz que necesita utilizar a los demás para girar en esa rueda eterna que no lleva a ningún lugar. Su egoísmo asesina de hambre al otro. A la mayoría.

lunes, 2 de junio de 2008

Para caminar

Siguen los días arrastrándose uno tras otro hacia el invierno del sur africano. Edna encontró un lugar para hacer ejercicio. Un gimnasio en el que dejar las tensiones. “Lo mejor que puedes hacer” le había dicho el ginecólogo de Nelspruit . Yo trato de estructurar una historia que sea el esqueleto de una novela corta. Un proyecto en el que llevo tiempo, pero que entre uno cosa y otra no consigo terminar de concretar.

Las mañanas las dedico a trabajar para Mugak en la distancia. Consiste, entre otros asuntos, en recopilar y clasificar noticias de prensa en las que aparezcan temáticas relacionadas con la migración, la xenofobia, el racismo, etc, e incorporarlas a una base de datos digital. Algo que da igual hacerlo desde Euskadi o desde Mozambique, como antes lo hice desde Uruguay. En los últimos tiempos el trabajo aumenta en la medida en que aumentan las noticias relacionadas. Nunca para bien. El endurecimiento (aún mayor) de las trabas impuestas por la Unión Europea contra los inmigrantes, su criminalización, el desastre sudafricano, el goteo de muertes en las costas africanas, canarias, andaluzas… Suelo terminar escandalizado e indignado. Y cuando veo que en Europa, las cosas que preocupan están tan alejadas de cualquier atisbo de solidaridad y empatía con la humanidad y tan centradas en su ombligo, una cierta desazón me inunda.

Por otro lado, echo una mano a una organización no gubernamental en la concreción de un proyecto encaminado a colaborar con la Unión de Campesinos de Mozambique en temas de formación. Reuniones, discusiones, contrapropuestas, presupuestos. Con ellos he recibido una visión muy interesante sobre iniciativas de soberanía alimentaria, democratización desde las bases, autogestión campesina, etc. Posiblemente sean gotas de agua en ese río globalizador que arrastra la realidad hacia mayores abismos. Hacia un aumento del hambre. Una encarecimiento mundial de los elementos básicos que empobrecerá aún más los países más empobrecidos. Pero ahí estoy y ahí debo estar. Peleando contra molinos de viento. Soñando despierto.

La mayoría de nuestros amigos siguen lejos. Y los echamos de menos. Ahora más, en la medida en que tenemos algo tan especial que compartir. Sentimos que nuestro tiempo africano se dirige hacia su recta final. A mí ya me han confirmado que el mes de agosto debo estar en Lima para llevar un grupo de Banoa. De nuevo, Perú…

Y en medio de todo esto ocurren cosas pequeñas. Diminutas anécdotas que aquí escritas recobran mayor presencia. Como lo que sucedió esa mañana. Se me habían roto unas sandalias que tenía desde hacía tres o cuatro años. Mi inercia era tirarlas a la basura e ir a comprar unas nuevas, cuando recordé que en las calles de Maputo hay personas que se ofrecen a arreglar el calzado. Sebastião, un zapatero que tenía su empresa en una de las aceras de la capital me las arreglaría por cuarenta meticais. Una hora después fui a recogerlas. Me las dejó como nuevas. Le pagué, nos dimos la mano y me fui. Mi sorpresa fue la cara de entusiasmo con la que me miraban tres mujeres vendedoras de fruta unos metros más adelante.

-¿Qué? –les pregunté

Ensancharon su sonrisa y una de ellas me dijo:

-Muy bien, señor. Sebastião es un buen zapatero. Gracias por darle trabajo.

¿Gracias por darle trabajo? Retomé el camino tras despedirme de ellas. Deseoso de repetir la experiencia, caminé repasando mentalmente mi calzado cercano a la jubilación.


martes, 27 de mayo de 2008

Lo más espectacular

Hicimos dos horas y media de carretera para ir a verte. Estábamos un poco nerviosos, pero felices de que al fin tuviéramos noticias tuyas. Cruzamos la frontera de Mozambique con Sudáfrica. Ese mismo día la oficina de la Agencia de Cooperación Española había recomendado no ir, ya que había una explosión de xenofobia contra todos los extranjeros pobres, y estaban apedreando los coches con matrícula mozambicana. Esto lo supimos al regresar el domingo a Maputo. De todas formas, hubiéramos ido igual. Saber que contigo todo iba bien era lo más importante para nosotros.

La situación social realmente estaba muy grave, pero para cuando tú leas esto otras muchas cosas habrán sucedido en este mundo cruel y hermoso. Nuevas amenazas, nuevas conquistas de espacios de felicidad, revoluciones y contrarrevoluciones, luchas, hambre, injusticias. Y conocerás otras personas que entregarán su energía para poder alcanzar un mundo más habitable, menos inhumano, más justo… Es la historia eterna. Nadie se libra de ella. Tampoco tú te librarás. Es más. No te quedará otra que participar en la construcción de ese presente que ahora desde aquí es un futuro que yo apenas consigo imaginar.

Después nos fuimos a un lugar absolutamente espectacular. Un espacio natural que era como pudo haber sido la tierra milenios atrás. No se veía ningún cable eléctrico, ninguna construcción hecha por el ser humano. Y ante nuestros ojos atónitos se paseaban elefantes gigantescos, jirafas bellísimas, impalas frágiles y rápidos… Estábamos en un sitio llamado Kruger, un Parque Nacional donde los animales salvajes campaban a sus anchas. Una manada de rinocerontes se asustó y amenazó con envestirnos. Junto a un río vimos cómo un enorme cocodrilo de más de cuatro metros salía a la orilla, mientras quieto como una roca, un hipopótamo con su cría apenas bostezaba. Nos miramos fijamente a los ojos con los antílopes. Las cebras se paseaban con sus pijamas junto a los ñus. Un águila sobrevolaba nuestras cabezas. A lo lejos un leopardo. Monos baboom. Entre la maleza dos chacales. Y de pronto frente a nosotros, a escasos metros, una manada de leones jóvenes reposaba tumbado al sol de la tarde de la savana. Estábamos impactados, impresionados, felices de poder ser testigos de tanta belleza.

Y ¿sabes? Sin embargo no se nos quitaba de la cabeza la escena más espectacular de todas las que vimos ese fin de semana. La más impactante. La que más nos emocionó. La ecografía que nos permitió ver esos seis centímetros de criatura que ya pataleaba con energía y escuchar ese latido de corazón rápido y fuerte. Un corazón que crecerá. Al salir de la consulta, tu mamá y yo nos abrazamos.


domingo, 25 de mayo de 2008

Día Mundial de lo que queda de África

Veinticinco de mayo, “Día Mundial de África”. Con esa excusa, desde un periódico catalán me pidieron una colaboración. Escribí esto:

Quisiera escribir que África es el continente del futuro. Quisiera convencer de que en África los niños y las niñas tienen las sonrisas más hermosas del mundo. Quisiera gritar desde aquí, que las mujeres tienen tanta fuerza que llevan toda la casa sobre sus cabezas. Y que, este continente, es un arco iris de color. Y que inventó el ritmo. Y que el sol, complacido, viene aquí a descansar antes de irse hasta el día siguiente.

¿Pero cómo hacerlo sin recordar el pasado que condena ese futuro? ¿Cómo hablar de las criaturas si sólo quedan las que sobrevivieron? ¿Cómo, sin que la imagen de la mujer vaya encadenada a los tópicos? ¿Sin que ese arco iris se vea sobre un horizonte de sangre? ¿Cómo escribir de África más allá de los ritmos y de un sol ardiente?

Pues no es imposible. África es su gente. Son los datos estadísticos, pero también mi amigo Yuma y la señora Vina. Y la joven Sheila, que quiere estudiar y no puede. Y cada uno de los viejos, que en silencio recuerdan recuerdos contados por sus abuelos.


África es un continente compuesto por cincuenta y cuatro países con cientos de etnias e idiomas. África, dicen, es un destino turístico exótico para ir a visitar desde hoteles de cinco estrellas, pero peligroso si se acerca a los barrios de las ciudades europeas.


África se ve en la televisión de pantalla de plasma. Y se rechaza en las aduanas de esa Europa fortaleza de la Directiva de la vergüenza. Se dan donaciones a oenegés para expiar conciencias incómodas. Y para que se queden donde están. Políticas de desarrollo ligadas a intereses de empresas privadas no ponen las bases para solucionar genocidios disfrazados de pobreza histórica.


África contagia vida y energía. Pero también muestra el lado más aterrador. ¿Hay culpables de tanto espanto? Sin duda. Comenzando por los esclavistas europeos, la historia de sumisión y el látigo y terminando con una corrupción instalada en salones y avalada por poderosos intereses económicos. Pero la insistencia que estas gentes tienen por levantarse y seguir caminando es mágica. Tantas veces como han muerto, han vuelto a nacer.


África necesitaría que la dejásemos en paz y que la hiciéramos caso. Que dejen de venir industrias farmacéuticas y empresas armamentísticas. Que las políticas de desarrollo estén gestionadas por sus mentes lúcidas y por las necesidades reales de la población sufriente. Y no por despachos desconocedores y lejanos. Que la caridad de paso a la justicia social.


Pero todo esto va en contra de ese tanque de biodiesel, que se llena con el alimento de una familia africana de un año entero. Y va contra una estructura económica que invisibiliza este continente en lo referente al reparto justo. Y va contra ese monocultivo impuesto para beneficios macros de sectores micros pero poderosos. Va contra los que todo tienen y quieren más.


Aquí, en Mozambique, uno de los países más mimados por los proyectos de desarrollo, el setenta por ciento de la población vive en el campo y sobrevive con lo que la tierra le da. La mínima variación desequilibra esa frágil subsistencia. El país tiene abiertas sus puertas a todo lo que venga de fuera.


Una de las industrias más novedosas es la del turismo de lujo. Se construyen hoteles de más de doscientos dólares la noche. Se buscan fórmulas para privatizar islas y paraísos en el norte del país. Se desplaza a la población local. Se colocan alambradas. Y la vida sigue.


Mozambique es un país modélico para la aplicaciones de los planes estructurales del FMI y el Banco Mundial. Se trata de conseguir un Estado anoréxico a cambio del crecimiento de las grandes empresas privadas que, ellas sí, no saben de fronteras. Eso ha hecho, por ejemplo que la atención veterinaria a los animales de granja de los pequeños ganaderos desaparezca con la privatización, y con ello, lo pequeños ganaderos.


La joven Sheila acabó la enseñanza elemental. Antes podía seguir estudiando hasta la Universidad. Ahora no. "Es que soy pobre. Los pobres no podemos estudiar. Es demasiado caro".


¿Un país modélico? Un país que se suma al acto simbólico del Día Mundial de África. Pero África sólo podrá ser el continente del futuro si la joven Sheila puede seguir estudiando. Entonces sí podremos celebrar días de África. Y no el de sus restos. Entonces sí serán sus sonrisas las más hermosas del mundo.



miércoles, 21 de mayo de 2008

Culpar al otro

Sudáfrica, símbolo mundial en la lucha contra la discriminación racial sufre un peligroso estallido de xenofobia y violencia. Así, más o menos se destaca en los medios de comunicación. Las imágenes de las agresiones son espectaculares por su crueldad. Negros contra negros al grito de fuera inmigrantes. Algo que parece más propio de la Italia de Berlusconi. ¿Pero qué hay más allá de estos titulares?

Efectivamente, años atrás la lucha contra el apartheid consiguió demoler uno de los regímenes más injustos del mundo. Es bien sabido. Y el dirigente del Congreso Nacional Africano ANC, Nelson Mandela, se transformó en icono viviente contra las cadenas de la segregación. En esa lucha, el ANC contó con la solidaridad activa de sus vecinos. Esos que ahora son víctimas de un odio irracional por parte de algunos sectores pobres de las periferias de Johannesburgo. El mismo arzobispo Desmond Tutu ha declarado indignado “no podemos pagarles matando a sus hijos”.

Son otros tiempos, y atrás queda la mística libertaria y el panafricanismo militante. Ahora la supervivencia ocupa la mayoría de las energías. Sudáfrica vivió una transición ejemplar en algunos aspectos, como el de un proceso de paz donde las víctimas tuvieron un papel predominante. Y a pesar de que muchos culpables no fueron debidamente castigados, se consiguió poner en marcha un proceso ejemplificador para otras situaciones de conflicto, incluso más allá del continente.

Formalmente, se terminó con más de cincuenta años de un régimen que negaba con toda la violencia los derechos más elementales a la mayoría de su población. “Las cosas no están bien, pero al menos ahora podemos ir a cualquier sitio. Y estamos en igualdad de oportunidades con los blancos” me dijo John, un joven taxista que me llevaba por las calles de Cape Town. Fue tan brutal, tan criminal aquel régimen que cualquier avance en la dirección de respetar los derechos humanos, era y es considerado una conquista gigantesca. Otros cambios no fueron tan exitosos.

La pobreza, la marginación en servicios públicos, en abastecimiento de servicios básicos, la inseguridad de los barrios más castigados con un desempleo oficial del 40 por ciento, la pandemia del VHI/sida siguen teniendo un color de piel. El país sigue manteniendo unos índices de desigualdad que arroja a su mayoría negra a un apartheid económico. La transición se hizo. El igualitarismo étnico se consiguió con el levantamiento de leyes draconianas y prohibiciones absurdas. Pero la justicia económica no apremiaba a inversores ni a gobiernos extranjeros. Al revés. Según el profesor sudafricano Patrick Bond, Nelson Mandela no pudo aplicar su ideario de redistribución de la riqueza y de programas públicos masivos para cubrir las necesidades básicas de la población. Los poderes económicos, nacionales e internacionales, encabezados por el FMI y el Banco Mundial presionaron y amenazaron con reaccionar si no se seguían las directrices neoliberales. El ANC había llegado al gobierno después de medio siglo de apartheid. Y en su interior brotó el temor a que un fracaso económico alentara regresos al pasado y dibujara una imagen contraria al gobierno de la población negra. Además de arrojar al país a la hecatombe económica. Algo de lo que ha sucedido en Zimbabwe. Así se abrió la puerta a privatizaciones masivas, despidos y reducciones en los salarios en el sector público, recortes en los impuestos a la inversión privada, etc.

Años más tarde la realidad no ofrece márgenes para el optimismo. Sudáfrica es un arco iris de diversidad étnica y cultural. Pero cuando la miseria ahoga el día a día, cuando las esperanzas puestas no terminan de dar respuestas concretas, cuando la riqueza ostentosa sigue ampliando sus márgenes frente a los más de ocho millones de personas sin hogar, sobre ese arco iris llueve de sangre. No es nueva la violencia en los barrios pobres de las grandes ciudades sudafricanas. Los índices de delincuencia son los mayores del mundo. La delincuencia que es causa y origen de esa otra delincuencia vive tranquila tras las alambradas que el post-apartheid no ha podido tocar.

Mientras Trevor Ngwane, antiguo líder local del ANC aseguraba "El apartheid basado en la raza ha sido reemplazado por un apartheid basado en la clase social. Somos la sociedad más desigual del mundo", en el norte, cerca de las fronteras, paramilitares granjeros blancos se dedican a la caza del inmigrante. Las autoridades lo toleran. La policía reconoce que hacen su trabajo sucio. Además, cuando los inmigrantes terminan su trabajo, antes del día de paga son denunciados por sus propios patronos. Las autoridades expulsan diariamente a más de trescientos inmigrantes de Zimbabwe. En diciembre más de ochenta mil mozambicanos fueron puestos en la frontera.

La pobreza que soporta el Mozambique obediente a las normativas neoliberales, y la situación catastrófica de caos e inflación que sufre la población zimbawana, además de la persecución que soportan los que no se alían tras el libertador devenido en tirano, Robert Mugabe, está provocando un aumento de los desplazamientos hacia Sudáfrica. Con una situación de desesperación y desempleo en los barrios pobres de Sudáfrica, la llegada de estos inmigrantes pone en marcha un irracional mecanismo que conocemos bien. Culpar al otro. Señalar al extranjero como responsable del desabastecimiento, de desempleo, de la falta de servicios públicos. Culpar al blanco de corbata es más difícil y más inaccesible. Culpar a las economías neoliberales, más difuso para los que agarran el hacha borrachos de un odio irracional.

viernes, 16 de mayo de 2008

Petiscos (4)

Su padre vino desde Argentina hasta Mozambique para visitarlo. En la despedida, tras dos semanas de idas y venidas por un país tan diferente, Nico le preguntó en el aeropuerto "Escuchá viejo, ¿qué fue lo que más te sorprendió de África”. El hombre se tomó su tiempo y serio, respondió con esa parsimonia de argentino batallado “¿Sabés qué ha sido lo que más me ha sorprendido de este lugar? Con el calor que hace, la cantidad de gente que lleva en la cabeza gorro de lana”

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Un desencuentro burocrático con el Ministerio de Salud ha impedido que una ong reparta setecientas mil mosquiteras para combatir la malaria en el norte de Mozambique que iban destinadas para los niños menores de cinco años. Nadie ha publicado este hecho, que se mantiene oculto a la opinión pública. Las próximas víctimas del mosquito maldito tampoco lo saben. Nunca lo sabrán.

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“Disculpe, -le dijo mi amigo A. al médico tradicional- estoy lejos de casa. Hace años que salí de Italia. África me acogió, pero a veces me siento sólo en el mundo. Hecho en falta tener unas raíces, un refugio. ¿Qué me aconseja?” El hechicero lo miró por un momento. Cerró los ojos y los volvió a abrir. “Usted, amigo, es blanco. Si fuera negro, le animaría a consultar con sus antepasados, los convocaríamos. Pero usted es blanco y todo lo que le puedo decir es que mire en la hechicería de su computadora”.

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El escudo de la bandera de Mozambique contiene una fusil. Hay quien critica ese hecho. Mirémoslo como lo mira un amigo mío. Muchos escudos de muchos países incorporan en su parafernalia los instrumentos con los que lograron su independencia. Lanzas, sables, cañones. Las garras del águila norteamericana sujeta con fuerza numerosas flechas. ¿Las que arrebataron a los aborígenes? Mozambique se independizó en el año 1975. Entonces, las flechas ya se habían modernizado.

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Salía de la reunión cuando me topé con un vendedor de flores en la calle. “Buenas tardes ¿Qué cuesta este ramo?" le pregunté. “Cincuenta meticais, señor”. El hombre llevaba una camiseta sin mangas, con una pequeña imagen del Che Guevara a la izquierda. “Ok, me la llevo”. Le pagué. Me dio el ramo. Le di la mano y le dije señalando con las cejas a su imagen del pecho “Gracias, amigo Che Guevara”. Apretó la mano y me respondió “Yo Orlando. Mucho gusto señor”.


martes, 13 de mayo de 2008

Halima

Apenas la conocí. Coincidimos en una cena. Era una mujer mozambicana frágil, linda, joven. Amiga de un amigo. Era tímida y abrazaba a su amigo como buscando protección. Halima se ha muerto de lo que tanto se muere en África. De una muerte no natural, maldita, apocalíptica. Y ponerle rostro a tanto dolor descompone todo ánimo y paraliza hasta la esperanza.

No era el tiempo de su muerte. La vejez es la menor causa de muerte en esta región. No es justo que se interrumpa tan a destiempo, tan a menudo vidas que aún tienen tanto que vivir. Tanto por soñar.

Halima se ha ido. Apenas la conocí. Pero veo a sus amigos desencajar la expresión en el silencio de la soledad. Y cierro los ojos respetuoso ante su llanto. La vida es una inercia para los que respiramos de día en día. Y ese movimiento apenas nos recuerda lo excepcional que es poder estar despierto, poder pensar, caminar por nuestros propios medios, comunicarse con otros seres que tienen la suerte de poder aún mirar a los amigos y reír. Y hasta llorar.

Esta mujer pone ojos hermosos al vacío de la muerte. Mirarla bien. Y me estremece su ausencia injusta. Y maldigo tanto genocidio sobre esta gente tan buena. Y los números y porcentajes son Halima una vez, y otra vez, y otra, hasta que el dolor resulta peor que insoportable. Y la muerte radicalmente injusta.