lunes, 2 de junio de 2008

Para caminar

Siguen los días arrastrándose uno tras otro hacia el invierno del sur africano. Edna encontró un lugar para hacer ejercicio. Un gimnasio en el que dejar las tensiones. “Lo mejor que puedes hacer” le había dicho el ginecólogo de Nelspruit . Yo trato de estructurar una historia que sea el esqueleto de una novela corta. Un proyecto en el que llevo tiempo, pero que entre uno cosa y otra no consigo terminar de concretar.

Las mañanas las dedico a trabajar para Mugak en la distancia. Consiste, entre otros asuntos, en recopilar y clasificar noticias de prensa en las que aparezcan temáticas relacionadas con la migración, la xenofobia, el racismo, etc, e incorporarlas a una base de datos digital. Algo que da igual hacerlo desde Euskadi o desde Mozambique, como antes lo hice desde Uruguay. En los últimos tiempos el trabajo aumenta en la medida en que aumentan las noticias relacionadas. Nunca para bien. El endurecimiento (aún mayor) de las trabas impuestas por la Unión Europea contra los inmigrantes, su criminalización, el desastre sudafricano, el goteo de muertes en las costas africanas, canarias, andaluzas… Suelo terminar escandalizado e indignado. Y cuando veo que en Europa, las cosas que preocupan están tan alejadas de cualquier atisbo de solidaridad y empatía con la humanidad y tan centradas en su ombligo, una cierta desazón me inunda.

Por otro lado, echo una mano a una organización no gubernamental en la concreción de un proyecto encaminado a colaborar con la Unión de Campesinos de Mozambique en temas de formación. Reuniones, discusiones, contrapropuestas, presupuestos. Con ellos he recibido una visión muy interesante sobre iniciativas de soberanía alimentaria, democratización desde las bases, autogestión campesina, etc. Posiblemente sean gotas de agua en ese río globalizador que arrastra la realidad hacia mayores abismos. Hacia un aumento del hambre. Una encarecimiento mundial de los elementos básicos que empobrecerá aún más los países más empobrecidos. Pero ahí estoy y ahí debo estar. Peleando contra molinos de viento. Soñando despierto.

La mayoría de nuestros amigos siguen lejos. Y los echamos de menos. Ahora más, en la medida en que tenemos algo tan especial que compartir. Sentimos que nuestro tiempo africano se dirige hacia su recta final. A mí ya me han confirmado que el mes de agosto debo estar en Lima para llevar un grupo de Banoa. De nuevo, Perú…

Y en medio de todo esto ocurren cosas pequeñas. Diminutas anécdotas que aquí escritas recobran mayor presencia. Como lo que sucedió esa mañana. Se me habían roto unas sandalias que tenía desde hacía tres o cuatro años. Mi inercia era tirarlas a la basura e ir a comprar unas nuevas, cuando recordé que en las calles de Maputo hay personas que se ofrecen a arreglar el calzado. Sebastião, un zapatero que tenía su empresa en una de las aceras de la capital me las arreglaría por cuarenta meticais. Una hora después fui a recogerlas. Me las dejó como nuevas. Le pagué, nos dimos la mano y me fui. Mi sorpresa fue la cara de entusiasmo con la que me miraban tres mujeres vendedoras de fruta unos metros más adelante.

-¿Qué? –les pregunté

Ensancharon su sonrisa y una de ellas me dijo:

-Muy bien, señor. Sebastião es un buen zapatero. Gracias por darle trabajo.

¿Gracias por darle trabajo? Retomé el camino tras despedirme de ellas. Deseoso de repetir la experiencia, caminé repasando mentalmente mi calzado cercano a la jubilación.


martes, 27 de mayo de 2008

Lo más espectacular

Hicimos dos horas y media de carretera para ir a verte. Estábamos un poco nerviosos, pero felices de que al fin tuviéramos noticias tuyas. Cruzamos la frontera de Mozambique con Sudáfrica. Ese mismo día la oficina de la Agencia de Cooperación Española había recomendado no ir, ya que había una explosión de xenofobia contra todos los extranjeros pobres, y estaban apedreando los coches con matrícula mozambicana. Esto lo supimos al regresar el domingo a Maputo. De todas formas, hubiéramos ido igual. Saber que contigo todo iba bien era lo más importante para nosotros.

La situación social realmente estaba muy grave, pero para cuando tú leas esto otras muchas cosas habrán sucedido en este mundo cruel y hermoso. Nuevas amenazas, nuevas conquistas de espacios de felicidad, revoluciones y contrarrevoluciones, luchas, hambre, injusticias. Y conocerás otras personas que entregarán su energía para poder alcanzar un mundo más habitable, menos inhumano, más justo… Es la historia eterna. Nadie se libra de ella. Tampoco tú te librarás. Es más. No te quedará otra que participar en la construcción de ese presente que ahora desde aquí es un futuro que yo apenas consigo imaginar.

Después nos fuimos a un lugar absolutamente espectacular. Un espacio natural que era como pudo haber sido la tierra milenios atrás. No se veía ningún cable eléctrico, ninguna construcción hecha por el ser humano. Y ante nuestros ojos atónitos se paseaban elefantes gigantescos, jirafas bellísimas, impalas frágiles y rápidos… Estábamos en un sitio llamado Kruger, un Parque Nacional donde los animales salvajes campaban a sus anchas. Una manada de rinocerontes se asustó y amenazó con envestirnos. Junto a un río vimos cómo un enorme cocodrilo de más de cuatro metros salía a la orilla, mientras quieto como una roca, un hipopótamo con su cría apenas bostezaba. Nos miramos fijamente a los ojos con los antílopes. Las cebras se paseaban con sus pijamas junto a los ñus. Un águila sobrevolaba nuestras cabezas. A lo lejos un leopardo. Monos baboom. Entre la maleza dos chacales. Y de pronto frente a nosotros, a escasos metros, una manada de leones jóvenes reposaba tumbado al sol de la tarde de la savana. Estábamos impactados, impresionados, felices de poder ser testigos de tanta belleza.

Y ¿sabes? Sin embargo no se nos quitaba de la cabeza la escena más espectacular de todas las que vimos ese fin de semana. La más impactante. La que más nos emocionó. La ecografía que nos permitió ver esos seis centímetros de criatura que ya pataleaba con energía y escuchar ese latido de corazón rápido y fuerte. Un corazón que crecerá. Al salir de la consulta, tu mamá y yo nos abrazamos.


domingo, 25 de mayo de 2008

Día Mundial de lo que queda de África

Veinticinco de mayo, “Día Mundial de África”. Con esa excusa, desde un periódico catalán me pidieron una colaboración. Escribí esto:

Quisiera escribir que África es el continente del futuro. Quisiera convencer de que en África los niños y las niñas tienen las sonrisas más hermosas del mundo. Quisiera gritar desde aquí, que las mujeres tienen tanta fuerza que llevan toda la casa sobre sus cabezas. Y que, este continente, es un arco iris de color. Y que inventó el ritmo. Y que el sol, complacido, viene aquí a descansar antes de irse hasta el día siguiente.

¿Pero cómo hacerlo sin recordar el pasado que condena ese futuro? ¿Cómo hablar de las criaturas si sólo quedan las que sobrevivieron? ¿Cómo, sin que la imagen de la mujer vaya encadenada a los tópicos? ¿Sin que ese arco iris se vea sobre un horizonte de sangre? ¿Cómo escribir de África más allá de los ritmos y de un sol ardiente?

Pues no es imposible. África es su gente. Son los datos estadísticos, pero también mi amigo Yuma y la señora Vina. Y la joven Sheila, que quiere estudiar y no puede. Y cada uno de los viejos, que en silencio recuerdan recuerdos contados por sus abuelos.


África es un continente compuesto por cincuenta y cuatro países con cientos de etnias e idiomas. África, dicen, es un destino turístico exótico para ir a visitar desde hoteles de cinco estrellas, pero peligroso si se acerca a los barrios de las ciudades europeas.


África se ve en la televisión de pantalla de plasma. Y se rechaza en las aduanas de esa Europa fortaleza de la Directiva de la vergüenza. Se dan donaciones a oenegés para expiar conciencias incómodas. Y para que se queden donde están. Políticas de desarrollo ligadas a intereses de empresas privadas no ponen las bases para solucionar genocidios disfrazados de pobreza histórica.


África contagia vida y energía. Pero también muestra el lado más aterrador. ¿Hay culpables de tanto espanto? Sin duda. Comenzando por los esclavistas europeos, la historia de sumisión y el látigo y terminando con una corrupción instalada en salones y avalada por poderosos intereses económicos. Pero la insistencia que estas gentes tienen por levantarse y seguir caminando es mágica. Tantas veces como han muerto, han vuelto a nacer.


África necesitaría que la dejásemos en paz y que la hiciéramos caso. Que dejen de venir industrias farmacéuticas y empresas armamentísticas. Que las políticas de desarrollo estén gestionadas por sus mentes lúcidas y por las necesidades reales de la población sufriente. Y no por despachos desconocedores y lejanos. Que la caridad de paso a la justicia social.


Pero todo esto va en contra de ese tanque de biodiesel, que se llena con el alimento de una familia africana de un año entero. Y va contra una estructura económica que invisibiliza este continente en lo referente al reparto justo. Y va contra ese monocultivo impuesto para beneficios macros de sectores micros pero poderosos. Va contra los que todo tienen y quieren más.


Aquí, en Mozambique, uno de los países más mimados por los proyectos de desarrollo, el setenta por ciento de la población vive en el campo y sobrevive con lo que la tierra le da. La mínima variación desequilibra esa frágil subsistencia. El país tiene abiertas sus puertas a todo lo que venga de fuera.


Una de las industrias más novedosas es la del turismo de lujo. Se construyen hoteles de más de doscientos dólares la noche. Se buscan fórmulas para privatizar islas y paraísos en el norte del país. Se desplaza a la población local. Se colocan alambradas. Y la vida sigue.


Mozambique es un país modélico para la aplicaciones de los planes estructurales del FMI y el Banco Mundial. Se trata de conseguir un Estado anoréxico a cambio del crecimiento de las grandes empresas privadas que, ellas sí, no saben de fronteras. Eso ha hecho, por ejemplo que la atención veterinaria a los animales de granja de los pequeños ganaderos desaparezca con la privatización, y con ello, lo pequeños ganaderos.


La joven Sheila acabó la enseñanza elemental. Antes podía seguir estudiando hasta la Universidad. Ahora no. "Es que soy pobre. Los pobres no podemos estudiar. Es demasiado caro".


¿Un país modélico? Un país que se suma al acto simbólico del Día Mundial de África. Pero África sólo podrá ser el continente del futuro si la joven Sheila puede seguir estudiando. Entonces sí podremos celebrar días de África. Y no el de sus restos. Entonces sí serán sus sonrisas las más hermosas del mundo.



miércoles, 21 de mayo de 2008

Culpar al otro

Sudáfrica, símbolo mundial en la lucha contra la discriminación racial sufre un peligroso estallido de xenofobia y violencia. Así, más o menos se destaca en los medios de comunicación. Las imágenes de las agresiones son espectaculares por su crueldad. Negros contra negros al grito de fuera inmigrantes. Algo que parece más propio de la Italia de Berlusconi. ¿Pero qué hay más allá de estos titulares?

Efectivamente, años atrás la lucha contra el apartheid consiguió demoler uno de los regímenes más injustos del mundo. Es bien sabido. Y el dirigente del Congreso Nacional Africano ANC, Nelson Mandela, se transformó en icono viviente contra las cadenas de la segregación. En esa lucha, el ANC contó con la solidaridad activa de sus vecinos. Esos que ahora son víctimas de un odio irracional por parte de algunos sectores pobres de las periferias de Johannesburgo. El mismo arzobispo Desmond Tutu ha declarado indignado “no podemos pagarles matando a sus hijos”.

Son otros tiempos, y atrás queda la mística libertaria y el panafricanismo militante. Ahora la supervivencia ocupa la mayoría de las energías. Sudáfrica vivió una transición ejemplar en algunos aspectos, como el de un proceso de paz donde las víctimas tuvieron un papel predominante. Y a pesar de que muchos culpables no fueron debidamente castigados, se consiguió poner en marcha un proceso ejemplificador para otras situaciones de conflicto, incluso más allá del continente.

Formalmente, se terminó con más de cincuenta años de un régimen que negaba con toda la violencia los derechos más elementales a la mayoría de su población. “Las cosas no están bien, pero al menos ahora podemos ir a cualquier sitio. Y estamos en igualdad de oportunidades con los blancos” me dijo John, un joven taxista que me llevaba por las calles de Cape Town. Fue tan brutal, tan criminal aquel régimen que cualquier avance en la dirección de respetar los derechos humanos, era y es considerado una conquista gigantesca. Otros cambios no fueron tan exitosos.

La pobreza, la marginación en servicios públicos, en abastecimiento de servicios básicos, la inseguridad de los barrios más castigados con un desempleo oficial del 40 por ciento, la pandemia del VHI/sida siguen teniendo un color de piel. El país sigue manteniendo unos índices de desigualdad que arroja a su mayoría negra a un apartheid económico. La transición se hizo. El igualitarismo étnico se consiguió con el levantamiento de leyes draconianas y prohibiciones absurdas. Pero la justicia económica no apremiaba a inversores ni a gobiernos extranjeros. Al revés. Según el profesor sudafricano Patrick Bond, Nelson Mandela no pudo aplicar su ideario de redistribución de la riqueza y de programas públicos masivos para cubrir las necesidades básicas de la población. Los poderes económicos, nacionales e internacionales, encabezados por el FMI y el Banco Mundial presionaron y amenazaron con reaccionar si no se seguían las directrices neoliberales. El ANC había llegado al gobierno después de medio siglo de apartheid. Y en su interior brotó el temor a que un fracaso económico alentara regresos al pasado y dibujara una imagen contraria al gobierno de la población negra. Además de arrojar al país a la hecatombe económica. Algo de lo que ha sucedido en Zimbabwe. Así se abrió la puerta a privatizaciones masivas, despidos y reducciones en los salarios en el sector público, recortes en los impuestos a la inversión privada, etc.

Años más tarde la realidad no ofrece márgenes para el optimismo. Sudáfrica es un arco iris de diversidad étnica y cultural. Pero cuando la miseria ahoga el día a día, cuando las esperanzas puestas no terminan de dar respuestas concretas, cuando la riqueza ostentosa sigue ampliando sus márgenes frente a los más de ocho millones de personas sin hogar, sobre ese arco iris llueve de sangre. No es nueva la violencia en los barrios pobres de las grandes ciudades sudafricanas. Los índices de delincuencia son los mayores del mundo. La delincuencia que es causa y origen de esa otra delincuencia vive tranquila tras las alambradas que el post-apartheid no ha podido tocar.

Mientras Trevor Ngwane, antiguo líder local del ANC aseguraba "El apartheid basado en la raza ha sido reemplazado por un apartheid basado en la clase social. Somos la sociedad más desigual del mundo", en el norte, cerca de las fronteras, paramilitares granjeros blancos se dedican a la caza del inmigrante. Las autoridades lo toleran. La policía reconoce que hacen su trabajo sucio. Además, cuando los inmigrantes terminan su trabajo, antes del día de paga son denunciados por sus propios patronos. Las autoridades expulsan diariamente a más de trescientos inmigrantes de Zimbabwe. En diciembre más de ochenta mil mozambicanos fueron puestos en la frontera.

La pobreza que soporta el Mozambique obediente a las normativas neoliberales, y la situación catastrófica de caos e inflación que sufre la población zimbawana, además de la persecución que soportan los que no se alían tras el libertador devenido en tirano, Robert Mugabe, está provocando un aumento de los desplazamientos hacia Sudáfrica. Con una situación de desesperación y desempleo en los barrios pobres de Sudáfrica, la llegada de estos inmigrantes pone en marcha un irracional mecanismo que conocemos bien. Culpar al otro. Señalar al extranjero como responsable del desabastecimiento, de desempleo, de la falta de servicios públicos. Culpar al blanco de corbata es más difícil y más inaccesible. Culpar a las economías neoliberales, más difuso para los que agarran el hacha borrachos de un odio irracional.

viernes, 16 de mayo de 2008

Petiscos (4)

Su padre vino desde Argentina hasta Mozambique para visitarlo. En la despedida, tras dos semanas de idas y venidas por un país tan diferente, Nico le preguntó en el aeropuerto "Escuchá viejo, ¿qué fue lo que más te sorprendió de África”. El hombre se tomó su tiempo y serio, respondió con esa parsimonia de argentino batallado “¿Sabés qué ha sido lo que más me ha sorprendido de este lugar? Con el calor que hace, la cantidad de gente que lleva en la cabeza gorro de lana”

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Un desencuentro burocrático con el Ministerio de Salud ha impedido que una ong reparta setecientas mil mosquiteras para combatir la malaria en el norte de Mozambique que iban destinadas para los niños menores de cinco años. Nadie ha publicado este hecho, que se mantiene oculto a la opinión pública. Las próximas víctimas del mosquito maldito tampoco lo saben. Nunca lo sabrán.

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“Disculpe, -le dijo mi amigo A. al médico tradicional- estoy lejos de casa. Hace años que salí de Italia. África me acogió, pero a veces me siento sólo en el mundo. Hecho en falta tener unas raíces, un refugio. ¿Qué me aconseja?” El hechicero lo miró por un momento. Cerró los ojos y los volvió a abrir. “Usted, amigo, es blanco. Si fuera negro, le animaría a consultar con sus antepasados, los convocaríamos. Pero usted es blanco y todo lo que le puedo decir es que mire en la hechicería de su computadora”.

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El escudo de la bandera de Mozambique contiene una fusil. Hay quien critica ese hecho. Mirémoslo como lo mira un amigo mío. Muchos escudos de muchos países incorporan en su parafernalia los instrumentos con los que lograron su independencia. Lanzas, sables, cañones. Las garras del águila norteamericana sujeta con fuerza numerosas flechas. ¿Las que arrebataron a los aborígenes? Mozambique se independizó en el año 1975. Entonces, las flechas ya se habían modernizado.

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Salía de la reunión cuando me topé con un vendedor de flores en la calle. “Buenas tardes ¿Qué cuesta este ramo?" le pregunté. “Cincuenta meticais, señor”. El hombre llevaba una camiseta sin mangas, con una pequeña imagen del Che Guevara a la izquierda. “Ok, me la llevo”. Le pagué. Me dio el ramo. Le di la mano y le dije señalando con las cejas a su imagen del pecho “Gracias, amigo Che Guevara”. Apretó la mano y me respondió “Yo Orlando. Mucho gusto señor”.


martes, 13 de mayo de 2008

Halima

Apenas la conocí. Coincidimos en una cena. Era una mujer mozambicana frágil, linda, joven. Amiga de un amigo. Era tímida y abrazaba a su amigo como buscando protección. Halima se ha muerto de lo que tanto se muere en África. De una muerte no natural, maldita, apocalíptica. Y ponerle rostro a tanto dolor descompone todo ánimo y paraliza hasta la esperanza.

No era el tiempo de su muerte. La vejez es la menor causa de muerte en esta región. No es justo que se interrumpa tan a destiempo, tan a menudo vidas que aún tienen tanto que vivir. Tanto por soñar.

Halima se ha ido. Apenas la conocí. Pero veo a sus amigos desencajar la expresión en el silencio de la soledad. Y cierro los ojos respetuoso ante su llanto. La vida es una inercia para los que respiramos de día en día. Y ese movimiento apenas nos recuerda lo excepcional que es poder estar despierto, poder pensar, caminar por nuestros propios medios, comunicarse con otros seres que tienen la suerte de poder aún mirar a los amigos y reír. Y hasta llorar.

Esta mujer pone ojos hermosos al vacío de la muerte. Mirarla bien. Y me estremece su ausencia injusta. Y maldigo tanto genocidio sobre esta gente tan buena. Y los números y porcentajes son Halima una vez, y otra vez, y otra, hasta que el dolor resulta peor que insoportable. Y la muerte radicalmente injusta.


domingo, 11 de mayo de 2008

La vergüenza

Desde aquí, desde este punto lejano de África austral se puede tener vergüenza. Aquí, entre estas gentes acogedoras, escuchar las noticias que llegan de Europa asusta. Da coraje. Avergüenza.

Los antiguos dueños, los que se fueron de aquí robando todo, hasta las personas, están discutiendo ahora cómo castigar más y mejor a los que cometen el “delito” de buscar alguna oportunidad fuera de las rayas inventadas.

En Bruselas se discute el número y grosor de las cadenas que les vamos a colocar nosotros, ciudadanos libres de la Unión Europea. La Europa miedosa marcha al ritmo de los himnos fascistas que recorren su geografía de punta a punta. Y la socialdemocracia, acomplejada firma consignas cada vez más alejadas de aquella ética que queda ya tan lejos ¿Harán falta cincuenta años para que se escandalice el sentido común por tanta aberración?

Vinieron aquí. Esquilmaron este continente. Portugueses, belgas, españoles, alemanes, franceses, ingleses… Se llevaron entre cadenas a miles de personas a las que esclavizaron. Desfiguraron su realidad. Colonizaron y neocolonizaron. Propiciaron golpes de estado. Colocaron títeres corruptos y criminales. Palmearon las espaldas de los asesinos cuando “se portaban bien” para los intereses de las metrópolis. Robaron materias primas hasta el día de hoy, en el que roban el petróleo de Nigeria y matan su delta. ¿Protestas? Se envían soldados. Por ejemplo.

Una mentira repetida muchas veces deja de ser mentira. Y una atrocidad escuchada una y otra vez deja de escandalizar, se interioriza y se termina asumiendo. Se termina votando ¿Cuándo se han expulsado “democráticamente” tantos seres humanos como se pretende hacer con la maldita Directiva Europea? ¿Cuántas cárceles llamadas Centros de Internamientos hay que construir para sacar más en votos? Dicen que no son cárceles esas prisiones prohibidas a testigos y prensa.

Ni siquiera humanidad. ¿Qué intento de contabilizar y poner nombre a tanta muerte anónima? ¿De ponerle rostro de mujer, de niño, de hombre? Las estadísticas ya no detienen el zaping. Todos son Mohammed. Qué más da mientras no se vea. Y si se ve se tapa. Y si está vivo se le detiene. Se le acusa de no morir como Dios manda y se le expulsa. Cuarenta días son pocos para organizar la expulsión.

Estas personas que nacieron en África y que tratan de encontrar una vida menos dolorosa emigran como lo ha hecho el ser humano siempre a lo largo de la historia. ¿Qué modernidad es ese miedo criminal que arroja seres humanos a la muerte del fondo marino, o levanta alambradas, o dicta leyes que facilitan a la muerte su tarea a destiempo? Estamos cansados de estar cansados de tanto horror.

¡Da tanta vergüenza…!


jueves, 8 de mayo de 2008

Círculos

Al llegar a Maputo me encontré a una Edna linda y con los síntomas de las primeras semanas de embarazo. Nauseas, mareos, cansancio, cambios de humor... Y al mismo tiempo feliz de juntarnos después de diez días. De nuevo estábamos en al hotel Mozaica. En breve nos mudaríamos a una casa de la calle Mukumbura. Nuestro nuevo hogar.

Pronto comenzamos a conocer nueva gente. Entre ellas un tesoro. Natalia, colombiana, periodista. En unos días debía irse a otro país africano de esos que no existe más que para las encuestas de desgracias, Togo. Su compañero terminaba su trabajo en Madagascar y andaban haciendo malabares para hallar la forma de coincidir en el mismo lugar. Otro amigo, A. estaba pasando malos días por desencuentros con su pareja. Nos juntamos con más almas errantes Teresa y Pablo, a punto de terminar su misión en Mozambique y listos para hacer de nuevo la mochila, Nico mi compañero de viaje y mateada, una pareja italiana dedicada al séptimo arte, un mozambicano artista de la informática. Y propiciamos una cena en el “Círculo de artistas”. La excusa era precisamente crear círculos. Presentar unos amigos a otros. Y el experimento fue un éxito. Tanto que la cosa terminó muchas horas después al calor de la noche de Maputo.

Me gusta conocer gente. Y me gusta conocer sus motivos para estar en movimiento y saber de sus realidades y sueños y deseos. Se me acumulan los recuerdos presentes de tanta gente querida repartida por el mundo. Y añoro el momento de volver a abrazar a los amigos de Donostia y alrededores, y a la gente tan querida de Montevideo y sus reflexiones, y a Pati en El Salvador, y Feli por "sin papeles" y Rocío en Ecuador y mi familia en Zaragoza, y los nuevos amigos que quedaron en Pemba y Susana en Vejer y más, y más… Y me gusta mucho comprobar lo caprichosas que son las casualidades que hacen que una anécdota provoque el encuentro de personas que después provoca otro círculo y nuevas experiencias que uno nunca había planificado. Ni tampoco imaginado.

Si aquel día, hace hoy exactamente cuatro años no se me hubiera ocurrido ir a aquel curso de cultura de paz que organizó Mundubat, no le hubiera conocido en las circunstancias precisas a esta mujer que ahora me riñe entre risas cuando me olvido de las cosas o de los nombres, ni estaría esperando una criatura con ella. Una criatura que nacerá de aquel capricho del destino, como yo vine del mío, y cada cual del suyo.


miércoles, 7 de mayo de 2008

¡Misión cumplida, che!

Y ahí seguía, con un amigo de Rosario que alucinaba por los polvos de un feticheiro mozambicano, agarrando con una mano el volante y con la otra el mate, y atravesando este país africano verde de vegetación y rojo de tierra. Llegamos hasta el cruce de Inchope. No volveríamos a estar más cerca de Zimbabwe. Dejamos Beira, la ciudad de Mia Couto a la izquierda y nos encaminamos hacia la provincia de Inhanbane. Aún me escocían las picaduras del día anterior. Paramos junto a una gasolinera a descargar la vejiga de tanto mate. Ahí, una empleada del establecimiento nos anunció que se venía con nosotros. Nico le dijo que era padre (religioso) y la mujer se quedó tan parada como yo. Entonces, ella me miró a mí. Y, ante mi levantamiento de cejas se echó a reír. El humor de la gente de este país es una de las cosas que hacen que se mantenga a flote.

Desde que salimos de Pemba decidimos hacer una fotografía cada cien kilómetros, estuviésemos donde estuviésemos. Y en esta ocasión nos tocó hacerla junto al río Save. Nos cruzamos con una caravana que se dirigía a Cabo Delgado ha realizar inspecciones mineras. Al parecer era una fundación que respondía a presupuesto saudí. Cerca de donde estábamos, un grupo dormitaba a la sombra de un árbol. De pronto todo el mundo pegó un brinco al unísono. Alguien había visto una cobra. Echaron mano a las piedras y comenzó la lapidación del reptil. Vimos que era el momento de seguir nuestra ruta.

Teníamos idea de llegar hasta Pomene, una localidad costera de la que nos habían hablado maravillas. Atardecía. Más adelante, otro animal salvaje se nos cruzó en el camino. Esta vez era una simpática tortuga sorprendentemente veloz. Foto. Seguimos. El tiempo nos acorralaba. De pronto, un bache que parecía la entrada a una mina nos anunció que la carretera volvía a perder esa categoría. La provincia estaba inundada de cocoteros. La gente seguía caminando en la orillas y había que tener los ojos muy abiertos. Además, los vehículos que venían de frente insistían en circular con las luces largas. Ya era de noche cuando dejamos a la izquierda la turística localidad de Vilankulos. La carretera se volvía cada vez más insufrible y estábamos más que cansados. No veíamos la desviación a Pomene. Los kilómetros se alargaban conforme circulábamos más lento y nuestras cervicales crujían. La noche africana era oscura. Al fin vimos el desvío, pero era el de salida. Anunciaba que por ese camino de tierra y baches tendríamos Pomene a 38 kilómetros. En la misma dirección en el que íbamos Nico conocía un camping en Maxixi, a cuarenta kilómetros. Soñábamos con llegar, ducharnos y cenar algo. La duda nos la quitó el precio más que europeo que tenía el Pomene Logde. Así que seguimos entre brincos hasta Maxixi. Llegamos y… ¡completo! Nos miramos con cara de “la hemos cagado”. Por suerte, la señora que nos atendía, maestra del suspense nos dijo un par de segundos más tarde que cerca había otro camping. Conseguimos una cabañita modesta que nos pareció el palacio del Aga Khan. Cenamos y desaparecimos entre las telarañas del sueño.

A la mañana siguiente nos despertamos sin prisa. Ya sólo nos quedaban quinientos kilómetros hasta Maputo. Última jornada. Salimos tarde, después de desayunar. Nos metimos en un desvío de arena en el que tuvimos que emplear a fondo el cuatro x cuatro para llegar al medio día a la playa de Závora. Queríamos un poco de mar después de tantos días. El lugar era hermoso, salvaje. Las olas hacían imposible el baño. Pero ahí nos tiramos a descansar un rato y a charlar de nuestras cosas. Las conversaciones con los argentinos no son aburridas nunca. A la hora regresamos a la carretera hasta que más adelante nos volvimos a desviar hasta la playa de Chongoene. De nuevo pista de tierra. Y niños y más niños que nos señalaban con el dedo y con sus ojos enormes.

Había pasado el medio día cuando nos dirigimos hacia Xai-Xai. Los vendedores de cocos extendían su oferta. Vimos que uno de ellos había tecnificado su tarea. Había construido un muñeco que hacía el trabajo mientras él descansaba placidamente a la sombra. Por suerte habían pasado otros cien kilómetros y tocaba foto. ¡Clic!

Nos detuvimos en Xai-Xai. Eran las cuatro y media de la tarde y teníamos hambre. Nos metimos algo al cuerpo. Llenamos una vez más el tanque de combustible con el método garrafa de 20 litros y tomamos dirección Maputo con la noche ya encima. En el camino hablamos del Frelimo y de Shamora Machel, del amor y de su misterio, de África y de nuestras vidas. De los amigos comunes. Del futuro próximo.

Horas después llegábamos a los suburbios de Maputo y nos perdimos. Dos mil quinientos kilómetros después de salir de Pemba nos perdimos en la periferia caótica y sucia de esta ciudad africana. Recibí un mensaje de Edna. Me esperaba ansiosa.

Reconocimos una calle y minutos más tarde llegamos al hotel Mozaica. Un abrazo ¡misión cumplida, che! Edna salió a recibirnos. Más abrazos. Llegamos felices y cansados. Con muchas imágenes en nuestras retinas, y convencidos de que Mozambique es un país hermoso y que sus gentes lo hacen más hermoso aún.

domingo, 4 de mayo de 2008

Mozamateando

El baño era una choza cercana a la que teníamos para dormir. El sonido de la vegetación nocturna en mitad del campo africano era una incesante música minimalista que anunciaba misterios y que animaba a cobijarse. Yo fui al allí como última actividad del día. Entré a la luz de mi linterna, me bajé los pantalones y entonces comenzó el ataque. Eran dos y fue a traición, ya que, tal y como me encontraba no podía defenderme.

Me había dado repelente en los pies y tobillos, pero no en las piernas, y fue ahí donde se dirigieron esos inoportunos insectos voladores. Con una mano daba manotazos en el aire. Con la otra los trataba de alumbrar. Una palmada aquí, otra allá. La situación era complicada. Yo ya había comenzado con la tarea, y no era posible interrumpirla. Además, me enojaba sobremanera que esos insignificantes insectos vinieran a molestar una actividad tan personal. No fue fácil realizar la operación de manera completa y sin dejar de defenderme. Sentí un picotazo en la pantorrilla y seguido otro en la parte trasera del muslo. Eché atrás la mano y algo se quedó entre los dedos. Tenía los restos de un mosquito y estaba bañado en sangre. ¿Era mía o de otra víctima? En ese instante recordé que para que el mosquito de la malaria contagie el paludismo ha debido picar previamente a otra persona con malaria. ¿De quien sería esa sangre? Me limpié las manos con jabón, fui a mi choza, me metí debajo de la mosquitera con los picotazos en pleno proceso de hinchazón y me dormí blasfemando y con la fe puesta en que dentro de diez días no me subiera la fiebre.

A la mañana siguiente salimos a las siete y media, después de un desayuno que consiguió mantener nuestros estómagos distraídos hasta la noche. Nos encaminamos hacia el Gorongosa, actual Parque Nacional, y antes, retaguardia de la Renamo, la guerrilla financiada por la Sudáfrica del apartheid. De pronto nos dimos cuenta de que andábamos muy escasos de combustible. Atrás llevábamos dos bidones de veinte litros, pero debíamos asegurar alguna gasolinera. La vegetación era hermosa, salvaje. Llegamos a la localidad del mismo nombre, Gorongosa con el depósito casi vacío. La gasolinera del pueblo eran dos jóvenes que vendían bidones de 20 litros, como los que nosotros llevábamos. Estábamos en la tarea de llenar de petróleo nuestro todoterreno cuando se acercó un hombre metido en edad. Traía en sus manos una lata de pintura de cinco litros con una sustancia blanca en su interior parecida al maíz molido.

- Señores, aquí tengo fetiche. Si prueban esto se les va a poner así de dura –prometió, apretando el puño- para hacer feliz a la mujer.

Todos los presentes se rieron a carcajadas mirando nuestra caras de asombro. Nico, rápido de reflejos sacó el mate.

- Yo también tengo fetiche. Fetiche de blanco. ¡Mire!

Las carcajadas se transformaron en una sonrisa aguijoneada por la curiosidad. Todos se acercaron un paso más. Nico abrió el saco de yerba argentina, rellenó el mate con la maestría del pampero, colocó la bombilla y lo cebó. Todos los presentes seguían el proceso en un silencio casi religioso. Le ofreció la primera mateada al “vendedor de viagra”, que lo recibió con una seriedad exagerada. El hombre fue a darle un sorbo. El argentino vio en ese error casi un sacrilegio y le corrigió.

- Tiene que chupar por aquí, por la bombilla.

El hombre le obedeció. Todos los presentes lo miraban hipnotizados. Acercó sus labios, inhaló y el brinco que dio provocó un susto seguido de una carcajada general. El fetichero no se esperaba que “ese fetiche de blanco” tuviera ese sabor y menos que estuviera tan caliente. Otra chupada, otro brinco y otra carcajada.

Después de esto, Nico no pudo rechazar la oferta del fetiche en bote de pintura y aceptó una cucharada.

Pagamos el gasoil y seguimos nuestro camino al sur. Aún nos quedaban muchos kilómetros. Al rato pregunté a mi copiloto.

- ¿Qué? ¿Se te está poniendo dura?
- Mirá che, dura no, pero a saber qué mierda era eso. Me da la sensación que los árboles se inflan y se desinflan.

- Bueno, pues mejor prepárate otro mate, ¿si?

- ¡Dale!


Seguíamos atravesando el Gorongosa. De reojo observé a mi amigo. Miraba los árboles con una sonrisa tranquila.

-¿Sabés qué? –
me dijo de pronto- a este capítulo de tu blog le podés llamar “Mozamateando”.

Se hacía de noche y nos acercábamos a la provincia de Inhambane.


martes, 29 de abril de 2008

Cruzando el Zambeze

Conducía Nico. Yo combatía el sueño a cabezazos. Eran las tres de la tarde y nos dirigíamos hacia el río Zambeze, el mayor del país. Anualmente causa estragos producto de los desbordamientos. En esas ocasiones, los cocodrilos que lo habitan encuentran ampliado su territorio, y no son pocas las personas víctimas de sus mandíbulas.

En una recta larga nos cruzamos con Amor. Frenamos. Encontrarme en mitad de un camino que nos llevaba por todo Mozambique con mi amiga resultó una alegría. Estábamos en direcciones diferentes pero en la misma senda. Cada uno con su ruta. Ella, la que la llevará hasta Mauritania en unos meses. Nico, la de visitar Italia para conocer el origen de sus antepasados y después, desde Bogotá llegar hasta su ciudad Rosario, en Argentina atravesando el continente de bus en bus. Yo, la que me conduce a otros cruces de caminos que lleva a más cruces. La senda es la búsqueda permanente de la vida intensa y viva. La dirección es la que cada cual busca y las circunstancias le dejan.

Un abrazo. Hablar de lo último de los amigos comunes bajo un sol que derretía. “Te presento a Nico. La carretera está bien. ¿Qué tal Edna? ¿Ya tiene nauseas? Jodé vaya viaje. La emergencia por las inundaciones ya terminó”. Teníamos prisa y tuvimos que echar mano de otro abrazo, éste de hasta la próxima.

Más adelante nos asustamos al asustarle a una camioneta cargada de personas con la que casi chocamos. Pero los dioses quisieron que no pasara de un susto. La camioneta nos quiso adelantar en una camino de tierra por el lado prohibido (que aquí es la izquierda. Y no le busquen doble sentido). No la vimos y giramos para sortear otro enorme agujero cuando escuchamos un frenazo. Nadie se enfadó y, entre disculpas mutuas todos volvimos a ponernos en marcha.

Eran las cuatro de la tarde cuando llegamos a la orilla. El paso del Zambeze fue mucho más rápido y fácil de lo que esperábamos. No había ningún vehículo, y con cara de sorpresa nos colocamos los primeros a la espera del batlâo. Un muchacho se acercó solícito para limpiarnos la luna del carro. Le dijimos que sí y nos fuimos a recuperar nuestras horas de conducción a la sombra de una cerveza. Veinte minutos más tarde, regresamos. No sólo los vidrios. Todo el coche estaba tan brillante que parecía recién salido del concesionario. Imposible imaginar que ese vehículo había salido el día anterior de Pemba, a más de mil km. de distancia. Llegó el batelâo con tres camiones y cuatro coches. Cuando se vació, un militar con bastantes malas pulgas me ordenó que subiera el coche ¡ya! ¿Porqué tantos militares tienen el ceño tan fruncido y el carácter tan pasado de fecha de caducidad?

En ese momento a la cámara de fotos se le acabó la batería. Murphy tenía que hacerse notar.

Media hora más tarde estábamos en la otra orilla y nos encaminábamos hacia Caia. Llegamos al hotel Catapún, que estaba en mitad del campo, lo que aquí se denomina mato, y que se trataba de varias cabañas de caña entre una espesa vegetación. El sol se ocultaba y los mosquitos comenzaban su jornada. Al meternos en la choza nos quedamos “catapún” hasta que unos golpes en la puerta nos despertaron avisándonos que la cena estaba lista.

Compartimos la mesa con Nick, un zimbabwense blanco, biólogo, y tan grande como los elefantes que estudiaba hace años.

Antes de ir al cuarto a dormir pasé por el baño. Ahí fue donde me asaltaron.


viernes, 25 de abril de 2008

El cruce

Las últimas cuatro horas del viaje las condujimos con la única luz de los focos y tratando de esquivar las trincheras que había en la ruta. Además, debíamos llevar los cuatro ojos bien abiertos para no chocar contra nada ni contra nadie. Eso sí, una música especialmente seleccionada para el caso (Mónica Navarro, Chambao, Tiken jah Fakoly, Makako, Alpha Blondy…) acompañó el ritmo de los amortiguadores.

Con las cervicales algo castigadas llegamos a Nampula a las diez de la noche. Nos esperaba Mahari en su casa con la cena hecha. Mahari es arquitecto, rastafari, eritreo y bastantes cosas más. Pero ante todo es una persona exquisitamente hospitalaria y de movimientos tan dulces que enamora. Después de cenar, y a pesar de nuestros bostezos de agotamiento, Mahari no tuvo compasión y nos llevó al “mp3”, un local que está de moda en Nampula y que es bastante… ¿cómo diríamos? ¡hortera! Mientras, él se fue a una reunión de trabajo (¡a esas horas!). Mahari es un apasionado hasta la obsesión de la arquitectura. Nos dijo que en cuarenta y cinco minutos regresaría. Ahí nos quedamos Nico y yo preguntándonos qué coño hacíamos en ese lugar cuando eran las doce, nos teníamos que levantar a las cinco de la mañana y estábamos hechos puré. Mahari regresó puntual. Dos gintonics más tarde conseguimos ir a dormir.

A las cinco y cuarto sonó el despertador. Abrí los ojos sin saber dónde estaba. Preparamos el mate y salimos. Nuestro amigo rastafari dormía. Llenamos el depósito y dos galones de 20 litros. De nuevo en la carretera más dormidos que despiertos. Seguíamos hacia el suroeste. A nuestro madrugón todo estaba ya en marcha. Los mercados abrían y la carretera de nuevo era un río de gente. Horas de baches nos fueron despertando hasta que llegamos a Alto Linganha, donde la pista se transformó en una carretera perfectamente pavimentada, con sus líneas bien dibujadas y las áreas de seguridad. Pero eso sí, seguía igual el desfile de gente, de hombres, de mujeres con sus bultos, de niños que cargaban a niños más pequeños….. Setenta kilómetros más adelante, en Alto Molécué retornamos al camino de socavones y botes.

A la una y media de la tarde llegamos a Mocuba. Ahí teníamos un camino a la izquierda, hasta Quelimane y otro a la derecha hasta el paso del río Zambeze. Debíamos tomar una decisión. El camino de la derecha suponía doscientos castigadores kilómetros hasta el paso del río, donde deberíamos subir el vehículo a un “batelao”, cruzar el Zambeze y seguir ruta hasta el Gorongosa o quedarnos en Caia, en un hotel de bungalows llamado Catapún. El de la izquierda nos llevaba a Quelimane, pueblo costero que quedaba a cien kilómetros pero que al día siguiente deberíamos desandar hasta el mismo cruce donde estábamos. A la derecha corríamos el riesgo de llegar demasiado tarde, cuando el batelao dejara de funcionar (17h.), o que la fila para embarcar fuera demasiado larga, con lo que deberíamos dormir en el coche, a este lado del mayor río de Mozambique. A Quelimane llegaríamos demasiado pronto (la carretera era estupenda) pero al día siguiente tendríamos cien kilómetros de más.

Llamamos a Amor, que tenía su base de operaciones en toda esa zona. Estaba camino de Caia a Quelimane, con lo que si íbamos al río nos la cruzábamos. Esa fue la señal que buscábamos. Tiramos hacia la derecha alertas a un vehículo con una rubia al volante.


miércoles, 23 de abril de 2008

Brincos en el aire

Una comida frugal con un Diaz en duelo por mi partida. Una invitación a casa de Tomás, amigo hindú. Un abrazo sincero con Angelica, angolana, mujer luchadora. Mensajes en el móvil. Últimas compras en el barrio de Natite. “Voy a tener Saudades de você” me dice un niño que a veces me pide dinero y que no sé su nombre. Le acaricio la cabeza y me voy rápido. Yuma ya no quiere venderme nada más. Otra cerveza con Adolfo. Viola y Fernando, con sus miradas intentan dibujar un hasta pronto. Cristina, la presidenta tiene los ojos húmedos. Los amigos de este viaje compartido nos despiden mientras saludan a otros que llegan.

Fui a enviar un correo electrónico, pero se había ido la señal. Una vez más.

Ya todo estaba listo. Adiós, Pemba.

A tres kilómetros a la salida de Pemba, junto a la señal que nos deseaba "Boa viagem", Nico tenía una última despedida. Su equipo de fútbol. El partido en la aldea Majate fue un espectáculo. O mejor dicho, lo que había alrededor del partido era un regalo para mis ojos. Toda la aldea era una fiesta. Las crianças desviaron su mirada curiosa hacia esos dos “nkunhas” que aparecían de pronto. La camarita de fotos fue el jolgorio total. Todo el mundo reivindicaba su foto. Pero al primer gol todo brincó, y dio vueltas en el aire, y la gente inundó el campo y las mujeres con niños a la espalda se abrazaron. Alegría y risas en medio de la pobreza.

Llenamos el tanque de gasoil y terminamos saliendo a las cuatro y media de la tarde. Me iba de un lugar tan difícil de comprender como hermoso. Tan duro como seductor. Tan ajeno que me estaba comenzando a hechizar. Nos quedaban dos mil quinientos kilómetros hasta Maputo.

viernes, 18 de abril de 2008

Acentuando

La gente está alarmada por la acentuación de la crisis. Tanta acentuación que habrá que ponerle tilde a la palabra. Tampoco llevan tilde sin embargo hambre, ni biocombustible, ni crimen contra la humanidad. Sinónimos los tres y drama también acentuado en el sur. Llenar el tanque de un todo terreno con biodiesel equivale a llenarlo con la alimentación de un año entero de una familia africana. Literalmente.

Mientras, la crisis, o su excusa crean “democráticamente” monstruos deformados como los racistas que en el norte de Italia hablan de bombardear pateras para la mayor gloria de un Berlusconni enfermo de poder y de soberbia. Y la curia romana y la castiza ponen el grito en el cielo (¿será que su Señor es sordo?) porque en la España eterna se rompe la familia mientras algunos purpúreos “tocan” a los niños, mienten en sus radios y se olvidan de pedir perdón por tanto daño. Por tanta inquisición aún viva.

Llamemos a las cosas por su nombre. Demasiados intermediarios, demasiada usura, demasiado medio ambiente podrido. El planeta se va haciendo mierda en sus márgenes mientras los que viven en el centro cada vez tienen más dioptrías para ver de lejos y se espantan con los que llaman a la puerta.

Demasiada mentira, demasiado estereotipo. Cuanto más oscura es la piel mayor es su tendencia al robo dicen los que proponen mano dura. Y reciben el apoyo de la antigua clase obrera antaño vanguardia de los cambios revolucionarios que se borran hasta de los libros de historia. Los sindicatos gestionan la cara dura de los “satisfechos”.

En Kenia sus habitantes del norte compiten con los animales por el acceso al agua. ¿Preocupa eso a alguien? África se muere de sed, o ahogada, o de hambre, o sida, o cólera, o malaria, mientras las industrias farmacéuticas defienden su bussines y hasta se reconvierten en empresas armamentísticas. Éstas, aunque tengan tilde viven todo lo contrario de una crisis acentuada. Estados Unidos se ha comprometido a destinar algo más de doscientos (200) millones de dólares “para responder a la crisis alimentaria mundial”. Sin embargo son trescientos mil (300.000) los millones destinados a mantener la demanda de la industria de matar en el continente africano según Oxfam-Intermón. Los números mienten menos que las palabras.

La historia y el presente se hace con las personas. Y ellas, Yuma, Diaz, Tomas, Alima, Sabulia, Alizia, Selma, Angelica, Diamantino, Sheila, César, Avelino, Matilde, Monteiro, Pedro, son demasiado importantes para resignarse al destino de los indicadores que apuntan juicios finales. Habrá que seguir creyendo en el grano de arena, en la hormiga, en la mano amiga, en sobrevivir y en la magia de esa risa que acompaña a las personas en África a pesar de tanta hambre estratégicamente organizada. Existe una fuerza extraña, incomprensible, casi imposible que hace que la esperanza, a pesar de todo, siga revoloteando por aquí cerca y de vez en cuando se deje ver.

África se empeña en sobrevivir. A pesar de la esclavitud, del racismo. A pesar del norte y de los nuevos conquistadores. África es la última, la más delgada, la más frágil. La que más veces ha muerto y la que resucita una y otra vez. Lo dicen los ojos de sus gentes. Su empeño. Su día a día. Sus mujeres.

Que no se preocupen allá en el norte. África, esa África que acentúa los colores, los extremos, la belleza y el espanto. Esa África que muere y nace varias veces al día y que es maestra de la paciencia infinita. Esa África les sacará de la crisis.

miércoles, 16 de abril de 2008

07:56h.

Llevaba días con dolor de cabeza y mi estómago parecía un acordeón. Podría ser una resaca descomunal si hubiera bebido como para ello, pero no era el caso. Si además tuviera fiebre podría tratarse de una malaria, pero parecía que no. En cualquier caso decidí hacerme la prueba en cuanto terminara el trabajo.


11:39h.


Es curioso la de cosas que podían pasar en este sitio que nunca pasaba nada. Seguía con el dolor de cabeza y me fui a hacer la prueba de la malaria. Consistía en un pinchacito en el dedo para sacar una gota de sangre y en 30 minutos te daban la respuesta. Por esa gota de sangre salió parte de mi malestar. El dolor de cabeza se me fue. Me acompañaba Viola y la invité a un café mientras esperábamos el resultado. No era una obsesión, pero no es lo mismo detectar la malaria en los primeros días que cuando ya es demasiado tarde. Fuimos por el resultado. "NSE". Es decir “No se encuentra”. Lo que significaba que no había plasmodium en la sangre. Vamos, que no tenía malaria. Así que todo ok. Para que luego digan que la somatización es un cuento. Le dejé a mi amiga en la entrada de su oficina y me fui a comprar crédito para el móvil. Ahí me encontré con Yuma. Me quería vender alguna película pirateada por no sé qué empresa china. Después pasé por delante del “Palacio de la risa”, la delegación de Tráfico. Estaba de obras. Me vino a la cabeza mi carnet de conducir. Cuando me dieron el mozambicano tuve que dejar el español hasta que me fuera del país, que entonces devolvería el mozambicano a cambio del español ¿En cual de las cajas apiñadas a la entrada de la oficina en obras estaría? Llegaba de nuevo frente a mi ordenador para seguir trabajando cuando me encontré a Diaz. No tenía buena cara. Problemas personales que no dedo contar aquí lo agobiaban. Quedamos en seguir hablando. Por fin le podía devolver uno de los muchos favores que él me hizo. Escuchándole.


15:06h.


Comí con Nico. Y hablamos del viaje. Planificamos preparativos, ruta, horarios, compras. Logística. El sábado saldremos al medio día para llegar a dormir a Nampula. El segundo día será el más largo. A los dos nos hacía ilusión el viaje. A mí por doble y triple motivo. Después regresé a la oficina y trabajé hasta que me echaron. Hablé por teléfono con los amigos de la Unión Nacional de Campesinos para concretar una reunión con ellos el jueves de la semana que viene en Maputo. Se me volvió a terminar el saldo y me quedé con la palabra en la boca. Blasfemé.

19:01h.

Antes de ir a casa compré unos yogures para mi estómago triste y mis compañeros de piso. Al llegar me encontré con un nuevo inquilino en forma de cachorro de perro de un mes, cagón, llorón, lleno de pulgas y garrapatas y tan simpático que hasta me gustó. Sonó el teléfono. Era Oihan, el nuevo cooperante. “Mañana es mi cumpleaños” me dijo. Rápidamente había que organizar una cena para el día siguiente. Adolfo era la persona idónea para esos saraos, así que le llamé y respondió afirmativamente. Nunca fallaba este riojano. Mientras me preparaba algo para cenar, el lindo animalito se cagó en mi sandalia. Decidimos que ese nombre le iba. "Sandalia".


21:28h.
Me fui a la cama a escribir esto. Los aullidos de Sandalia no me dejaban concentrar. Edna me mandó un mensaje. Me echaba de menos. Concilié un sueño placentero interrumpido por lloros de cachorro, alarma de un coche, peleas de perros y zumbidos de mosquitos.


23:10h.


Un día más. Un día menos. Moçambique è lindo!

lunes, 14 de abril de 2008

Edna se va a Maputo

El abrazo en el aeropuerto fue largo y tierno. Edna se fue a Maputo. Se despidió de Pemba sin nostalgia. A los amigos les hizo prometer que se dejarían ver por la capital y marchó sin mirar hacia atrás. Yo respiré.

A la salida del aeropuerto unos niños jugaban con el avioncito que se expone fuera. Me enternecieron esos críos. Cuando vieron que les miraba vinieron a pedirme dinero y regresé a la realidad.

El día anterior me había levantado decidido a enviar el coche en barco y largarme yo también en avión. Mi tocayo (que no me perdona parecer mayor que yo siendo un par de años más joven y que me ha facilitado enormemente el trabajo todo este tiempo en Pemba) se había alarmado cuando le comenté la posibilidad de bajar yo sólo a Maputo en coche. “¿Estás loco? ¿Tú sólo? ¿Y si te pasa algo? No puedes llamar a nadie. No tienes cobertura. Son muchos kilómetros, Karlos. No puedes bajar sólo”. Le tomé el pelo invitándole a que fuese él quien me acompañara.
Pero sabía que tenía razón. Por eso me levanté esa mañana con una decisión. Lo enviaría por barco. Fui a la oficina de aduanas del puerto. Pero todo se torció. Los trámites eran largos y complicados. Se necesitaba salvar una serie de obstáculos burocráticos que podían con la paciencia del más entrenado. Además no había ninguna seguridad de cuando y en qué condiciones llegaría el carro al puerto de Maputo.

Sentado al volante y con el motor apagado me estaba comiendo los sesos para encontrar la mejor salida cuando me sonó el móvil.

- Che, Karlos, aquí Nico
- Hombre, Nico, ¿que tal?
- Mirá estoy todo caliente con lo que me dijiste de tu viaje a Maputo. Dijiste que estarías dispuesto a esperar hasta el jueves.
- Sí, pero tu hasta el lunes no podías, no?
- Mirá te llamo por eso. Te propongo adelantar el viaje dos días. El sábado, después del último partido, al medio día saldríamos y dormiríamos ese día en Nampula, en casa de un amigo eritreo rastafari que tengo allá, ¿te hace? ¿podés esperarme hasta el sábado?

Supe que esa era la solución antes de que mi amigo rosarino terminara su exposición. Era la solución, pero no sé porqué en ese momento le dije que se lo confirmaría en un par de días. Hoy le he llamado y le he dicho que nos vamos juntos el sábado.

Al día siguiente, al regreso del aeropuerto me fui sólo a comer a un bar de la playa de Wimby y a echarle de menos a Edna. Ahí me encontré con Pedro y sus amigos, con Adolfo y Mirella, con Cristina y Nico, con Alejandro, e incluso conocí a Oihan, un nuevo cooperante donostiarra. Hablé con todos y con todos me reí. Pero seguía añorando a Edna.

Entregué la casa y me fui a dormir al apartamento de Fernando y Viola. La cama era tan grande para mi sólo que apenas pegué ojo. La risa de Edna no me dejaba.

viernes, 11 de abril de 2008

"Mozambiquear"

Tengo aquí un amigo que todas las mañanas arranca su jornada laboral “mozambiqueando”. Dice que es lo primero que hace al llegar a su oficina. Y cuando se da cuenta de que hay algo nuevo para “mozambiquear” comienza el día con buen resabio. Eso me dice.


Una amiga se levanta con diez minutos de antelación para encender el ordenador antes de que los niños se despierten, “y así poder mozambiquear a gusto”.

Es lindo que “mozambiquear” sea un verbo hermanado a echar una sonrisa, a poner al día algún recuerdo, a preguntarse cómo seguirá, qué será lo siguiente. Un verbo que en alguna de sus conjugaciones se aproxima mucho a ese intraducible “Saudade”.

”Mozambiquear” también es indignarse con lo indigno, querer pegar un grito cuando ya no se puede más, denunciar lo doloroso y sentir un leve temblor que sea terremoto con lo sutil, con lo probable, con una mirada, un silencio…

Y es más cosas “mozambiquear”. Es sentir sin esfuerzo empatía por el desarraigado. Aguantar la mirada cuando alguien te dice que tiene hambre, y retener su dolor para arrojarlo aquí y que desde el primer mundo también se sienta esa incomodidad de sobrevivir a los ninguneados. Para no olvidar. Para eso.

Pero “mozambiquear” también va de la mano del buen humor como bandera reivindicativa, de la duda como consigna orgullosa, de la belleza sin costo, de la mano amiga, del tiempo que vuela atrapado en un espacio de placer y sobre todo, de la gente querida.

En estos días “mozambiquear” navega cerca de la isla incertidumbre . Quiero huir del “dime lo que temes y te diré lo que provocas” pero no puedo evitar cuestionarme si estaremos haciendo bien las cosas. Me pregunto si no debería haberme opuesto frontalmente a que viniera Edna hasta aquí ahora. Diga lo que diga quien lo diga.

“Mozambiquear” era aventurarse en una experiencia vital y contarlo. “Mozambiquear” según va sucediendo. Y lo que ahora sucede es que Edna está embarazada. Pasamos de la alegría al miedo a la ruleta rusa sin estación de paso.

Ayer me aseguraba Sabulía “cuando la mujer embarazada tiene picaduras en los brazos es bueno. Eso quiere decir que la criança va ha salir fuerte”. Desgraciadamente no es cierto. Algunas creencias son peligrosas.

Estos días “Mozambiquear” es también esa tensión. Ese miedo.


(Nota. Al día, de hoy sábado las cosas son así. Edna, al fin tiene mañana domingo avión a las once de la mañana para Maputo. Y yo sigo buscando compañero de viaje para ir a la capital con nuestro carro. El colega colombiano se rajó –los abrazos de su esposa tienen urgencia-. Y el argentino hasta dentro de una semana no puede ir, pues el domingo 20 tiene partido final de despedida. Ante esa situación se me presentan dos opciones. O bajo yo sólo los dos mil quinientos kilómetros en cuatro o cinco días o envío el carro en barco y bajo yo en avión. Lo primero es una aventura no exenta de riesgo, algo más caro y alimento de primera calidad para este blog. Lo segundo es más seguro y algo más barato. ¿La aventura loca o la locura bien organizada cuando tengo a mi compañera embarazada?)

jueves, 10 de abril de 2008

Desde Pemba con temor

Nos sorprende de nuevo ese bicho peludo y húmedo por debajo de las axilas, detrás de las orejas, en el cuello empapado. Ese calor sofocante que absorbe el oxígeno y apenas deja un mínimo resquicio para llevar algo que respirar a los pulmones. Estamos en Pemba.

De hecho llevo dos días intentando sin éxito subir este texto al blog. Internet aquí es una quimera.


A las cuatro y media de la madrugada esperábamos en Maputo, frente al hotel Mozaica a Félix, un alegre taxista “amigo de los precios justos”. Le acababa de llamar, aunque el día anterior me juró que no era necesario. “Estou a vir, estou a vir!” me dijo en un indudable despertar de sobresalto. Cuando faltaban quince minutos para las cinco seguía sin aparecer. Le volví a llamar.


- ¿Se ha perdido?
- No, no, estou a vir.
- ¿Cinco minutos?
- Dez, dez!!”


A las cinco menos cinco llegó y a las cinco y cinco estábamos en el aeropuerto. Tardó diez minutos lo que normalmente suelen ser veinticinco. En alguna curva estuve a punto de decirle que tuviera cuidado, que llevaba una mujer embarazada.


En la capital de Cado Delgado nos esperaban los amigos y los sobres enviados desde lejos. Uno de mi padre (al que le apasiona decorar los sobres para envidia diseñadores. Dentro me daba un pormenorizado informe de la situación familiar) y otro de Montevideo, de esas amigas tan queridas Viqui y Alejandra y que contenía un libro del país de la buena literatura y un disco de la tanguera y amiga Mónica Navarro. Además de una carta llena de recuerdos y cariños.


Con los camaradas de viaje africano, pusimos al día los chascarrillos, las novedades del corazón y de la política, los sueños y las aspiraciones. Y cómo no, el embarazo de Edna como tema central, como gran novedad a la que todos quieren ofrecer sus felicitaciones. Comimos en horarios desordenados y arrastramos un sueño embadurnado en repelente contra los mosquitos. La sobremesa nos trajo la puesta del sol.


Decidimos que Edna bajará a Maputo en avión lo antes posible y que yo me agenciaré un socio para bajar con el carro. De momento hay dos candidatos, Nico y Álvaro. Uno argentino, y otro colombiano. Excelente combinación para atravesar Mozambique de norte a sur. Pero metidos en esta noria loca en la que estamos las noticias cambian de día en día, así que mañana no qué será.


Todos los ocho de marzo son el día internacional de la Mujer. Además, el siete de abril, el lunes, fue el día de la Mulher Moçambicana. Por lo tanto, también el día de la hijita de Sabulia. La Organización de la Mujer Moçambicana organizó un acto en el que saludaban entusiasmadas al camarada Guebuza, presidente del país. Yo tendré que esperar a que Amina, la hija de Sabulia se cure de la malaria para regalarle la muñeca de madera que trajimos desde Maputo para ella.


Hace calor, mucho calor en Pemba y la temporada de lluvias terminó pero los mosquitos siguen amenazantes. Cuento las horas que faltan para que Edna regrese a Maputo.

viernes, 4 de abril de 2008

“¡Me ha dado positivo!”

Era un viernes. Trabajaba, como todas las mañanas clasificando información para el Centro Mugak en el hotel Mosaica de Maputo. Sonó el teléfono celular. Era Edna.

- Carlos, me ha dado positivo –y le siguió una risa nerviosa-.

No sé bien qué sentí. O mejor dicho, lo sé, pero no sé cómo se describe la parálisis del universo en un momento, la concentración de los elementos, la brisa petrificada, el presente suspendido en el aire, la concentración del mundo en ese instante preciso, en ese segundo en el que me desvanecí antes de recuperar el habla.

Edna, mi compañera, estaba embarazada. Todo cobraba un sentido diferente. Nuevo. Planes y proyectos entraban en cuestión. La conciencia de “tener un hijo o una hija” aún estaba por construirse. No me hacía a la idea de “ser padre”. Pero habría tiempo para eso. Para interiorizar la responsabilidad de cuidar queriendo y querer cuidando a un ser humano que aún no existe, pero que si todo va bien, en unos meses será protagonista de lo más importante de mi vida.

Fuimos a comer al restaurante Miramar frente al Océano Índico de esta capital africana. Nos mirábamos y nos reíamos como tímidos adolescentes. Nos abrazábamos con la alegría de vivir la intensidad de esta aventura de amor y humor.

Intentamos hablar de los siguientes pasos. Qué hacer, cuándo, dónde. Pero no era fácil. Apenas conseguimos dar unas primeras pinceladas al aspecto estructural. Pemba no es un buen lugar para un embarazo. No hay ginecólogos en muchos kilómetros a la redonda. Y las enfermedades andan al acecho, especialmente la malaria.

Después de comer caminamos largo rato por el sur de Maputo, hasta que agotados regresamos al hotel.

Los siguientes días eran un tobogán. “¿Estás bien? Felicidades. Me siento hinchada. Zorionak. ¡Hostia! ¡Qué fuerte! ¿no?. Parabenes. Y ¿qué prefieres niño o niña? Hay que comprar repelente. Congratulatios. El informe para el seguro. ¿Dónde lo vamos a tener? De cinco semanas….”. Comenzaron a llover correos, llamadas, preguntas, de Donostia, de Montevideo, de Pemba, de Zaragoza, de Buenos Aires, de Vejer, de Quito…

Y al fin, días más tarde, después de la primera visita al ginecólogo conseguimos planificar los próximos pasos, que más tarde serían re-planificados y vueltos a cambiar. Los leones, elefantes, jirafas, hipopótamos y rinocerontes del Kruger deberían esperar. Teníamos muchas piezas por encajar en este puzzle gigante. El martes 8 volaríamos a Pemba para recoger los petates, entregar la casa, abrazar a los amigos y despedirnos de esa localidad que nos acogió con su belleza y sus lluvias salvajes. La tierra makua. Y ese fin de semana meteríamos en el coche las dos maletas y emprenderíamos un viaje de una semana para atravesar el país de norte a sur y regresar hasta Maputo. Tendríamos que buscar casa. Buscar nuevos amigos. Cambiar de hábitos.

Edna está bien. Peleando contra el tabaco. A ratos se siente extraña, hinchada… Y al mismo tiempo, eso le confirma un embarazo deseado. Y está feliz. Yo pendiente de ella. Cuidándola lo mejor que sé. Aquí estamos, con un calendario en la mano, atentos a los mosquitos y con las contradicciones de estar en este rincón del África austral. Rodeados de muerte y rodeados de Vida.

miércoles, 2 de abril de 2008

El "Holandés errante"

Alquilamos un pequeño coche con aparato de música para escuchar los cds que me había agenciado en aquella tienda de la Long Street en Ciudad del Cabo (“An Afro-portuguese odyssey”, “Woman of Africa” y un doble de grupos tanzanos y keniatas). Y nos dirigimos al sur de Cape Town por el oeste de la península con idea de llegar hasta la Punta, hasta el mismo “Cabo de las Tormentas”, como lo llamó su descubridor oficial, Bartolomé Diaz (no confundir con el Díaz de Pemba, mi hechicero particular).

Íbamos por la carretera del litoral disfrutando de un paisaje hermoso. En Hout Bay nos detuvimos. Una pescadería anunciaba “If it’s fresher it’s still swiming” (“si está más fresco aún nada”). En el puerto, a la vez que una enorme foca amaestrada posaba cual modelo exuberante frente a los objetivos fotográficos de los turistas, un barco nos acercó a la isla Duiker. Allí, varias familias numerosas de focas, éstas sí, libres, aprovechaban el tiempo para holgazanear y darse chapuzones.

Seguimos más al sur y cruzamos la península hasta Simonstown, que era donde habíamos reservado habitación. Las vistas a la False Bay eran más que espectaculares. Teníamos que bajar más. Esta vez el mar lo teníamos a nuestra izquierda. Y llegamos a la Reserva Natural del Cabo de Buena Esperanza. Entramos. Era como una estepa con una vegetación extraña, diferente. Conducíamos despacio, saboreando el paisaje y de pronto, en un curva dos enormes avestruces. Al rato, varias elands (una especie de gacela) nos miraban curiosas. Más adelante llegamos hasta donde la carretera moría. Un barranco gigantesco, con un faro en su punta se adentraba como proa de buque de piedra en un mar brutal en su grandiosidad.(En este punto aclaro que hay versiones diferentes sobre dónde se encuentran ambos océanos. Pero ya que yo estuve aquí y no bajé hasta el Cabo Agulhas, que es el más meridional, pues supongamos que en el Cabo de Buena Esperanza, aunque no sea el punto más sureño sí es donde se juntan ambos Atlántico e Índico). Ahí estábamos, ante la furia y la anarquía de una naturaleza salvaje, impredecible, sin tregua. El “Holandés errante” no estaría lejos. Me sentí diminuto ante esta belleza. Sobrecogido.

De pronto el cielo se cubrió y una tormenta amenazó con hacer verdad la leyenda. Fue un falso aviso. Pero nos sirvió para darnos cuenta de que se hacía tarde. Debíamos regresar. Pero la curiosidad y la emoción de encontrarnos en un lugar tan fascinante podía más. Queríamos investigar todos los caminos. Vimos más avestruces, gacelas, y de pronto… ¡cebras! Nos detuvimos, y Edna, hipnotizada se dirigió hacia ellas. De vez en cuando los animales la miraban y entonces ella se detenía. Seguían pastando, y ella volvía a caminar. Amor me preguntó “¿Crees que vamos a llegar a tiempo a la salida antes de que cierren?” Le dije que sí sin saber porqué, ya que evidentemente no llegábamos. Edna estaba allá lejos, abducida por la emoción. Llamarla sería un sacrilegio. Además, posiblemente en ese instante algo sucedió en su interior. Le dieron ganas de llorar de bienestar, de sentirse admitida por unos animales salvajes como esos. La noticia que tendremos días más tarde quizá tenga que ver con todo aquello. No sé. La vida es un misterio.

La suerte quiso que encontráramos una salida de la Reserva Natural que no estaba cerrada, ya que el candado no funcionaba.

Fue una tarde hermosa es un paraje estremecedor.

Al día siguiente nos detuvimos en The Boulders a ver pingüinos. ¡Pingüinos en África! Simpática colonia de enanos con frac. Al atardecer llegamos a la capital de Wineland, la tierra de los vinos. Stellenboch parecía un pueblo holandés. Visitamos dos viñedos y probamos sus caldos. Regresamos a Cape Town, disfrutando antes del jardín botánico de Kristenboch. Un lugar para perderse. Como efectivamente sucedió.

Llegamos a Ciudad del Cabo cansados y felices. Como despedida decidimos subir a Lion’s Rump a ver la puesta de sol. Y en su lugar vimos algo aún más espectacular. Justo en el extremo opuesto, la salida de una luna de fábula vino a ser la más bella despedida. El atardecer del sol. El amanecer de la luna.

Al día siguiente subimos al avión para regresar a casa. A una casa que no es nuestra casa, pero que nos ha adoptado provisionalmente sin más preguntas. Una casa pobre, desvencijada, sucia y a la que justo le quedan fuerzas para sobrevivir al día a día. Una casa inundada de gente buena que saluda sonriendo aunque llueva.

Las azafatas hablaban portugués. El refrigerio, escaso venía dentro de una cajita de cartón que contenía la inscripción “Bom Appétite”.

El "Holandés errante" siguió su camino. Nosotros regresábamos a Mozambique.